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Llegó enero y hay que volver a la cotidianidad

Llegó enero y hay que volver a la cotidianidad

Hagamos de cuenta que vamos al mercado y compramos cantidades de productos sabrosos que vamos a guardar en la alacena. Es posible que no los comamos de inmediato; pueden pasar allí semanas. Pero el hecho de saber que nuestra alacena está llena de cosas ricas nos reconforta.

GLORIA MOANACK Especial para PORTAFOLIO .

Pensemos que ponemos en cada rincón de nuestra casa flores. Multicolores, frescas, lindas, alegres. Salimos de casa para irnos a trabajar, estudiar, o hacer diligencias. Pero con sólo pensar que ese hogar está lleno de flores, y que las vamos a encontrar de regreso a casa, con su aroma, nos produce alegría.

Ahora pensemos que nuestro corazón, nuestra mente, son similares a la alacena, o a cada rincón adornado con flores. Los llenamos de recuerdos y sentimientos alegres, felices, y éstos nos impulsan a seguir viviendo.

Finalmente, la energía que nos motiva depende de las cosas buenas que guardamos en el corazón.

Las fiestas terminaron. Con ellas, muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de reencuentros felices. El hijo que trabaja o estudia en el extranjero y que vino a vernos; el novio, el esposo, los padres, amigos muy cercanos, hermanos. Tantas personas que viven alejadas, fuera de casa, que pudimos volver a abrazar.

Pero que, irremediablemente, se están despidiendo ya para seguir enfrentando sus vidas. Las vidas que escogieron o que el curso de los acontecimientos las obligaron a asumir.

Esa despedida, ese nuevo adiós implican momentos de duelo. Y, por supuesto, de dolor.

Pero si es así, que al reencuentro le sigue una nueva separación, ¿Valió la pena ese reencuentro? ¿Los momentos felices se acaban sin dejar nada? O, digamos, ¿Nada más que desconsuelo y dolor? La sicóloga Marianella Vallejo, que tiene entre sus especialidades el tratamiento del duelo, es categórica: cuando la persona se vuelve a distanciar geográfica y afectivamente, se nos abre la oportunidad de reencontrarnos con nosotros mismos para celebrar el nuevo año con nosotros mismos, para enfrentar la posibilidad de un crecimiento propio.

Ese crecimiento se da como fruto de las experiencias de amor y afecto que acabamos de vivir, y que nos nutren. “Es el momento para entender que a todo invierno le sigue una primavera y que justamente el vacío que podemos sentir frente a la ausencia del ser que se fue puede ser llenado con las vivencias, los recuerdos amables de todos los momentos que compartimos con ese ser amado”.

Finalmente, dice la doctora Vallejo, los recuerdos que guardamos en nuestra mente y los sentimientos que llenan nuestro corazón condicionan nuestra actitud: son ellos los que nos permiten sentirnos alegres o tristes en la vida.

Es cierto que nuevamente se plantea una separación geográfica, el distanciamiento físico. Pero cuando el corazón está lleno de vivencias amables, amorosas, positivas, contamos con los recursos suficientes para enfrentar los días invernales. “La época nos permite acumular experiencias dulces que nos alimentarán todo el año”.

Pero antes de proseguir, la doctora Vallejo invita a dar una mirada retrospectiva, la cual, de todos modos, constituye un primer peldaño para preparar lo que nos ocurrirá a lo largo del año con experiencias similares.

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-Un duro aterrizaje después de un largo mes por fuera de la realidad.

En efecto, la Navidad es una época que convoca a la celebración y, como tal, convoca a la expansión del amor, del afecto, de los encuentros. Es una época que permite expresar los sentimientos que se han guardado durante los meses anteriores, bien sea por represión, por vergüenza social a manifestarlos o por temor al ridículo. Estos son momentos en los que las personas se permiten vivir la alegría propia de la infancia.

Pero, así mismo, la Navidad abre momentos de ‘manía’, en los que todo nos parece factible.

Perdemos la noción de la realidad, gastamos mucho más de lo que podemos o deberíamos y nos parecen justificados los excesos.

Una vez pasan los días festivos, llega enero, con el reencuentro con la realidad. O lo que los españoles denominan como “el mes de la cuesta dura”.

Se hacen balances, y también llegan los momentos del aterrizaje: las despedidas, las cuentas y el regreso al trabajo o al estudio.

Allí es cuando debemos apelar a nuestra reservas. A lo que hemos almacenado como fuente de energía. Y debemos aceptar que, a los momentos de expansión, les siguen momentos de contracción que es preciso aceptar y enfrentar. “Es un continuo ir y venir. Nada permanece estático, todo evoluciona. Es como el pulsar de la vida”.

En este panorama, quizá uno de los momentos más duros llega a ser la despedida de los seres que nos visitaron. Pero aquí también se plantean alternativas y grandes diferencias según la actitud que asumimos.

Al recordar la película ‘La vida es bella’ lo comprendemos mejor: el padre, en un campo de concentración, que le da nuevos significados -alegres, optimistas- a los dramáticos acontecimientos cotidianos, con los que logra modificar las vivencias de su hijo. “Debemos ser capaces de resignificar nuestras vivencias”.

Y esto implica frases sencillas, pensamientos distintos, enfoques nuevos: si decimos qué horror, nos agobiamos. Pero si hablamos de la dicha de haber vivido la experiencia, aún si ésta terminó, nos llenamos de energía.

“Esto nos permite sentir la presencia viva del otro en nuestra vida y comprendemos que la distancia no es eterna. Sabemos que, así como pudimos reencontrarnos, volveremos a vernos pronto”.

Además, la vida moderna, con sus comunicaciones se convierten en grandes aliadas. El Internet, las cámaras digitales o la transmisión inmediata de imágenes… Todos los elementos a nuestra disposición que acortan las distancias y rompen fronteras.

De allí que no nos conviene decir adiós. Y si bien no se trata tampoco de encasillarnos en el pasado, sí hablamos de revivir día tras día la presencia del ser amado.

“Así como llenamos la alacena de comidas sabrosas, así como pusimos flores en cada rincón, así mismo podemos hacer con el corazón. Pongamos flores en nuestra casa-cuerpo".

Este es el primer paso para entrar al 2006 con toda energía.

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-Las mujeres que tardan en embarzarse tienen un varón.

Un estudio ralizado por expertos de la Universidad de Maastricht sobre 5.283 mujeres que tuvieron bebé entre julio del 2001 y del 2003, concluyeron que la demora en concebir puede tenre una relación sobre el sexo del feto.

Una de las explicaciones para este hecho es que el esperma que lleva el cromosoma masculino “Y” se implanta más eficazmente en el útero en condiciones duras, las que explicarían la dificultad para concebir.

Por ejemplo, el esperma con cromosoma “Y” consigue implantarse con más facilidad que el que lleva el cromosoma femenino “X” en el útero de las mujeres que tienen los fluidos densos y viscosos, una cualidad que puede dificultar la concepción.

La proporción de cromosoma “X” y “Y” en el esperma humano es la misma, pero, sin embargo, en la mayoría de los países nacen unos 105 varones por cada 100 mujeres. Los científicos hallaron que, entre las mujeres que tardaron más de un año en concebir, un 58 por ciento tuvieron un niño.

De las que se quedaron embarazadas antes, sólo un 51 por ciento dio a luz a un varón.

El equipo de científicos, encabezado por el doctor Luc Smits, calculó que, en el caso de las parejas que conciben naturalmente, por cada año que tardan en lograr el embarazo la probabilidad de tener un varón aumenta un 4 por ciento.

En cambio, no parece existir ningún vínculo entre los embarazos tardíos y el sexo del bebé en el caso de las inseminaciones artificiales. Efe

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