Camus y Santos

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-29)

16 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Hace medio siglo –el 7 de diciembre de 1955–, el escritor Albert Camus pronunció el discurso de honor en el banquete ofrecido al expresidente y director-propietario de EL TIEMPO, Eduardo Santos, entonces exiliado en París. Camus no había recibido aún el Premio Nobel de Literatura –ello ocurriría dos años después–. Pero era ya el intelectual francés de mayor estatura moral de su época, cuyo prestigio solo crecería con el paso de los años.

No fue casual que Camus hubiese sido el oferente en aquel evento. París era un sitio “natural” de encuentro para exiliados. Y en la década de los 50, como lo describiera Tony Judt, existía una mutua simpatía entre aquella comunidad intelectual “extranjera” y Camus, quizá por su misma condición –el sentirse desarraigado del país donde nació y creció, Argelia–. Santos se había exiliado en París tras la clausura de El TIEMPO, en agosto de 1955, por parte de la dictadura de Rojas Pinilla. Había, sin embargo, mucho más que expresión solidaria con el exilio en las razones de Camus para rendir tributo al ex presidente colombiano.

“Orgullosamente recibimos esta tarde a un embajador que no es como otros embajadores” –así abrió Camus su discurso al darle la bienvenida a Santos como embajador de la ‘libertad’–. Por supuesto que la defensa de la libertad de prensa fue el eje central de su discurso. El motivo inmediato del banquete en honor de Santos era alabar su actitud frente a la censura gubernamental. El régimen militar había acusado a EL TIEMPO de ser un “super-Estado” dentro del Estado, acusación que Santos refutó con lucidez y coraje en aquellos días de 1955. Camus observó que, al proferir tal acusación, la dictadura estaba reconociendo, sin aceptarlo, el “poder de la palabra escrita”. La censura probaba que la palabra escrita hacía temblar a los tiranos.

Camus no se limitó a defender la libertad de prensa. El homenaje al exiliado colombiano era también un homenaje a los valores liberales. “Hoy, la libertad no tiene muchos aliados”, expresó, mientras denunciaba cómo se la sacrificaba en nombre de la nación, del pueblo, o del Estado: la excusa del “bienestar del pueblo” había sido siempre, en particular, la favorita “de los tiranos y provee la ventaja adicional de darles a los sirvientes de la tiranía una buena conciencia”. Camus reconocía que la libertad no era la panacea. Tenía límites: el límite donde se encontraban los derechos y las obligaciones era la ley, a la cual debía someterse hasta el mismo Estado. La libertad de prensa tampoco era un bien absoluto: “Una prensa libre puede, claro está, ser buena o mala, pero, ciertamente, sin libertad no será nunca nada sino mala”.

Camus y Santos se identificaban en la primacía que le dieron a la libertad, una postura entonces excepcional en amplios medios intelectuales fascinados con las llamadas democracias populares. Y eran afines también en su rechazo por igual a todos los extremos. Por eso, la actitud de Santos servía de ejemplo y confortaba a quienes, como Camus, habían rechazado “cualquier complicidad, aun temporal, aun y sobre todo táctica, con regímenes o partidos de Derecha o de Izquierda que justifican, así sea un poco, la supresión de una sola de nuestras libertades”.

Me tropecé casi al azar con el discurso de Camus en honor del ex presidente Eduardo Santos mientras hojeaba su libro de ensayos Resistance, Rebellion and Death (Vintage Books, 1995). Lo leí, pues, con gratificante sorpresa. No conozco la respuesta de Santos. Ni sé si entre ambos existió mayor comunicación. Pero cincuenta años después, aquel “homenaje a un exiliado” merece rememorarse por su enorme valor y significado

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