CLAVE 1927 SACCO Y VANZETTI

CLAVE 1927 SACCO Y VANZETTI

Celestino Madeiros, portugués, inició el viacrucis; le siguió el zapatero italiano Nicolás Sacco y cerró la procesión el vendedor de pescado Bartolomeo Vanzetti, otro italiano. Esa noche los muchachos de la redacción de EL TIEMPO estuvieron hasta las cuatro de la madrugada, en atenta vigilia, pendientes de los radiogramas que informaban los detalles de la ejecución. Pero el sistema del cable no funcionó. Por esa razón la llamita de esperanza siguió prendida en el corazón de los colombianos por 24 horas más, pese a que todo estaba ya consumado.

06 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Nunca en la historia de este siglo tantos obreros, intelectuales y estudiantes de todo el mundo estuvieron tan unidos y expectantes de una condena a muerte, como en este 1927.

Desde abril de 1920, cuando Sacco y Vanzetti fueron detenidos bajo la sindicación de haber dado muerte, cerca de Boston, a un pagador y a su ayudante con el fin de arrebatarle quince mil dólares, millones de personas vivieron conmocionadas con el dramático proceso, en el que privaron sobre la equidad y la justicia los prejuicios, y en el cual el beneficio de la duda no favoreció a los acusados.

Durante los siete largos años transcurridos, el impávido gobernador de Massachusetts, Alvin Fuller, recibió más de un millón de mensajes de todo el planeta que pedían clemencia y la repetición del juicio. Pero impasible, no obstante las evidencias de inocencia y la parcialidad empleada en el proceso, dejó caer sobre los dos reos italianos la soberbia majestad de la Ley.

El caso coincidió con una alarmante ola de animadversión hacia los inmigrantes europeos en las altas esferas de la sociedad estadounidense, que se hizo evidente al culminar la I Guerra Mundial. Agravada en el caso de Sacco y Vanzetti, por cuanto ellos buscaron refugio en México para evadir la prestación del servicio militar durante la guerra, conducta censurable tratándose de extranjeros residentes.

Para completar el riesgoso cuadro, los dos inmigrantes italianos habían abrazado la ideología anarquista, doctrina que los hacía altamente sospechosos ante la puritana sociedad de Massachusetts.

Desde 1921 cuando el tribunal, presidido por el juez Thayer, los encontró culpables del doble asesinato y los condenó a morir, un grupo de intelectuales organizó una entusiasta Junta de Defensa , que accionó durante los siguientes seis años todos los mecanismos legales para demostrar su inocencia.

Pero no contaron con que el juez estaba francamente prevenido en contra de los dos italianos, por razón de la ideología política que ellos profesaban.

En ese orden de ideas, al jurado compuesto por 12 vecinos no le importaba si eran en realidad ellos los asesinos del pagador y su ayudante; el solo hecho de que Sacco y Vanzetti se hubiesen confesado anarquistas los convertía en culpables.

Los defensores apelaron en cuatro ocasiones la sentencia y solicitaron un nuevo juicio, pero la anticuada legislación del estado le confería soberano poder al mismo juez para aceptar o rechazar las apelaciones, y en el caso de aceptarse la realización de un nuevo juicio, sería el mismo juez quien lo adelantaría.

Apelando a tácticas extremas de la defensa, y en un extraño acto de solidaridad, el portugués Madeiros condenado a muerte por otros delitos se declaró también culpable del asesinato del pagador y su ayudante, con el propósito de lograr para Sacco y Vanzetti un nuevo juicio. Pero el juez Thayer y el gobernador Fuller continuaron impasibles.

Terminadas las doce campanadas de la medianoche apareció en la cámara de la muerte el portugués Madeiros. Estaba aún somnoliento. Su última cena había sido tan abundante que, indiferente a su suerte, quedó vencido por el sueño.

No pronunció palabra alguna. Se sentó voluntariamente en la silla y se dejó amarrar. Siete minutos más tarde murió electrocutado.

A las doce y once minutos apareció Sacco. Aunque tranquilo, su palidez terrosa denunciaba que su firmeza requería infinito esfuerzo. Se sentó. El verdugo le estaba amarrando las manos cuando gritó: Viva la anarquía! Esposa mía, hijo mío, amigos míos... todos adiós .

Vanzetti fue el último y el más patético. Entró sereno, pero con una mal disimulada mueca de dolor. Se plantó frente al director del penal y a los dos guardas y les estrechó la mano con firmeza. Luego se dirigió a la silla y se sentó. Con voz fuerte rompió el silencio: Quiero decirles que soy inocente; que no he cometido crimen alguno, aunque sí habré pecado algunas veces. Les agradezco a todos lo que han hecho por mí . Cuando terminaron de atarle las correas, dijo en voz baja: Soy un hombre inocente . En el último instante rechazó la máscara que le estaban colocando para manifestar: Perdono a algunos hombres lo que han hecho conmigo .

En esta vergonzosa noche todos perdieron. Los reos, la Junta de Defensa , que luchó por un nuevo juicio, la sociedad estadounidense, la credibilidad en la Justicia, los movimientos obreros, los intelectuales, todos ... a excepción de Robert Elliot, el verdugo, quien se embolsilló en 24 dramáticos minutos 450 dólares, a razón de 150 por ejecución.

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