La angustia, cuota inicial del éxito

La angustia, cuota inicial del éxito

(EDICIÓN BOGOTÁ) La falta de empleo, la pérdida de un familiar, el desplazamiento y la pobreza extrema son, en muchos casos, el motor de impulso de muchos colombianos para decidirse a “montar un negocio”. En otros casos, ronda la idea de crear empresa, pero a la hora de tomar la decisión final el dinero se convierte en la principal limitante.

18 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Sin embargo hay quienes luchan en contra de las dificultades y convierten la angustia en la cuota inicial de la inversión, le suman un poco de astucia y ponen a prueba sus habilidades y conocimientos para lanzarse al mundo empresarial.

No es tarea fácil, pero quienes persisten a pesar de los tropiezos y continúan batallando con la idea de consolidarse como empresarios pueden afirmar que no siempre se necesitan grandes sumas de dinero para hacer empresa en el país.

También hay casos en los que literalmente “se les apareció la virgen” y permitió que de grandes crisis surgieran las oportunidades para producir, generar empleo y exportar.

Este es el caso de empresas como Tibso, Benedecti, la Asociación de Artesanos La Piche y el Grupo de Empresarias del Mitú, que un día decidieron fabricar algunos productos con materiales tomados de la naturaleza e, incluso, reciclables, con la idea de cambiarlos en el comercio por bebidas y comida para sobrevivir, o de venderlos para salir de apuros económicos.

Hoy asisten a ferias, tienen puntos de venta y venden en otros países.

TODO EMPEZÓ POR LA NECESIDAD DE COMER Una toma guerrillera en Mitú, en el año 1988, dejó sin comida, sin familia y sin techo a varias personas de la región. A Leticia López le tocó ver cómo unas minas quiebrapatas mataron a varios miembros de su comunidad y sus ojos fueron testigos del secuestro de una de sus sobrinas en el momento que buscaban Bejuco Yaré en el Mitú, para fabricar accesorios del hogar.

“Fueron épocas de hambre, necesidades y miedo. No podíamos salir de la casa y el alimento escaseaba”, recuerda Leticia con tristeza. Fue entonces cuando tomó la decisión de fabricar canastos de todos los tamaños y salir a escondidas de la parcela a ofrecerlos en trueque a los comerciantes de víveres de la ciudad. De esta forma aseguró el alimento de su familia durante los tres meses que permanecieron encerrados por temor a que se llevaran a otro integrante del grupo.

Durante el encierro, Leticia descubrió que su habilidad para tejer canastos le abría la posibilidad de fabricar otros productos y ganar algún dinero para salvar a su familia del peligro y la pobreza. Sin embargo no tenía suficiente Bejuco y el reto estaba en internarse en la selva algunos días para conseguir el material suficiente para hacer las muestras.

Le compartió la idea a otras mujeres que vivían con su misma angustia y logró conformar un grupo de 30 personas que durante seis meses trabajaron en la colecta de materiales para producir bolsos, canastos, butacos, mesas y hasta lencería tejida para venderlos en otras partes.

Actualmente Leticia es una de las líderes de Mitú. Registró la empresa como Asociación de Vaupences y vende alrededor de 20 a 30 millones de pesos en canastos a través de ferias y almacenes especializados.

- UN CANDELABRO LOS LLEVÓ A GANAR UN PREMIO Con la entrega del ‘Premio Compartir al Mejor Microempresario del Año’ se evidenció de nuevo que el tesón y las ganas son muchas veces con lo único que cuentan aquellos que se quieren abrir paso en el terreno industrial.

Hace diez años Giomar Rojas y su novio Andrés buscaban ingresos para pagar la universidad y comprar los materiales necesarios para seguir la carrera de diseño de modas.

Un candelabro elaborado por Andrés como una forma de ocupar el tiempo libre se convirtió en el punto de partida de la empresa Benedicti que hoy cuenta con un taller de producción al sur de Bogotá, cuatro almacenes propios, 15 empleados en nómina y más de ocho contratos satélites con otras empresas para cumplir con los pedidos. Ellos comenzaron ofreciendo sus productos en el mercado de las pulgas. “Pasabamos días enteros con un plástico en el piso y sin comer para vender un sólo candelabro de 4.000 pesos. Era frustrante”.

A punta de préstamos con amigos y conocidos empezaron a participar en ferias. Han ido varias veces a Expoartesanías, toman cursos de empresarios en Compensar y ya se ganaron un premio.

NUNCA ES TARDE PARA APRENDER Al cumplir 50 años de edad Jorge Gómez se enfrentó con la realidad de tener que abandonar su cargo de Director General de Mercadeo en la multinacional Seagram de Colombia para engrosar la fila de desempleados de la época. Su esposa no trabajaba y el afán de conseguir dinero para el estudio de su hija lo llevó a pensar en la posibilidad de montar una empresa. “Por la edad no tenía esperanza de encontrar otro trabajo”.

No tenía dinero. Una conocida en Barranquilla le ofreció un horno manual para fabricar vajillas, pero él no sabía nada del negocio. “Nunca es tarde para aprender le dijo la barranquillera”. Entonces se puso a estudiar el tema y Harry Sason se convirtió en su primer cliente. Hoy tiene fábrica propia, nueve empleados directos y exporta a México y España. En el mercado local vende cerca de 250 millones de pesos al año y tiene clientes como Leo Cat, Corral Gourmet, Crepes & Waffles y Wok, entre otros.

CON APOYO DEL PNUD En los Montes de María numerosos negocios se cerraron en el 2000 dejando sin trabajo a centenares de personas. Algunos ganaderos abandonaron sus fincas por amenazas y los que no morían por la violencia lo hacían por causa del hambre. Hasta que se les apareció la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y a través del Pnud les enseñó a vencer el miedo y comenzar de cero creando sus propias empresas. En octubre del 2003 nace la firma “Artesanías de la Piche” que hoy fabrica artículos tallados en piedra con los desperdicios que salían de las minas y materiales donados por la ONU. Hoy el grupo vende sus productos en ferias y almacenes. De esta actividad viven cerca de nueve familias.

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