Bagatela de aniversario

Bagatela de aniversario

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA 1-25 Nací en Envigado un veinte de diciembre como hoy, de un ebanista de vocación y una hermosa huérfana de origen campesino del suroeste paisa que alumbró sin dificultades bajo la asistencia del doctor Restrepo Molina, un apóstol adusto que vestía de negro cuan largo era y tenía marcas de viruela y voz sepulcral. Los colombianos se mataban hacía años entre ellos. Pero yo no tenía por qué saberlo.

20 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Dijeron que un primo de mi padre había ido al incendio de Rionegro. De lejos parecía un buen hombre, en la iglesia. Entonces, unas contadas casas se daban el lujo del teléfono. Recuerdo cuando padre trajo a la nuestra el primer radio Telefunken del vecindario donde cabían las orquestas y los coros del mundo entero. Puedo recordar los aviones rastreros del tiempo, que los niños celebrábamos hasta cuando desaparecían espantando las vacas en los potreros. Mi padre quebró en la ebanistería.

Se fue a Medellín a trabajar en el departamento de tabulación de Coltejer.

Una mañana me llevó a ver las aparatosas computadoras que manejaba con orgullo y fastidio: los mastodontes de acero hacían temblar el sótano enorme como una catedral.

Los juguetes eran humildes artefactos de lata movidos a cuerda. Las muñecas de mis hermanas cerraban los ojos y musitaban ‘mamᒠantes de desmayarse.

Las amigas de mis padres narraban en las visitas los terrores de la violencia en pueblos remotos. Llenándome los sueños de ceniza y sospechas: tal vez había nacido en un país incendiado. Era evidente que los colombianos se mataban: por un icono, por un trapo rojo y viejo o por cualquier cosa.

Una mulata, Otilia, ayudaba a mi madre en el hogar. Era tan pobre que tenía los dientes de oro. Mataron a Gaitán. Me metí a santo. Atraído por el desorden secular, sin embargo, abandoné pronto la piedad del seminario. Y me encontré a boca de jarro con los nadaístas. Unos muchachos que paseaban por los bares de Medellín un rictus de desesperanza y oían canciones francesas.

Ellos me ayudaron a luchar con el Dios inclemente del párroco y su socio el Diablo.

Se pusieron de moda las hamburguesas. Los cines lujosos. Las ciudades se estiraron hasta las nuevas, oscuras nubes industriales. Vino la televisión en blanco y negro. Los colombianos se siguieron matando. Corrían las famas purulentas de Sangrenegra y el Capitán Veneno. Vino la televisión a color.

Los discos de larga duración, la revelación de la minifalda, los anticonceptivos. La fiesta de los años sesenta paró en tristezas opacas como las mariposas vespertinas. Luego, los dólares narcóticos de la cocaína enloquecieron todo. El egoísmo, la mezquindad, el episcopado.

Pese a todo asistí a muchas pruebas de amor y generosidad. Gocé días grandiosos. Aunque los colombianos no cesaran de masacrarse. En nombre de la fraternidad comunista y el amor cristiano o por el placer de apretar el gatillo. Los asesinos cambiaban sus nombres según la temporada. Apelativos habilidosos como ‘Tirofijo’ por nombres cómicos como ‘Popeye’, o por alias cacofónico como ‘Macaco’.

Se redactaron normas intrincadas e inútiles en defensa de niños, mujeres, indios, pobres y negros. Yo me entregaba a escribir versos, primero para consternación de mis padres. Más tarde, en detrimento propio. Mi poesía dio testimonio del delirio criminal y la esperanza en versos descachados.

Ahora las computadoras caben en el bolsillo. Hacen más ruido las azucenas al abrirse. Los laboratorios rediseñan el mapa genético. Internet convirtió la Tierra en una aldea confusa. En una enciclopedia infinita. Y yo me pregunto sin resignación en mi sexagésimo segundo aniversario, en un planeta cada día más atractivo y complejo y más primitivo y cruel y menos verde, por qué se matan los colombianos en vano y sin fin. Hoy, como el amanecer cuando nací.

En Envigado, Antioquia. ¿Lo hacen por un destino irrenunciable? Quién sabe.

eleonescobar@hotmail.com

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