El día que sonó la alarma

El día que sonó la alarma

(EDICIÓN BOGOTÁ) El sábado 3 de diciembre salió en EL TIEMPO un artículo insólito. La corrección, al día siguiente, era igualmente extraña. Decía: “Por un error técnico, en la información de ayer, titulada ‘Con rifas y bailes los candidatos buscan plata’, salieron en forma incorrecta varios nombres. Donde decía Jesús Piañacué, quería decir Jesús Piñacué; el representante del Cesonario Áscar Leches, quería decir representante del Casanare Óscar Wilches; donde apareció Gabela Zapata era Gabriel Zapata; Lilaila Rinden salió por Liliana Rendón; Medallón, por Medellín; arribasteis, por uribistas; carne por carné; abortante por aportante; Tono Cójame, por Tony Jozame, y Zalema Jetón, por Zulema Jattin. Pedimos disculpas a los lectores”.

11 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Y no era una inocentada. ¿Qué sucedió? Quien revisó el artículo del reportero pasó el corrector de ortografía del computador y cambió todos los nombres por la opción electrónica, lo que convirtió el artículo en un galimatías. A raíz de este error descomunal, el Editor General fue llamado por una emisora y explicó lo sucedido. No obstante, la Defensora considera que a los lectores del periódico les faltó la explicación que sí tuvieron los oyentes. No se trató de un “error técnico”, como señala la ‘Corrección’ publicada el domingo en la página 1-2. Fue un error humano, lamentable y, por fortuna, excepcional.

Este incidente dejó, sin embargo, al descubierto que se ha bajado la guardia en el rigor de los procesos de revisión y corrección del periódico. La voz de alerta la vienen dando los lectores, cuyas quejas han convertido esta columna, y la sección de cartas de los lunes, en una fe de erratas semanal.

A juicio de la Defensora, estos errores cotidianos y frecuentes, que raras veces ameritan una corrección, son aún más lesivos para la imagen de seriedad y la credibilidad del periódico.

Los lectores tiene razón cuando reclaman por la pobreza del lenguaje; como dice Édgar Rodríguez: “En una noticia dice: olvidó que a 40 centímetros de su ventana pasaban unos cables de la luz con una corriente de 11.400 voltios. No se habla de cables de la luz, sino de cables de energía y la corriente se mide en amperios y el voltaje en voltios”. O, por la falta de verificación de las cifras, como señala Pedro Rubén Rojas: “Según el periódico, las enfermedades cardiovasculares matan a 30 millones de personas por minuto en el mundo, es decir ¿1.800 millones por hora o 43.200 millones por día?”. Y cuando exigen precisión en los datos, como Fernando Cortés: “En el artículo ‘Hambre odia a los niños’ dice que ‘6 millones de niños mueren de hambre y la mal nutrición en el mundo, pero no aclara si la cifra es anual, mensual o diaria”... También les asiste el derecho cuando protestan en defensa del idioma, como Nicholas Tiffin: “Ruego su colaboración para que los reporteros desistan del uso indiscriminado de ligth (sic), además la forma correcta de escribirlo es light”. Y Alberto Trujillo, quien pregunta: “En ningún diccionario he encontrado la palabra localía, que los periodistas deportivos usan para referirse a los equipos de fútbol que juegan de locales. ¿La quieren imponer a la fuerza?”.

Estos lectores preguntan a la Defensora: ¿dónde están los correctores? La respuesta es: ahí están, pero no leen todos los artículos; sin embargo, son una instancia de consulta, además del diccionario, el Manual de Redacción y el corrector electrónico. El periódico presume que quienes escriben en EL TIEMPO son buenos conocedores de los temas que abordan y de su herramienta primordial: el lenguaje. Como señala Álex Grijelmo: “El vocabulario del periodista ha de ser preciso y rico, riguroso en los matices, amplio en las acepciones. Para encontrar la palabra atinada en cada momento”.

A juzgar por el resultado, el proceso de edición y los mecanismos de corrección de textos y revisión de páginas no son suficientes. La Defensora considera que la solución no está en presumir y sancionar. Requiere capacitar a los reporteros para exigirles mayor rigor en la escritura.

Implica formar a los editores y otorgarles más tiempo, para exigirles mayor disciplina en la edición. Lo único positivo de este bochornoso episodio es que prende las alarmas.

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