La singular vida de Jaime Lozada

La singular vida de Jaime Lozada

(EDICIÓN BOGOTÁ) La muerte de Jaime Lozada nos golpeó súbitamente a todos aquellos que, de tiempo atrás, estamos interesados en el Acuerdo Humanitario. Llegó a mis oídos en momentos en que asistía, desde la tribuna, a la manifestación liberal de Bucaramanga, que era el inicio de la campaña de movilización de los liberales para las elecciones de marzo. Los episodios se agolpaban en mi memoria, evocando el más dramático de todos los casos de secuestro que han asolado a nuestro país en los últimos 30 años.

11 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

El tema de mi intervención fue con respecto a la política y a la vida en general y al estado de ánimo de quienes están saliendo de la adolescencia y contemplan con escepticismo las perspectivas de una sociedad estancada, en la cual, en el caso de no conseguir empleo, su destino es convertirse en parásitos sociales, o desempeñándose en tareas muy inferiores a sus estudios o a su preparación. Es el precio que se paga en una sociedad en donde el 40 por ciento que vive bajo el signo de la pobreza, raras veces encuentra el trabajo a que aspira o la remuneración a la cual cree tener derecho. El sentimiento de ser marginado despierta la ira, la rebeldía, la protesta. Lo mismo que les ocurre a los musulmanes en París y que está ocurriendo en Colombia entre quienes no cuentan con el respaldo económico, o el respaldo político, que los redime de entre los marginados.

Grave problema para la nación entera, que tiene que poner el mayor énfasis en la educación, en el empleo y en la coordinación entre los dos. La crisis laboral ha llegado al extremo de que hay quienes prefieren eliminar de su hoja de vida títulos universitarios, evitando así que, por el exceso de méritos, no los tengan en cuenta presumiéndolos más costosos que un modesto trabajador sin oropeles. Jaime Lozada fue la excepción. Nacido en Teruel, un centro de feudalismo político conservador del Huila, supo alcanzar posiciones clave: secretario de gobierno, gobernador, diplomático, miembro del Congreso Nacional y empresario, superando todas las limitaciones del provinciano común, gracias al estudio del derecho hasta alcanzar el grado de doctor.

Nada se le escapó a la ambición de este opita ejemplar, contra el cual se ensañó la rivalidad propia de un medio tan estrecho, hasta ser interpretada, por la propia guerrilla, su eliminación y la de su gente como una causa popular. No era difícil, porque la rebeldía entre ellos también obedece al desajuste entre la necesidad de oportunidades de trabajo y lo reducido de las posibilidades de empleo justamente remunerado. Es lo que hemos dado en calificar de marginados, porque están al margen de una sociedad en la que, mientras una minoría crece y prospera de día en día, el 40 o 50 por ciento experimenta las limitaciones de su condición, y su conducta se va traduciendo en inconformidad y en un enjuiciamiento implacable contra la clase dirigente, que acaba por hacerle comprender, a la fuerza, lo ingrato de pertenecer a esa media Colombia que carece de un ingreso que le permita llevar una vida digna. Es la protesta de los menos afortunados contra los más exitosos, en un país en donde el buen resultado se paga muy caro, a causa de la envidia que despierta. ¡Qué gran lección la de este marginado, perteneciente al 40 por ciento de jóvenes colombianos frustrados, que consigue ingresar a la categoría de los privilegiados! Nada justifica semejantes recursos de lo que vulgarmente se llama el “rebusque”, pero, para explicarlo, cuando se apela al crimen hay que tener en cuenta el desajuste de una sociedad tan desigual y tan inequitativa, que se encuentra entre las seis primeras injustas del mundo entero.

La última satisfacción, muy grande por cierto, en la vida de Jaime Lozada fue vislumbrar el porvenir de su hijo mayor, quien se destacó como el primer conservador del Huila en la reciente consulta popular en la que, por iniciativa de la Dirección Nacional Conservadora, se sometía al veredicto de los miembros del Partido la escogencia entre un candidato propio o uno de alianza. Sus seguidores, en vista de su mayoría plebiscitaria, y, sin duda, sus parientes lo impulsaron a aspirar a una curul en las próximas elecciones. Jaime, como todo padre solícito, lo escoltaba en sus giras.

Sus asesinos, emboscados en la carretera entre Gigante y Neiva, dieron cuenta de la vida del padre y dejaron mal herido al hijo, cuando una ruta tan transitada parecía estar a cubierto de tales golpes de mano. ¿Cómo no ser solidarios todos los colombianos con la familia Lozada Polanco, de la que se hablará hasta el fin de los siglos como un ejemplo de los extremos a que se llegó en Colombia en pleno siglo XXI?

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