UN ROBO MERITORIO

El tunelazo de la Caja Agraria me transporta automáticamente a películas inolvidables como El gran robo, con Steve McQueen, o Topkapi, con Melina Mercouri y Maximiliam Schell. También evoca episodios reales de nuestra historia reciente: los topos de Pasto , que saquearon en 1977 las bóvedas del Banco de la República de la capital nariñense. O el robo de las cinco mil armas que le hizo el M-19 al Ejército en el Cantón Norte la noche de Año Nuevo del 78.

10 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Los robos con túnel tienen un elemento de ingenio, picardía y meticulosidad, que suele calar en la imaginación popular, suscitando en mucha gente una cómplice y mal disimulada admiración.

El de la Caja Agraria es la comidilla del día. Basta ver el despliegue informativo y los comentarios de toda índole que genera en los más diversos círculos. Los noticieros de televisión han mostrado en detalle hasta el último destornillador utilizado, mientras que la prensa divulga la diaria hipótesis policíaca sobre el espectacular robo.

La verdad es que un país saturado de todos los crímenes imaginables; donde cada día se produce el burdo desfalco millonario del burócrata corrompido; donde financistas avivatos se alzan sin esfuerzo alguno con los ahorros de sus clientes; donde bancos o sucursales de la Caja Agraria son asaltados a sangre y fuego; donde campean el secuestro y la extorsión y crece el cómodo delito electrónico de cuello blanco; en un país acostumbrado a la criminalidad en sus más cínicas o violentas formas, el de la Caja Agraria resulta casi refrescante.

En fin de cuentas no se derramó un gota de sangre. Y en cambio los ladrones tuvieron que sudar la gota gorda durante dos meses para cometer su fechoría.

Los topos de la Agraria hicieron un robo impecable y cinematográfico. Dentro de la clásica tradición del ingenio criminal no violento. No es de extrañar, pues, que haya despertado tanta curiosidad e interés.

Es un caso para Sherlock Holmes o el Teniente Columbo. Inclusive para un McGyver, que tampoco usa armas. Representa en este sentido un estimulante reto para los servicios de inteligencia, que deberán demostrar la eficacia de sus recursos técnicos e investigativos en un caso detectivesco por naturaleza.

De aquí saldría un perfecto guión para otra gran película. Con realidades que superan la ficción. Qué tal el hecho de que el Jefe de Seguridad Nacional de la Caja Agraria estuviera dictando en el Hotel Tequendama una conferencia sobre seguridad bancaria ante delegados de 15 países, mientras los topos avanzaban a garlanchazo físico hacia las bóvedas y casillas de su institución? Ni al más imaginativo guionista de Hollywood se le hubiera ocurrido este detalle. Y cualquier director serio lo hubiera descartado por excesivamente caricaturesco. Pero así fue. El que la Policía Nacional hubiera estado en plena celebración de sus 100 años cuando se descubrió el robo, es apenas otro insólito matiz de este episodio delictivo.

No quiero, por favor, que esto se entienda como una apología del delito. Pienso en las víctimas del ilícito, por supuesto. Entre las que había de todo, por supuesto. Desde los auténticos desmayados ante el drama de la ruina, pasando por quienes tenían 500 mil pesos y gritaban que habían perdido 100 millones, hasta los que se han negado a pagar deudas escudándose en los topos .

Los que guardaban esmeraldas en bruto recién sacadas de Otanche o Muzo, y los que vieron desaparecer finos collares de diamantes heredados de varias generaciones. Ya sean fortunas recién ganadas o restos de una antigua opulencia, la calamidad es real. Como la frustración, impotencia y rabia que se sienten al ser despojados de algo propio por los amigos de lo ajeno.

Habrá que confiar en la capacidad investigativa e intuición detectivesca de los organismos especializados del Estado. Ya han entrado a actuar nada menos que tres juzgados de instrucción criminal ambulante y un equipo especial combinado de Dijin y Das. Ya se divulgó un retrato hablado del primer sospechoso y la Policía baraja las primeras pistas.

La cosa sigue, pues, literalmente de película. Y cabe esperarse que al final ganen los buenos. Aunque, como en ciertas cintas del género, el público simpatice en un comienzo con los malos.

Tal vez porque en este caso no son repugnantes secuestradores, ni cobardes terroristas ponebombas, ni cómodos chanchulleros amparados en sus puestos de poder. Y un país al que le ha tocado convivir tanto con criminales de esta laya, recibe con más asombro que escándalo el refinado gangsterismo calvinista de los topos de la Agraria.

Motivo viaje, esta columna no aparecerá la semana entrante.

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