El Hombre Caimán volvió a Plato

El Hombre Caimán volvió a Plato

(EDICIÓN BOGOTÁ) Minutos antes de salir a buscar un playón a orillas del Magdalena para preparar el ritual de la llegada del Hombre Caimán al viejo muelle de Plato, las puertas del cuarto de Édgar Romano Moisés se abrieron de par en par. Era Ana, su esposa, que lo miraba como si estuviera viendo un fantasma: “Me acaban de decir que te moriste”, le dijo con voz temblorosa.

17 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

“A mí también me vinieron avisar. No es la primera vez que en este pueblo me matan”, respondió. Y volvió a su tarea de desatar el saco donde guarda el disfraz del mítico personaje, que el pasado miércoles a las 12 de la noche salió por las calles de Plato para dar inició a la edición número 17 del Festival del Hombre Caimán, después de tres años de ausencia por falta de apoyo.

Esa noche de nuevo se vio al ser que, según la tradición, cuando sale del río debe ser celebrado con ron, queso y pan y con una ronda de cumbiambas.

Édgar Romano es quien representa, desde hace 44 años y contra viento y marea, una de las leyendas más representativas del folclor ribereño: la historia de Saúl Montenegro, un humilde pescador que por amor se volvió caimán.

Con voz de nostalgia dice que fue en 1963 cuando por primera vez se puso el disfraz. “Me decían que estaba loco”, recuerda. Todavía le dicen que le falta un tornillo. Él responde que es el heredero de la leyenda creada por Virgilio Diffilipo, quien en su lecho de moribundo le pidió que no dejara morir esa tradición.

‘No es sólo un disfraz’ Romano dice que sus paisanos le han pagado mal y que no le reconocen el mérito de haber llevado bien el símbolo del pueblo. Muchos han tratado de imitarlo y hasta de desplazarlo, pero él no se amilana: “Cualquiera se pone un disfraz, pero la personificación es contra viento y marea, con fiebre, sin plata, sin ambición, con luto. El compromiso es con la imagen de un pueblo”.

Políticos y gobernantes le ofrecieron casas y hasta una pensión por su aporte a la cultura. Pero todo quedó en puras promesas.

Lo que sí le quedan son anécdotas, como la de la vez que se cayó al Magdalena y casi se ahoga o cuando, mientras aguardaba en los matorrales, le pasaron cuatro culebras mapaná por entre las piernas. En otra ocasión, un borracho estuvo a punto de orinársele encima.

El estigma de caimán ha llevado a que a su hermanos Alfredo y Arturo los conozcan en el pueblo como ‘El Babillo’ y ‘El Iguano’. A su padre, quien falleció hace un mes y medio, le decían ‘El Cocodrilo’.

“El día que Édgar muera quizás desaparezca la tradición; es él el que le pone corazón y ganas para mantenerla viva”, dice Félix Reyes, un platense de 68 años que sabe que con cada Festival el pueblo olvida el miedo y es feliz al menos por un momento.

Pero Romano responde que eso no está en sus planes. “Tengo muchos años de caimán; no me voy a morir por ahora”, dice mientras prende otro cigarrillo y sentencia que ha enterrado a mucha gente y que por ahora hay Hombre Caimán “pa’ rato”.

‘EMBAJADOR’ POR TODA COLOMBIA En este tiempo, Romano ha vestido diez disfraces. Sus primeras modistas, las hermanas Chía y Mercedes Burda, ya murieron.

Hoy, dos mujeres del pueblo siguen con la tradición. Tienen el compromiso de no coser un vestido siquiera parecido: “Van a pasar a la historia como las únicas diseñadoras del verdadero Caimán”, señala él. Cada vestido cuesta unos 600 mil pesos.

Al último, que le duró diez años, le pasó 40 manos de pintura para mantener los colores y con él recorrió los eventos más importantes del país: el Carnaval de Barranquilla, la Feria de las Flores en Medellín; el Festival de Teatro en Bogotá y las fiestas del 11 de Noviembre en Cartagena

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