COSCORRÓN POLITOLÓGICO

COSCORRÓN POLITOLÓGICO

El lunes, nuestro Director amaneció bravo con los politólogos. Qué no les dijo a los pobrecillos! Intuyo, no obstante, que su reacción pudo atribuirse al hecho de que el domingo anterior, en un programa radial de Plinio Apuleyo Mendoza por RCN, algunos de ellos expresaron ex cathedra más de una sandez sobre la suerte del liberalismo y de los partidos en general. En todo caso el coscorrón estuvo fuerte. Para muestra, estos botones, tomados al azar del aludido editorial: Los politólogos sufren de la grave y al parecer incurable calamidad de ser siempre limpia y estruendosamente derrotados por los políticos, a quienes por cierto detestan . El país está cada vez más cansado de los politólogos. Son gentes que desconocen por completo la realidad del país... . Que se queden los politólogos dedicados a su elaborada y distante política de laboratorio, destruyendo a los partidos en el papel... . Y para rematar, esta estocada final: Son, casi siempre, cómodos burgueses en su país y fervor

08 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Sinembargo, con todo respeto, quiero meter baza en el asunto con estas dos acotaciones. Primera: los politólogos no son tan bobos como los pintan sino, ahí, con su nadadito de perro, son muchas veces más afortunados que los políticos. Por lo menos eso parece demostrarlo la realidad de los hechos durante los últimos dos gobiernos. Así, en la anterior Administración, hay que recordar que quienes llevaron la batuta ideológica del esquema Gobierno-Oposición, con todo el respaldo del presidente Barco, fueron dos prestigiosos y orgullosos politólogos, salidos de las canteras de los Andes: el profesor Mario Latorre y el doctor Fernando Cepeda Ulloa. Este último, por cierto, hizo y deshizo durante el cuatrienio pasado casi cuanto se le antojó. Y fue por eso ministro de Comunicaciones y de Gobierno, y luego embajador ante la Reina Isabel. Qué más se puede pedir? El doctor Cepeda, además, sigue sonando y tronando. No solo como actual jefe de Misión ante las Naciones Unidas ( lo quitará Gaviria, ahora, con motivo de la nueva movida?), en Nueva York, que es sin duda una de las embajadas más importantes y apetecidas, sino que, como lo demostró Semana en algún número anterior, tiene prácticamente a todos sus discípulos muy bien ubicados en las mejores posiciones del Gobierno vigente. A mucho honor y con mucha dignidad.

Y todos ellos que yo sepa, están demostrando ser excelentes elementos humanos para aplicar lo que aprendieron y han predicado. Esto es, que, en la praxis, han resultado no menos brillantes que cuando estudiaban al lado de Mario Latorre y Fernando Cepeda; de Dora Rothisberguer y Pacho Leal, allá en los riscos universitarios, al lado de las torres de Pekín, formulando fríos análisis bajo el no menos frío clima bogotano. De manera que el kínder de Gaviria, del que ahora tanto se habla, está asistido en gran parte de estos politólogos vilipendiados, hoy en la arena pública. Y a propósito de kínderes. Algún día habrá que hablar del que en su hora también instauró Alfonso López Pumarejo en 1936. En muchos casos más joven aún que el que, enhorabuena, ha entronizado el actual jefe del Estado...

En segundo término, pienso que hay, en el ambiente político, una ligera confusión sobre la tarea de los politólogos vinculados a la academia. Es la de que muchos suponen que se trata de una especie de brujos que deben adivinarlo todo y que en ningún caso pueden equivocarse porque, si lo hacen, entonces no son aptos en su profesión. No. La misión de los politólogos hasta donde entiendo no es apenas reducirse al campo de los diagnósticos, sino formular análisis serenos e interesantes e imparciales sobre determinados hechos, que le ofrezcan al lector o al radioescucha mejores elementos de juicio para formarse su propia opinión sobre algunas circunstancias específicas, como son las elecciones.

El equívoco quizá radica en que a los politólogos se les trata de mezclar con los encuestadores, quienes también han recibido palo en esta ocasión, con una diferencia. A los segundos los contratan y les pagan por sus sondeos, que buscan acertar en unos resultados, anticipándose a ellos a través de muestras representativas. Por eso, cuando hay demasiada distorsión entre lo que predicen y lo que a los postre arrojan los guarismos, es explicable y a veces justificable que existan críticas contra sus desaciertos. Y por eso hacen bien aquellas firmas que, como la de Napoleón Franco en esta ocasión, no se involucran en las contiendas, y previamente advierten por qué razones no lo hacen. Porque, a veces (como ahora), las condiciones no están dadas para brindarle al público unos muestreos confiables y realistas.

Mas, para dejar las cosas en claro, hay que convocar urgentemente una reunión de politólogos con el editorialista de EL TIEMPO y con Antonio Panesso, otro crítico de aquellos. Desde ya la propongo. Que alguien la organice! Y que haya debate, que es cosa muy saludable. A lo mejor será que también me estoy volviendo politólogo, sin saberlo... Qué hago, señor Director? Breve aclaración sobre una mención hecha en la columna del miércoles. Aludí a Felipe Ocampo Vidal, como uno de los candidatos liberales a la alcaldía de Cali. En realidad su nombre correcto es Felipe Campo. Sin la O. Presento excusas a él y a sus adeptos por esta involuntaria confusión, al igual que a Claudia Blum de Barberi, que no Barbieri como apareció.

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