DE LAURA A DIANA

DE LAURA A DIANA

Porque Colombia es uno de los casos más raros del mundo, en la misma semana en que, bajando del cielo, Laura comenzaba su camino para que la suban a los altares, Diana subía al cielo asesinada por tres tiros que le dieron en la espalda los guardaespaldas de un traficante de cocaína perseguido por la policía. Estas dos mujeres vivieron dos vidas heroicas que las han colocado en lo más noble de la historia colombiana y les tocó como escenario lo más tupido y venenoso de unos infiernos que no conoció Dante. Por entre sus llamas pasaron sin quemarse las alas. El destino ha juntado sus nombres en una misma semana.

31 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Laura era fea. Dios sabe por qué le dieron nombre tan bien relacionado con las artes y cómo pudo nacer en Jericó, que no era precisamente el paradero bíblico sino cierto villorrio del Estado Federal Colombiano, el año 74. La llamaban la hija de la cocinera. Pretendía ser maestra. Se presentó a la directora de la Normal. Para que ha venido? Vengo, señora, para ser maestra, porque mi madre lo necesita. Quién la recomiendad? Nadie. Dónde va a aprender? Aquí. Quién le ha autorizado? Nadie. Dónde está su mamá? En Amalfi. Dónde está viviendo? En el manicomio Por qué? Porque la directora es mi tía.

Y entró a la Normal. Y se hizo maestra. Salió graduada y fundó escuela. Su escuela se derrumbó y decidió meterse a la selva a educar indios. Indios bravos del Chocó, que no conocían el arroz, ni sembraban yuca. Vivían en cuevas, de miedo a los blancos. Decían que los soldados los mataban como a venados. A los blancos los llamaban los diablos. Laura llegó con los de su comunidad de su invención aprobada a punta de voluntad y empeño de religiosas cabras expertas en ensillar y desensillar el caballo, y abrirse paso por las trochas.

Del cinturón colgaban el Cristo, el frasco de agua bendita y el machete. Laura inventó un catecismo que se hizo aprobar para que lo entendieran los indios. Con el del Padre Astete no era posible. Y se abrió camino en la tierra de la culebra cascabel, donde hasta los sapos sudan el veneno más mortífero y hay arañas peludas y tamaños alacranes bajo la cama...

La selva se transforma en algo que al final de su vida Laura Montoya describe: Ya las indias cosen y remiendan sus parumas, barren el suelo en los bohíos, siembran yuca, frisoles y arracacha, han aprendido a comer carne. Usan fósforos, velas, lámparas de petróleo! Ya siembran cacao, lo cosechan, lo muelen y hacen chocolate! Y el arroz que les hacía reír cuando lo vieron comer la primera vez ha pasado a ser un plato de los indios...

A los cien años, en el corazón de la selva están instalados los traficantes de la droga y Diana, hermosa, va en busca de una aproximación que lleve a clarificar los caminos de la paz. Lo que la atrae no está ya en la cueva mágica de la Madre Laura sino en la Vorágine de Pablo Escobar. Una organización en que no se oye el cascabel de la culebra sino la maquinaria traída de Brooklyn. Lo que los extraditables piden que se ampare bajo lo que llaman ellos el manto de la justicia colombiana. Una industria, la de la producción y la de la trampa, estudiada y aprendida fuera de Colombia, y que se nacionalizará, con el argumento de tres tiros en la espalda.

La selva de Laura era una de indios ingenuos a quienes se les enseñaba la vida de Jesús y la interpretaban con una sencillez conmovedora. La de la bella Diana nos hace estremecer y llorar. Los últimos diez pasos de su vida, en la mañana del monte, a cinco meses del tiempo y de infinita distancia de sus hijos, sus padres, su marido, sus compañeros, ya solo cerca de Dios, serviéndole de escudo a un criminal, muerta de hambre, solo alcanza a oír tres disparos: los de los tres sicarios que le apuntaron por la espalda. Solo alcanzó a pensar una cosa: que se salvara su compañero de prisión. Que pudiera escapar! Vivir hasta el último instante en esta vida por la libertad de los demás. Esta fue Diana.

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