¿Qué le pasa a E.U.?

¿Qué le pasa a E.U.?

(EDITORIAL DIARIO) Puede ser una buena noticia para la humanidad que el presidente George W. Bush se haya dado cuenta de que la autoridad moral de su país en el mundo viene en picada. Y que tal vez habría que ajustar el énfasis religioso-fundamentalista-neoconservador de su gobierno. Por una razón profunda y elemental: la primera potencia económica y militar del planeta no puede seguir violando de manera sistemática e impune los valores democráticos que la hicieron grande como nación.

18 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

En los últimos días, tras largo tiempo de confrontación con realidades tan palmarias como la de Irak, el presidente Bush ha dado pasos, tímidos y tardíos, para tratar de remediar la terrible encrucijada y la profunda contradicción en que se encuentra su gobierno. Habló por primera vez de las víctimas iraquíes (¿30.000? ¿100.000?); reconoció las fallas de inteligencia previas a la invasión; aceptó, contra la vehemente oposición de la Casa Blanca y del vicepresidente Cheney, la enmienda del senador John McCain para prohibir cualquier forma de tortura a prisioneros en manos de E.U.

Ya era hora. De no mediar decisiones como estas –y muchas otras en mora de asumirse– la autoridad de Estados Unidos en el mundo corre el riesgo de perder todo sustento moral para convertirse, sencillamente, en sinónimo de fuerza bruta y atropello contra los principios mismos que esa gran nación dice defender desde hace más de dos siglos. No hacerlo es exponerse a que se multipliquen en el mundo las voces de condena. Como la del último Premio Nobel de Literatura, el dramaturgo inglés Harold Pinter, quien lanzó duras acusaciones con ocasión de la entrega de su galardón.

* * * * Pinter criticó la prepotencia de Estados Unidos desde el final de la II Guerra, cuando se atribuyó ‘‘carta blanca’’ para hacer y deshacer. Dijo que hoy a ese país ‘‘le importan un bledo las Naciones Unidas y la legalidad internacional’’. Habló de Guantánamo: ‘‘cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente detenidos para siempre’’. Fustigó esa situación como una ‘‘atrocidad criminal cometida por un país, que se declara a sí mismo como ‘el líder del mundo libre’ ’’. Y, ante la ausencia de reacciones contundentes por parte de la comunidad internacional, se hizo una pregunta de fondo: ‘‘¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral?’’.

Pinter se ha caracterizado por su postura anti estadounidense, y su discurso ha sido criticado como excesivamente político. Pero no deja de tener un profundo elemento de verdad. Desde la llegada al poder de la derecha religiosa que representan Bush, Cheney y varios de sus colaboradores más cercanos, los principios de libertad, derechos humanos y amplia polémica que tradicionalmente ha encarnado la sociedad estadounidense, parecen haber sido echados por la borda, en favor de un fanatismo militante que va del Tratado de Kioto a la Corte Suprema, y de Irak a un personaje como el corrosivo embajador Bolton, en la ONU.

Los escándalos son numerosos y cada uno más sonoro que el anterior.

Guantánamo ha sido todo un lío. De sostener que los ‘enemigos combatientes’ no tienen derechos legales a tratar de dar potestades al FBI para revisar el uso privado de Internet y hasta las listas de préstamos de libros en las bibliotecas, el Estado que esta administración encarna ha sido criticado por tratar de recortar seriamente las libertades individuales. Las cárceles secretas de la CIA y su maltrato a prisioneros sospechosos de terrorismo han producido una crisis en Europa. Por estos días es todo un debate nacional una directiva secreta de Bush del 2002, que autorizó espiar a ciudadanos estadounidenses o extranjeros sin orden judicial (The New York Times dijo que aplazó por un año la publicación de una historia sobre este tema por petición de la administración).

La oposición de la Casa Blanca a la enmienda del senador McCain contra malos tratos a prisioneros en manos estadounidenses; declaraciones del procurador Alberto González (autor del célebre memo sobre los límites legales de la tortura), a CNN en el sentido de que daño ‘severo’ es tortura; y la insistencia oficial en la extensión del período de vigencia del Patriot Act han reafirmado las dudas sobre la vocación democrática de esta administración.

* * * * La manera como el gobierno Bush ha conducido hasta ahora su agenda doméstica y su política exterior no solo le ha creado complejos líos en el mundo a Estados Unidos, sino que ha minado seriamente su credibilidad como defensor de la democracia y paradigma de la libertad. Pero, por fortuna, hay elementos que indican que no todo va en esa dirección.

La prensa liberal ha liderado una fuerte campaña criticando el rumbo que ha tomado el país y crece todos los días una fuerte oposición intelectual, académica y política al regresivo fundamentalismo religioso de la administración Bush. El Senado, con votos republicanos y demócratas, está por aprobar una decisión que obliga a la administración a informarle cada 90 días sobre el sistema de cárceles secretas y la situación de cada preso.

Ambas cámaras aprobaron la enmienda del senador McCain. La discusión parlamentaria del Patriot Act ha sido toda una demostración de las reservas democráticas de esa gran nación. La Corte Suprema echó abajo el trato discriminatorio contra los ‘enemigos combatientes’. Muestras esperanzadoras de que, aun en medio de la ‘guerra contra el terrorismo’, los intentos de hegemonía de la derecha neoconservadora no pasarán fácilmente, editorial@eltiempo.com.co

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