Descubrimiento total de un viejo sabio

Descubrimiento total de un viejo sabio

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-21)

14 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Acaba de publicar Villegas Editores los cinco tomos de Escolios completos de Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), seguramente el más importante filósofo colombiano. Son, para mí, el libro del año. Ya habían salido varias recopilaciones de estos aforismos que reflejan, en un castellano cercano a la perfección, el pensamiento inteligente, original, punzante, insultantemente independiente de este intelectual bogotano que vivió entre libros, amigos y meditaciones. Los cinco tomos que aparecen ahora, y un sexto que contiene extenso ensayo del profesor italiano Franco Volpi sobre la obra de Gómez Dávila, exponen uno de los más brillantes patrimonios de nuestra cultura. Así lo reconocen en Europa, aunque nosotros hayamos demorado en descubrirlo. Tardanza más insólita por cuanto los pensamientos capsulares de Gómez están al alcance de quien quiera leerlos.

No es preciso estar de acuerdo con él para admirarlo. Resulta innegable que existen una coherencia interna y un interesante alegato incluso en su defensa de la aristocracia como forma ideal de la sociedad. Aclaro, eso sí, que no definía como aristócratas a los señoritos que suponen pertenecer a familias de pergaminos –y menos en un país donde todos descendemos de la tatarazorra o el tatarapárroco–, sino al gobierno de los más calificados.

Gómez denostaba de la democracia, y aun quienes creemos que ella es el régimen menos malo tenemos que sonreír aprobatoriamente ante escolios como los siguientes: “El sufragio universal no pretende que los intereses de la mayoría triunfen, sino que la mayoría lo crea”... “El pueblo no elige a quien lo cura sino a quien lo droga”... “Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos”... “Errar es humano, mentir, democrático”.

Gómez Dávila formulaba comentarios a las teorías políticas, pero no perdía el tiempo en política menuda. Sin embargo, como buen filósofo, parece que muchas de sus reflexiones hubieran sido escritas hoy como reacción a cosas acontecidas ayer: “Toda paz se compra con vilezas”... “La sabiduría no consiste en resolver problemas, sino en amansarlos”.

Ante todo, era ironista y escéptico. Como ironista, supo hallar la paradoja que encierran muchas de las grandes verdades establecidas; incluso, también las grandes mentiras proclamadas. “El ironista –apunta– desconfía de lo que dice, sin creer que lo contrario sea cierto.” Como escéptico, considera que solo la duda permite edificar creencias: “La convicción que no se apoye sobre un pilotaje escéptico se hunde”. Le encantaba oponerse a la fácil docilidad de las ideas comunes y rechazaba el desfile en rebaño: “Nadar contra la corriente no es necedad si las aguas corren hacia las cataratas”.

Una de las facetas más atractivas de Gómez Dávila es su sentido del humor.

Podría desglosarse otro tomo –quizás varios– con aforismos suyos de gracia demoledora; en particular, su inclemente liquidación del tonto. “La buena voluntad es la panacea de los tontos”... “Vencer a un tonto nos humilla”...

Y esta verdad de fácil y cotidiana comprobación: “Nadie es importante durante largo tiempo sin volverse bobo”.

Este cachaco ilustrísimo, quizás el mejor lector colombiano del siglo XX, merece ser recordado como uno de nuestros máximos escritores, aunque Bogotá no le haya rendido más homenaje que el de ignorar su importancia. Ninguna biblioteca distrital, por ejemplo, ha sido bautizada en su memoria. Existe, sin embargo, una esperanza de resarcir tanta ingratitud y propiciar su divulgación. La Fundación Mario Santo Domingo, que contribuyó de manera definitiva a la terminación del Diccionario de Cuervo, estudia financiar la nueva biblioteca pública de Suba. Sería excelente que, para mayor generosidad, pidiera que la obra lleve el nombre de Nicolás Gómez Dávila. Es una manera de que los colombianos conozcamos a un pensador del que podemos estar orgullosos.

cambalache@mail.ddnet.es

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