Leonor, el ángel de los que lo perdieron todo

Leonor, el ángel de los que lo perdieron todo

¿Qué pasa cuando se ha tenido todo y se pierde de un momento a otro?

23 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Para Yanira del Rocío Ponce de León, significó dejar los lujos, los viajes, la ropa, los lugares de moda y perder a sus amigos. Estudiaba actuación en la Academia Charlotte, se iba de rumba los fines de semana a los sitios que estaban de moda, como Limón y Menta o Papagayos Club, conocía prestigiosos abogados, comía en los mejores restaurantes y viajaba por donde quería.

Pero un día sirvió de fiadora y la embargaron. Sin más remedio, su mamá, Luz Ponce de León, tuvo que pedir limosna en la calle y aguantarse la discriminación de los que fueron sus amigos.

Hoy vive en Engativá, su único lujo es un televisor y su vida gira en torno a la clínica en la que está su hijo con síndrome de Down, pegado a una bala de oxígeno.

Sin embargo, ella asegura que con la ayuda de la obra Nuestra Señora de los Dolores, todo ha sido más fácil.

Esta es una de las cien historias de vida que hay en la obra fundada por Leonor Botero de Mejía, “un ángel” (como la llaman sus beneficiarios), quien a sus 82 años no ha dejado de pensar en los menos favorecidos, desde que una amiga rica la buscó y con lágrimas en los ojos, le dijo que lo había perdido todo.

Una herencia materna Leonor en su juventud pudo conocer muchos lugares del mundo y tuvo todo lo que quiso, pero la enseñanza que le quedó para toda la vida se la dejó su mamá, quien fundó la obra de Los Desamparados, donde ayudaban a los misioneros a orillas del Magdalena y les llevaban ropa a las niñas desnudas.

Y fue en honor a la Virgen que adoró su madre, que un día decidió fundar en 1959 la obra Nuestra Señora de los Dolores, en la que actualmente hay 16 voluntarias, quienes con su buen corazón contribuyen con alimento, ropa o servicio médico para la causa.

“Todas –dice Leonor–, se han dedicado de lleno a los pobres no sólo dándoles plata, sino también cariño”.

Como es natural a su edad, ella ha tenido problemas de salud e incluso fue operada de una úlcera gástrica. Sin embargo, nunca ha abandonado su labor.

Inés Uribe, quien recibe todos los meses un mercado de sus manos, la considera un ejemplo de vitalidad. “No se me olvida nunca que se levantaba a las 3 de la mañana para lavar las alcancías. Siempre la he visto con nosotros, incluso cuando murió su hija o cuando la operaron”.

La edad no es un impedimento para ayudar a los demás. “Si es la voluntad de Dios que trabaje por mi gente hasta los 90, que así sea”, dice con cierta nostalgia mientras piensa en que ninguna otra persona va a continuar su labor.

Todos los días a las 7 a.m.

La rutina de esta abuelita empieza todos los días a las 7 de la mañana, cuando sale con su atuendo de trabajo: un suéter morado y delantal blanco.

Primero recoge la comida en las casas de los benefactores y luego recorre diferentes sectores de la ciudad echando papelitos debajo de las puertas en los que pide papel o alimentos. Luego vende el periódico (por una tonelada le dan 220.000 pesos) y reparte los mercados.

Ha hecho bingos, rifas y ventas de adornos navideños para celebrar con los que nada tienen las fechas más especiales del año.

Actualmente está buscando un lugar donde instalar su obra. Por ahora desde su casa y en carro sigue recorriendo errante la ciudad, para no dejar de ser el ángel que ayuda a los que alguna vez fueron ricos. Si quiere colaborar con esta labor, puede llamar al 4835215

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