A la sombra del héroe

A la sombra del héroe

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-37)

22 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Hace 165 años murió, pobre, vencido y ultrajado, en la casona solariega del señor De Mier, el padre Libertador de cinco naciones, el Genio de América, el hombre de las dificultades. Su vida fue como una lluvia de estrellas fugaces sobre hondos abismos de tragedia. Y la posteridad no le ha sido más leve. Olvidado en la academia, en las Cortes, en los palacios de gobierno y en el corazón del pueblo, lo han recogido los déspotas y los maleantes. No hay grupo de bandidos ni aprendiz de tirano que no se digan bolivarianos.

Entre las más felices experiencias que la vida pueda deparar, se contará el vagar por los caminos del pensamiento del gran caraqueño. No hay asunto de la más alta política que no haya sido condensado en una frase, tratado con ventura en carta, discurso o proclama, resuelto en el crisol de su ejemplo.

Sobre los autócratas uniformados dijo: ‘‘Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria: no es el árbitro de las leyes ni del gobierno; es el defensor de su libertad’’.

Conocedor a fondo del ‘‘Espíritu de las leyes’’, dejó constancia de lo que vale el poder concentrado en una sola mano: ‘‘Huid del país donde uno solo ejerza todos los poderes: es un país de esclavos’’.

Y no se le escapó el eterno problema de la manera de mandar, según los tiempos y el pueblo al que se manda: ‘‘Es preciso que el Gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si estos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a los peligros...’’ Bolívar fue el más grande demócrata entre todos los hombres de Estado de la América meridional. Por eso pudo decir, en la cumbre de su gloria: ‘‘La historia dirá: Bolívar tomó el mando para libertar a sus conciudadanos, y cuando fueron libres, los dejó para que se gobernasen por las leyes, y no por su voluntad’’.

De natural tierno y compasivo, supo mostrarse riguroso cuando resultaba menester: ‘‘...la corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos: Mirad, que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la República’’. Y el mismo que dijo que prefería una derrota a una capitulación, también dejó caer de su boca estas palabras: ‘‘La experiencia nos ha acreditado que, al capitular con los rebeldes, el gobierno no hace otra cosa que perder su prestigio, degradarse y desmoralizar la parte sana de la nación’’.

Al Libertador no escapó que cada uno debe estar en su puesto y servir desde sus propias posibilidades. Trastrocar ese orden de la naturaleza y la política no se hace sino a costa de los mayores males: ‘‘Por manera que tuvimos filósofos por jefes; filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados’’.

Tampoco le quedó lejos mirar el corazón del hombre y dejar consejos dignos de Gracián o Jovellanos: ‘‘...no creo ninguna cosa tan corrosiva como la alabanza’’. O convertir en texto político los mensajes evangélicos: ‘‘La ingratitud es el crimen más grande que pueden los hombres atreverse a cometer’’. O advertencias de esta profundidad: ‘‘...el que manda debe oír aunque sean las más duras verdades y, después de oídas, debe aprovecharse de ellas para corregir los males que producen los errores’’.

Vienen a la memoria estas remembranzas del más grande pensador, el más insigne militar, el más puro ciudadano, el más visionario gobernante de todas las Américas en todas las edades, a propósito del homenaje que se le rindiera por estos días en el altar mismo de la Patria. Bolívar merece algo más que unas flores arrojadas al pie de su estatua por dos caballeros con prisa, trajeados en mangas de camisa

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