‘Madom’ Pineda, el relojero de los parques

‘Madom’ Pineda, el relojero de los parques

En la parte alta del Eje Ambiental, con el tic–tac del corazón bogotano, los buses de la ruta 10 de TransMilenio avanzan como manecillas rojas, a razón de dos articulados por minuto.

18 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

El cruce de los peatones lleva rapidez de segundero y el paisaje urbano cambia con cada hora, sin embargo, ahí, en uno de los escaños junto al río San Francisco, sorprende la imagen de un hombre que parece suspendido en el tiempo.

En esta época de avalanchas digitales, cuando la hora viene incluida en tableros de carros, computadores, celulares y otros ‘juguetes’, Luis Alfonso ‘Madom’ Pineda vive de reparar despertadores de campana, relojes de cuerda y demás piezas que el vértigo tecnológico convirtió en antigüedades y rarezas de mesita de noche.

En cualquier banca Aprovecha los días de sol para instalar su taller en cualquier parque y actúa como un cirujano con instrumental. A un lado deja su maletín, donde no falta sombrilla, gorro de lana y un sinfín de piezas diminutas que hacen su prestigio de viejo relojero. Del bolsillo de la camisa -donde también lleva cepillo de dientes, papeles y lima para las uñas-, saca su juego de destornilladores y lo extiende con una gran delicadeza.

Incrustados en la parte delantera de su chaqueta mantiene alfileres de varios tamaños, para graduar el rodamiento de los aparatos. Escoge la pieza que se dispone a reparar, asegura la lupa en el ojo izquierdo y ya con la mira puesta, mientras desarma la maquinaria reconstruye momentos del pasado.

Ahora recuerda, por ejemplo, que su padre Juan Belisario, “un hombre de mucho mundo porque era piloto, me regañaba por desbaratar los relojes de la casa. Cuando ya tenía todas las piezas sobre la mesa, inventaba herramientas con palos de colombina y cuchillas de afeitar, para tratar de armarlos de nuevo, ¡pero qué va!”.

De infancia chapineruna, después de que su familia abandonara Los Alisales, una finca cerca de San Gil (Santander), por culpa de la violencia; discípulo de padres lasallistas y alumno universitario –hasta el día en que se quedó sin el apoyo de su padre, que murió en un siniestro aéreo–, Luis inició curso de relojería en el Sena, para definir su quehacer en la vida.

“Mi madre, María, famosa porque tejía unas mantas sevillanas hermosas, murió poco después de pena moral, entonces, con los pesitos de la herencia monté una relojería en la carrera 11 con calle 64, a comienzos de los setenta”.

Fue entonces cuando clientes y vecinos empezaron a darle a Luis Alfonso el sobrenombre de ‘Madom’, porque desde siempre, para dirigirse a las mujeres, les ha dicho madame. Madame la hermana, la vecina y la fulanita de tal.

De pronto se quita la lupa, levanta la mirada y sentencia: “Este reloj no tiene arreglo”. Lo guarda en un bolsillo, saca otro aparato, lo destapa y sigue. De nuevo se pone la lupa en el ojo y sigue. “Me casé con una madame que luego me traicionó, consiguió un amante y me dejó en la calle porque se llevó todo lo que tenía, así que empecé a deambular con una vitrina llena de aparatos por varios locales del centro, pero llegó la era digital, grave para este trabajo, así que ensayé otros oficios. Fui control de emisora de radio y vendedor en San Victorino, pero no me sentí a gusto”.

‘Madom’ se quita la lupa otra vez. Pero en esta ocasión levanta la mirada satisfecho. Por fin pudo arreglar esa ‘pomada’ –así se le decía a los relojes grandes–, encargo de un abogado penalista que se cuenta entre sus mejores clientes.

‘Hoy no tienen encanto’ Sabe que estas máquinas son cada vez más escasas, “porque los suizos aprendieron de los chinos y ahora hacen relojes desechables, que no tienen el encanto del tic-tac y nos dejan sin pan”.

Dice que ya le queda muy poca cuerda, “porque soy modelo 47 y como los relojes de los borrachos, he sido muy golpeado”, pero también sabe que es, quizá, el único relojero de piezas clásicas, que deambula por la ciudad para ganar clientes, y que se toma las bancas de los parques como un taller con infinidad de sucursales. “Tengo el pulso intacto, en eso soy estandar, y gozo mi oficio, pues no sé por qué, desde pequeño, me fascinó la perfección de estas maquinarias de medir el tiempo, y ahí me quedé”.

gergel@eltiempo.com.co

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