Rehumo reblanco

(EDITORIAL) Una vez más el pueblo colombiano se ha expresado. De manera libre y soberana, en condiciones de igualdad y libertad, como manda el sistema democrático, reeligió al Represidente Álvaro Uribe Vélez. Tendremos, pues, cuatro años más de una mano firme grande y un corazón grande chiquito.

28 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Nadie podrá decir que no fue un retriunfo limpio. También fue prístino, intachable, el proceso mismo de aprobación de la reelección, paso previo sin el cual habrían sido imposibles la campaña y la votación que le permiten reseguir en el Solio de Bolívar. Nadie podrá decir que los pequeños vicios surgidos durante la tramitación de la enmienda constitucional –la falta de quórum en varias reuniones, la presencia de firmas de titulares ausentes, la aparición en las plenarias de congresistas de Estados Unidos con derecho a voto, la omisión del orden del día en algunos casos, la inclusión sorpresiva del tema en otros, las votaciones que no se compadecían con el número de parlamentarios presentes, la manera atropellada como se llevó a cabo el proceso, los nombramientos de parientes de los congresistas en cargos diplomáticos, la súbita conversión de los principales jefes de la oposición en adalides de la reelección a cambio de prebendas, la carencia de un estatuto simétrico de garantías a los contendores del Represidente y el aporte aplastante de todos los medios del Estado para empujar la reforma: estos pequeños vicios, decíamos son apenas mínimos lunares en lo que fue un trámite transparente del cual puede el país estar orgulloso. Y si no lo fuera, ahí están las encuestas favorables al Represidente, que son el detergente de cualquier mancha.

Fue también ejemplar y rápido el debate aprobatorio en la Corte Constitucional. Los magistrados entendieron que habría sido un peso político muy oneroso para el país someterlo a una larga espera y que, de no obrar de manera expedita, la tardanza daría pie a consejas, rumores, presiones, vituperios y hasta sospechas. Pero no: en menos de un año, y casi por unanimidad (pues faltaron unos pocos votos para alcanzarla), la Corte aprobó la reelección. Y, para que no hubiera duda sobre su actitud, legisló luego sobre las condiciones y garantías del debate, hasta el punto de fijar los colores de los trajes que debían usar los candidatos. De este modo, todos sabíamos que cuando el Represidente vestía guayabera con bermudas verdes y sombrero de copa, estaba actuando como candidato. Y cuando lucía un atuendo distinto, actuaba simplemente como jefe del Estado. Las pocas veces (quizás ninguna) que apareció el Represidente con el atavío de candidato demuestran su exquisita imparcialidad republicana, que prefirió dejar libre el campo a sus rivales y se refugió, en cambio, con modestia y rubor, en el duro oficio presidencial de las inauguraciones, las promesas, los balances de gobierno, los auxilios entregados y otros quehaceres propios del gobernante desvelado.

La campaña, finalmente, estuvo a la altura de sus antecedentes. Pocas veces el Represidente accedió a emplear los recursos que como candidato le habrían correspondido. Mientras sus contrincantes gozaban cada amanecer de los minutos de radio, televisión y mimeógrafo que consagra el Estatuto de Garantías, el Represidente se limitaba a conceder fascinantes entrevistas de hora y media a los principales medios de comunicación y a recorrer el país en forma sacrificada para anunciar los felices tiempos que esperaban a la patria. En gesto que lo honra, no fue sectario: prefirió dejar el sectarismo en manos de sus inmediatos colaboradores. Tampoco fue indiferente: cada vez que vio una oportunidad de mostrar a sus compatriotas que los problemas nacionales lo laceraban, bajó del carro, cogió un megáfono, ordenó el tránsito, aplicó primeros auxilios, puso inyecciones, encabezó el rosario, repartió tintos y atendió con sencillez a la prensa. Ganó, pues, limpiamente. Y si no hubiera sido así, se habrían encargado de limpiar la campaña las encuestas favorables al Represidente, que son el detergente de cualquier mancha.

Gracias a ello hoy podemos redecir que tenemos Represidente para rato. Serán solo cuatro años. Pero podemos garantizar a nuestros compatriotas que nos van a parecer muchos más, porque van a ser laaaaaaaaaargos…

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