Un Pesebre con casas reales

Un Pesebre con casas reales

Hace cerca de medio siglo el padre Aguilar, párroco de Robledo, viró la cabeza hacia abajo y le pareció que un montón de ranchos de tabla y plástico dispersas a lado y lado de la quebrada La Iguaná eran tan humildes que se asemejaban a una escena de la época de Jesús de Nazaret.

21 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

No le echó agua bendita pero desde ese día lo que vieron sus ojos quedó bautizado como El Pesebre.

Quien cuenta la historia es Antonio Holguín, quien a sus 79 años es uno de los habitantes más veteranos. Además, es el viudo de Lenny Amaya, descendiente directa de los fundadores.

Relata que los primeros que habitaron estas márgenes de La Iguaná fueron Miguel Amaya y Ana María Calle, hace cerca de un siglo.

“Eran terrenos que ellos se cogieron pero después legalizaron. Después fueron vendiendo hasta que se quedaron apenas con la casa”, anota.

Cuando él se casó y se vino a vivir acá, hace unos 45 años, El Pesebre seguía teniendo el aspecto de un rastrojo tapizado de barro colorado. La quebrada pasaba por todo el frente de su morada y los vecinos se sumergían en ella para bañarse y lavar la ropa. Muchos también devengaban el sustento sacándole arena.

“Cada invierno era un sufrimiento. Como la cuenca estaba muy arborizada llovía, se crecía y tocaba correr”. El Jueves Santo una borrasca se les entró, relata Holguín.

El primer signo de progreso fue la instalación de una pila por parte del Municipio, también en frente de los Amaya.

Entonces La 80 estaba chiquita –apenas tenía un carril–, no existían los edificios que hoy le roban la panorámica a El Pesebre y al barrio se entraba por caminos reales que escasamente dejaban pasar a una persona a la vez.

Después de mucho tiempo y cantidad de crecientes de La Iguaná, la gente empezó a correr el cauce y a principios de la década de 1970, con el liderazgo de la acción comunal, la comunidad construyó muros de contención y echó llenos hasta dejar un espacio amplio que es el centro de la vida social del barrio.

“Éramos todos chiquiticos desfilando con piedras. La familia que no pudiera trabajar un domingo en el convite daba la plata para pagar un trabajador que los reemplazara”, cuenta la hijastra de Antonio, Irma Amaya, quien recuerda aquellas épocas con nostalgia.

Allí en la actualidad hay una cancha polideportiva bien pavimentada, parque infantil, carnicería, una tienda, varias ventas de ventana, un centro cristiano y una capilla católica.

A punta de mingas y gestiones de los líderes con las distintas administraciones municipales, el entorno de necesidades se transformó: los niños y jóvenes se educan en la institución educativa La Piedad, existe el centro de salud Miguel Ángel Builes, muchas casas son de ladrillo y cemento y poseen energía eléctrica, agua potable y teléfono. Aunque aproximadamente el 40 por ciento sigue siendo de madera.

El Pesebre está encajonado entre los barrios Blanquizal y La Soledad, la quebrada La Iguaná y la Carrera 80 .

Por estos días se ven dos pesebres callejeros, muy pequeños, en el sector de El Jardín y la parte baja del barrio. Según la presidenta de la acción comunal, Judy Vergara, el 24 habrá natilla para mil niños.

Lo curioso es que –al parecer por una secuela heredada de la época en que se enfrentaban bandas, milicias y paramilitares– es difícil que los 13 mil habitantes se integren alrededor de la Navidad, que tiene una relación obvia con el nombre del barrio, como por ejemplo si ocurre en el Doce de Octubre con el Día de la Raza.

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