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EL IMPERIO DE LOS EXTREMISTAS ‘Munich’

EL IMPERIO DE LOS EXTREMISTAS ‘Munich’

La tragedia, decía Hegel al hablar de los trágicos griegos y de Shakespeare, resume un enfrentamiento de valores morales. La solución a la tragedia es siempre el sacrificio del personaje trágico. La razón por la cual hoy nos conmueven por igual Edipo Rey o Hamlet es que el problema que vive el personaje trágico no tiene solución. Es, en esencia, terrible: no tiene puertas fáciles de escape.

Es allí donde reside el valor de Munich, la última película que ha hecho Steven Spielberg, la cual –dicho sea de paso– trae algunas reflexiones que podrían aplicarse a la vida colombiana.

El comando palestino que irrumpió en la villa olímpica en Munich en 1972 fue conocido como Septiembre Negro. Once israelíes fueron tomados como rehenes, dos murieron en la incursión inicial. Un par de días después, el comando y sus secuestrados fueron trasladados en helicópteros militares a un aeropuerto. La situación allí fue confusa. Las luces de la pista se apagaron. Francotiradores alemanes dispararon contra los secuestradores. Los captores decidieron asesinar a los rehenes. Una granada en el helicóptero en el que viajaban logró el cometido.

Tres secuestradores sobrevivieron y fueron a las cárceles alemanas. Pero su propio cautiverio duró poco. Los palestinos secuestraron un avión de Lufthansa y liberaron a los pasajeros y a la tripulación a cambio de, obviamente, la liberación de los comandos de Septiembre Negro. Los alemanes aceptaron la extorsión.

Pero es ahí donde inicia la película de Spielberg, tras un breve monólogo de Golda Meir sobre el derecho de Israel a defenderse del terrorismo y su decisión de crear un comando cuya misión es buscar y asesinar a palestinos que tuvieron que ver con la operación de Munich.

La película, que despertará grandes pasiones en el debate sobre el conflicto entre israelíes y palestinos, pone sobre la mesa los grandes temas morales del conflicto. Mientras viven la certeza de sus creencias, las acciones de los protagonistas son decididas. Pero estas se irán erosionando.

Identificar y asesinar a quienes han asesinado a los de uno tiene la fuerza terrible de la venganza. Basta con recordar el origen trágico del deseo de venganza para justificarlo. El uso del flashback sirve para regresar a Munich y ver la brutalidad del comando palestino, su frialdad. Pero a medida que avanza la película y que el comando israelí se hace más sofisticado, las preguntas superan las respuestas. Y los que entran en el ciclo sangriento no saldrán nunca de él.

La respuesta logrará lo que Golda Meir buscaba: quien ataque a un israelí sabrá de antemano que le será costoso. Pero logrará también lo contrario.

Alcanzará a civiles inocentes, tocará a dirigentes políticos no necesariamente extremistas y dará, al final, la razón a los extremistas.

Ese es el debate más importante de la película. Al dejar en manos de los extremistas la solución de los problemas de una sociedad, la razón desaparece. El centro se vuelve un lugar imposible.

Las preguntas que se hacen los protagonistas de Munich, guardadas todas las diferencias entre los tipos de conflicto, sirven bien para la Colombia de hoy. La solución de nuestros problemas estará un día en el diálogo y la negociación. Pero para que eso suceda, la razón debe imperar. Esta se encuentra entre los moderados, no entre los extremistas. Los extremistas de las Farc acaban de imperar sobre los moderados en el ataque en el Meta, dándoles la razón a quienes insisten en que la guerra es el único camino para acabar con la guerra

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