Londres no cambió libertad por seguridad

Londres no cambió libertad por seguridad

(EDICIÓN BOGOTÁ) Son las ocho de la mañana de un día reciente en la estación ferroviaria de King’s Cross, en pleno corazón de Londres. Una larga hilera de viajeros avanza apuradamente desde las plataformas de llegada de los trenes hacia la calle. Son parte de las 700.000 personas que diariamente toman los trenes de cercanías para llegar a su sitio de trabajo en la capital británica. En contravía al influjo de viajeros, caminan pausadamente dos policías, aparentemente desarmados, mirando hacia los recién llegados en busca de cualquier clave que revele la inminencia de un ataque terrorista.

26 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

A casi seis meses del sangriento atentado del pasado 7 de julio, ocurrido a pocos metros de esta estación, los dos policías solitarios son el único signo evidente de algo distinto en la rutina de los viajeros que llegan a King’s Cross.

Los observadores no paran de señalar las maneras en que Nueva York y Estados Unidos cambiaron desde el 11 de septiembre de 2001. Pero en Londres, lo notorio es cómo todo, en buena medida, parece seguir igual.

No hay retenes masivos de policías pidiendo documentos oficiales de identidad, entre otras razones porque tales documentos no existen en el Reino Unido, donde tradicionalmente han sido considerados propios de regímenes menos democráticos.

En las semanas posteriores a los atentados, hicieron su aparición en estaciones y aeropuertos londinenses las fuerzas especiales de la policía, en uniforme de comando y portando rifles de asalto. Pero hoy los agentes del orden patrullan la estación sin armas a la vista, como lo hacen la mayoría de los policías locales.

Según informes de la prensa local, las autoridades migratorias no revisan siempre los pasaportes de los viajeros internacionales que salen del país en tren hacia el continente europeo por el túnel del canal de la Mancha. Y pese a una intensa polémica en torno al tema migratorio, se sigue permitiendo la residencia de algunos predicadores extremistas islámicos de origen foráneo.

Primera derrota en ocho años Más aún, Tony Blair sufrió su primera derrota parlamentaria en ocho años de gobierno cuando intentó expedir hace unas semanas un nuevo estatuto antiterrorista, que autorizaba la detención sin cargos por 90 días de los sospechosos de terrorismo.

Pese a que Blair había subrayado que “nada es más importante que la seguridad nacional”, la propuesta fue derrotada en la Cámara de los Comunes por 322 votos contra 291. Un resultado que se ve ‘agravado’ por el hecho de que los laboristas (el partido de Blair) tienen una mayoría de 66 diputados en ese cuerpo.

Los Comunes solo accedieron a aumentar el período de detención de 14 a 28 días, y a Blair no le quedó más remedio que lamerse las heridas con una frase para ‘la galería’: “A veces es mejor perder haciendo lo debido, que ganar haciendo lo que no se debe hacer”.

Se ha vuelto frecuente escuchar en diversos rincones del mundo que la lucha antiterrorista requiere recortes severos a las libertades individuales como el precio que hay que pagar por la seguridad.

De hecho, en Estados Unidos el presidente George Bush autorizó a los organismos de inteligencia a espiar tanto los correo electrónicos como las llamadas telefónicas de ciudadanos que se consideren sospechosos. Algo que antes solo podía hacerse si mediaba una orden judicial.

Paralelamente, según ha informado la prensa estadounidense, el Pentágono ha creado una rama dedicada exclusivamente a “detectar e identificar a enemigos internos”. Mientras que agencias como el FBI estudian hasta los gustos literarios de los posibles sospechosos.

Razones de una mirada distinta La sociedad británica, sin embargo, todavía no parece estar convencida sobre la conveniencia de esta vía.

Y varias son las razones que explican esta reacción diferente de los británicos frente al terrorismo. Una reacción que, dicho sea de paso, no ha sido muy distinta a la adoptada por los españoles luego de los atentados en Madrid, el 11 de marzo de 2004, que dejaron 191 muertos y 1.500 heridos.

La más frecuentemente citada es la de la experiencia. A diferencia de Estados Unidos, los británicos tienen una larga historia de enfrentar el terror en sus ciudades.

Como señalaba en una columna de prensa local el ex ministro de defensa conservador Michael Portillo, en las últimas décadas el Ejercito Republicano Irlandés (Ira, extremistas católicos) asesinó a un miembro de la familia real británica (lord Mountbatten, último virrey británico en la India y tío de la Reina Isabel II, en 1979); intentó matar a la entonces gobernante Margaret Thatcher, dinamitando el hotel donde ella se alojaba (en Brighton, 1984) e, incluso, años después, bombardeó con fuego de mortero la residencia oficial del primer ministro, en la famosa Downing Street.

Eso sin contar sus numerosos y sangrientos ataques a civiles indefensos que costaron más de 1.800 vidas: un récord bastante más sangriento que el que puede atribuirse al terrorismo islámico en el Reino Unido.

Sin embargo, el reto del Ira no fue resuelto con recortes a las libertades democráticas. Por el contrario, agrega el ex ministro, los británicos generalmente consideran como uno de los grandes errores de su estrategia antiterrorista la implantación de medidas restrictivas en Irlanda del Norte durante los años setenta, conocidas con el nombre de internment, por la impopularidad que éstas le granjearon al Estado entre la población local.

La lección de Irlanda del Norte Las draconianas medidas emprendidas entonces por el gobierno británico en Irlanda del Norte, y particularmente en Belfast, donde en menos de un año se detuvo por sospecha a más de 900 jóvenes católicos partidarios de la reunificación de Irlanda, solo produjo un único gran resultado: el Ira creció como nunca antes.

La reciente rebelión parlamentaria contra las propuestas antiterroristas de Blair es también objeto de interpretaciones variadas. Habría que señalar, entre otros factores, que al momento de los atentados del 11 de septiembre, el presidente estadounidense George Bush apenas comenzaba su mandato y recibió un respaldo político generalizado cuando propuso su legislación antiterrorista.

Por el contrario, Blair acudió al parlamento a pedir poderes especiales luego de ocho años desgastantes en el poder, con buena parte de su capital político ya agotado.

Más aún, el controversial incidente de la muerte del brasileño Jean Charles de Menezes, escasos días después de los atentados de Londres, ayudó a convencer a muchos británicos de los riesgos implícitos en extender un ‘cheque en blanco’ a los servicios de seguridad.

Con todo, ésta es una discusión que sigue muy viva. La organización británica de protección de derechos humanos, Liberty, ha advertido que el Gobierno pretende la aprobación de una serie de leyes antiterroristas que “tienen el potencial de socavar siglos de tradición democrática”. Y añade: “Debemos prepararnos a defender nuestros principios de libertad. Permitir su erosión le daría la victoria a los terroristas”.

El ministro del interior, Charles Clarke, ha defendido las propuestas de legislación, declarando que la policía utiliza y utilizará sus poderes con cautela. Pero tras el caso Menezes estas palabras no suenan del todo convincentes.

Un nuevo ataque podría terminar de convencer a los británicos de la necesidad de implantar restricciones a cambio de más seguridad. Pero, entre tanto, se apegan a sus rutinas y a sus libertades más que nunca.

UN 7 DE JULIO Un ataque más que anunciado Todos sabían que iba a ocurrir. El papel del Reino Unido como aliado incondicional de Estados Unidos en las invasiones de Afganistán e Irak colocaba a Londres como el blanco más obvio para una represalia del islamismo radical.

De hecho, en marzo de 2004, el entonces jefe de Scotland Yard, sir John Stevens, calificó ese escenario de “inevitable”.

El ataque finalmente ocurrió el 7 de julio y en 57 minutos, Londres quedó sumida en el horror.

La primera bomba explotó a las 8:50 de la mañana en un vagón de metro de la línea Hammersmith & City que circulaba desde la estación de Liverpool Street hacia la de Aldgate East. Luego vendrían tres explosiones más: dos en vagones de metro y una en un bus de dos pisos que quedó sin techo Un total de 52 personas perdieron la vida y cerca de 700 resultaron heridas en un ataque que resultó prácticamente idéntico al que enlutó a Madrid el 11 de marzo de 2004.

La única diferencia en que en Londres hubo cuatro terroristas suicidas

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