El Emilio, siglos después

El Emilio, siglos después

Los precedentes no son muchos. Con excepción del mundo antiguo, y en particular de Platón y Aristóteles, no es frecuente ver imbricado el pensamiento político y el pedagógico en un mismo autor al modo de las escamas de un pez. Pensar un Estado y una sociedad, e imaginar, paralelamente, la forma y el fondo más apropiados para orientar un alma en formación es harto extraño. ¿Qué hizo pues que Rousseau no sólo sentara las bases de una buena parte de la teoría política moderna en El Contrato Social, sino que también explorara en profundidad a través del Emilio, la educación de los seres humanos?

21 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Uno de los primeros contrastes que llaman la atención del lector entre los dos textos es la formulación general de los conceptos en el Contrato Social, y el nivel de detalle del Emilio. En efecto, mientras el primero esculpe las formas universales de la formación de un Estado, el otro revisa exhaustivamente cada una de las facetas de la educación de un niño.

La naturaleza iguala. No concede derechos. Y si concede alguno es el de la igualdad. La democracia radical de Rousseau en el Contrato, se transforma en el Emilio como un ejercicio de escucha y respeto permanente a los designios de la naturaleza. Educar al niño siguiendo la naturaleza y su propia naturaleza. El Emilio no pasaría de ser un interesante tratado de puericultura sino estuviera atravesado por una intención política. Educar un ser humano sin los fines políticos que persigue el Contrato no tendría ningún sentido.

Es quizás por eso que el Emilio es exhaustivo. Hace ver que las diferencias que van apareciendo en la natural evolución del alma y del cuerpo, sólo conducen a la unidad espiritual de la especie. Un individuo bien educado trasciende su propio ser. Es un ciudadano. Es aquel que reconoce en lo otros su propia esencia, en la medida en que en ese reconocimiento, su ser se encuentra diluido en una construcción mayor a las partes que la han conformado. Si en el Contrato está desterrado el derecho natural por opresivo y abusivo, en el Emilio esa misma naturaleza marca la pauta para empezar a educar al ser humano. Hasta cierto momento. Enseñar vale la pena si provocamos que el discípulo pueda aprender. Tal vez en franca oposición a los enciclopedistas, Rousseau más que en la instrucción, o en el inventario minucioso de lo conocido, pareciera decirnos, que la verdadera sabiduría está en otra parte. Es una construcción, sí. Como la sociedad. Pero no es solamente eso. Es, también, como la educación, un acto desnudo de arandelas innecesarias y de barroquismos superfluos, quizás es inefable. Como la sociedad y el hombre seculares del Contrato que miran más allá de sus propias retinas, el ser humano que vemos crecer lentamente en el Emilio, es, en últimas, la materia prima de esa sociedad, políticamente reconciliada consigo misma, pero desde una nueva antropología axiológica, desde un humanismo austero, desprovisto de protagonismos que extravíen en la compulsión por las cosas, y las prohibiciones y los afeites, la verdadera naturaleza humana, un humanismo en definitiva, más ateniense que espartano.

La pedagogía, para el caso de Rousseau, es el alter ego de la política.Bella y pertinente enseñanza ante tanta certificación de la calidad escolar

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