Perlaza, por la puerta grande

Perlaza, por la puerta grande

Tres cuartos de plaza, en una tarde calurosa y soleada, disfrutaron de una corrida desigual de presentación y juego, pero con tres toros importantes de la ganadería de Guachicono, toros muy en Torrestrella. Al segundo le dieron la vuelta al ruedo y los lidiados en tercer y cuarto lugares fueron aplaudidos.

28 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Debutó en Cali el diestro madrileño Luis Miguel Encabo, quien se presentó empleándose a fondo en los tres tercios de la lidia, pero la poca emoción que comunicaba el toro, ‘Graciocillo’, sumada a la tardanza en la muerte y el aviso que sonó, silenciaron su presentación.

Con el cuarto, el más terciado pero armado y bravo, picado con maestría por Anderson Murillo, Encabo fue aplaudido en banderillas. Con la muleta tuvo resolución y se tiró de rodillas en los medios, donde ligó derechazos en redondo y rematados con los pases de pecho, que el toro tomaba por largo y a galope, para después abundar en naturales hasta la media docena. La faena volvió a contramano, también a los adornos, ante un toro bravo y noble. Las manoletinas fueron preámbulo de una estocada pasada, premiada con una oreja.

Paco Perlaza, triunfador con méritos, enfrentó a ‘Belisario’ el más imponente toro del encierro. Un astado veleto y cornalón, corpulento y musculoso, alto de agujas y azabache. Puro trapío. Hubo variedad con la capa. Verónicas, medias, revolera, delantales, navarras y serpentinas iluminaron la tarde. Había toreo bueno. La nobleza y el son bien entendidos fueron el material de una faena pausada, lenta, ligada y bien rematada en cada una de sus tandas. El martinete, los molinetes y los ayudados por alto la decoraron.

El público y la banda como telón de fondo le hacían coro. Remató con un espadazo hondo, que hizo efecto y las dos orejas, en medio del jolgorio general, fueron a las manos del caleño.

El quinto, el más pesado, no transmitía. Paco puso lo suyo, sus banderilleros también y saludaron desde el tercio. Pero el muleteo no alcanzó la intensidad de gran faena. Vino una estocada a ley. La de la tarde, frontal y a pecho descubierto, en toda la cruz. Estocada de oreja.

El francés Sebastián Castella, estuvo a punto de compartir el triunfo. Su quietud, su temple, su desparpajo, la limpieza de su quehacer, la compostura de las suertes fueron un recital de buen toreo que la parroquia jaleó a todo pulmón. La nobleza del toro, burraco y caribello, contribuyeron determinantemente. Los circulares y los cambios de mano dejaban todo servido para los máximos trofeos. No obstante, una estocada delantera sin efecto, siete golpes de verduguillo y un aviso aguaron la fiesta y entristecieron a los aficionados. Inclusive humedecieron los ojos del francés.

El sexto fue un manso áspero y peligroso que no permitió templanza y secuencia. Pero hubo porfía valiente y desesperanzada del torero, que terminó con una buena estocada. La que ha debido pegar al tercero.

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