El reto Chávez

(EDICIÓN BOGOTÁ) Las recientes elecciones legislativas de Venezuela confirmaron tendencias que han puesto reiteradamente al país en los titulares de los periódicos en los últimos años. El presidente Hugo Chávez demostró una vez más que goza de un amplio apoyo entre los pobres y desposeídos del país y que está muy adelante de sus opositores en términos de habilidad política, astucia y dureza. Sin embargo, al mismo tiempo, la participación de los electores está disminuyendo en cada elección que se organiza bajo la administración de Chávez, y la dudosa limpieza de los procesos electorales es cada vez más evidente.

11 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Es cierto que el retiro de la oposición de los comicios días antes de las votaciones fue, como afirmó Chávez, más un síntoma de su propia debilidad que de los problemas del proceso electoral. Y también es cierto que esa misma debilidad es consecuencia de la supresión gradual de muchas de las características del orden democrático tradicional de Venezuela.

Aun así, los errores de la oposición han sido enormes, desde el apoyo al golpe fallido contra un Chávez electo democráticamente en abril del 2002, hasta la frustrada huelga en PDVSA, la compañía petrolera nacional, a principios del 2003. En política nada es más letal que el fracaso en la confrontación directa.

En esas circunstancias, Chávez puede darse el lujo de ser audaz a pesar de que sus políticas no han logrado beneficiar a su principal clientela: más del 50 por ciento de los venezolanos que viven en la pobreza y la desesperanza. La pobreza ha aumentado desde que Chávez llegó al poder; las finanzas del gobierno y la balanza comercial dependen más de los ingresos petroleros que antes y, aparte de los programas cubanos de alfabetización y los servicios de los ‘médicos descalzos’ de barrio, el bienestar general de los pobres sigue igual, si no peor.

Es poco probable que se den cambios importantes en el futuro cercano. Chávez podrá modificar la Constitución a su antojo en gran medida y llenar el sistema judicial y el órgano electoral con gente de su confianza. Seguirá repartiendo subsidios basados en el petróleo siguiendo la vieja tradición venezolana de Marcos Pérez Jiménez y Carlos Andrés Pérez. Como resultado, será reelegido a finales del próximo año y es muy posible que permanezca en el poder hasta el final de la próxima década.

Con todo, si eso es lo que el pueblo venezolano quiere, que así sea. Después de todo, quién los gobierne y cómo es asunto de ellos, siempre que no se violen sistemáticamente los derechos humanos, que no se suspendan indefinidamente las instituciones democráticas y que se respeten las normas aceptadas de conducta internacional.

A juzgar por este último criterio, al menos, Chávez tal vez se haya extralimitado. Durante años se le ha acusado de retomar la labor de Fidel Castro: apoyar la retórica del radicalismo y el antiimperialismo, si no es que de la revolución en toda América Latina. Podría ser tiempo de que las demás naciones latinoamericanas y la comunidad internacional tomaran en serio esas acusaciones.

Chávez está regalando petróleo a las naciones insulares del Caribe y a Cuba y está comprando deuda argentina para contribuir al futuro político de Néstor Kirchner. El mes pasado, en Mar del Plata (Argentina), participó abiertamente en una manifestación contra el Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) en compañía de, entre otros, Evo Morales, el líder de los productores de coca de Bolivia, que bien podría convertirse en el próximo presidente de ese país.

De igual forma, Chávez está apoyando claramente a Daniel Ortega, el sempiterno candidato presidencial sandinista de Nicaragua, y a Shafick Handal, el igualmente sempiterno candidato del FMLN en El Salvador. Su ex embajador en México participaba abierta y ruidosamente en los eventos de la campaña presidencial del jefe de gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador.

Parece haber un hilo conductor en gran parte de la política exterior de Chávez: provocar una gran confrontación con los Estados Unidos. El peligro, por supuesto, es que cuando esta confrontación llegue, si es que llega –sobre Bolivia, el Alca, los derechos humanos o la libertad de prensa– será muy tarde para desactivarla. Entonces, el reto está en evitar la confrontación que Chávez claramente desea. Desgraciadamente, la administración Bush no ha demostrado ser particularmente hábil para evitar conflictos.

Las demás naciones del hemisferio tienen un interés directo en impedir una lucha que las obligaría a tomar partido y podría amenazar sus intereses económicos y de seguridad nacional. Aunque muchas de las posturas de Chávez han encontrado apoyo en algunos países latinoamericanos, las divisiones que él y la Cuba de Castro han creado en América Latina –entre izquierda y derecha, los que apoyan el libre comercio y los ‘bolivarianos’, y los que están a favor y en contra de Estados Unidos– son artificiales en gran medida y, por supuesto, no es imposible superarlas.

Ciertamente, muchos líderes latinoamericanos han intentado moderar y controlar a Chávez y han fracasado. Pero el costo de no intentarlo de nuevo podría ser muy alto. La última vez que hubo una confrontación de frente entre líderes revolucionarios y Estados Unidos en América Central en la década de los 80, todos perdieron. Una nueva división del hemisferio, creada por un líder que nada en petróleo, sería mucho más desastrosa.

* Ex Secretario de Relaciones .

Exteriores de México © Project Syndicate, 2005

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