Emergencia ambiental en Bogotá

Emergencia ambiental en Bogotá

El estudio de las condiciones ambientales de Bogotá que hace unos días dio a conocer la Universidad de los Andes, es dramático. Literalmente los bogotanos estamos respirando exosto de bus.

09 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Si a esto le sumamos la contaminación industrial, la conclusión es que en las principales vías que atraviesan la ciudad de norte a sur -Caracas, Séptima, Once y Autopista Norte- y en más de la mitad del territorio bogotano, el aire que respiramos no es aire sino gas venenoso. Estamos peor que México o Santiago de Chile.

Frente a esta preocupante situación, resultó aún más preocupante la respuesta del Gobierno distrital. La directora del Dama, autoridad ambiental del Distrito, dijo tres cosas: que este era un problema viejo; que no había razón para decretar la emergencia ambiental; y que coordinarían con el Ministerio del Medio Ambiente para impulsar soluciones.

Típica respuesta de esta Alcaldía: primero le ponen espejo retrovisor a los problemas y luego crean una comisión para dar una respuesta. Y este es el camino para que la solución se demore o nunca llegue. Por fortuna, el alcalde Garzón descartó la medida de ampliar el pico y placa para los vehículos privados.

Tomar esta medida para enfrentar la emergencia ambiental, habría sido el oso del año. Que la tome si quiere para descongestionar las vías. Bienvenida.

Pero es claro que los responsables de la contaminación en los niveles alarmantes en que se encuentra, son los vehículos de transporte público, no privado.

Sin ser experto -como simple ciudadano que es credencial suficiente para opinar- veo que hay problemas en tres frentes: reglamentación, aplicación de la ley y lentitud en la política de chatarrización de los buses.

Reglamentación. Si se quiere resolver el problema de fondo de aquí para adelante, es necesario sentarse y hacer la tarea de crear una reglamentación, estricta, moderna y razonable, que fije las condiciones de la vida útil de los vehículos. ¿Qué pasa con los buses de más de diez años de uso? ¿Bajo qué condiciones de emisiones de gases pueden seguir operando? ¿En qué rutas? ¿Con qué niveles de ruido? Este, supongo, es un tema de ley, pero debe haber mil antecedentes de reglamentaciones de este tipo en distintas ciudades del mundo, que pueden servir de base para trabajar. Y esto se convierte, además, en un necesario punto de referencia para los empresarios del transporte que de antemano, saben a que atenerse.

Aplicación de la ley. Hoy existe una reglamentación de emisión de gases, que a todas luces se están pasando por la faja buses y busetas de servicio público.

No es sino andar por las calles de Bogotá para darse cuenta de esta realidad. Así como la autoridad es estricta para exigir este certificado a los vehículos privados, lo cual está muy bien, pareciera que es laxa para aplicárselo a buses y busetas. Alguien se está burlando de la ley y pareciera que no hay voluntad de enfrentar el asunto.

Política de chatarrización. Es claro que la lentitud en la aplicación de esta política de sacar de las calles a los buses viejos, que circulan en exceso y en las perores condiciones de mantenimiento por la llegada del transmilenio, es lo que más pesa en el drama ambiental de la ciudad. Dirán los funcionarios, quizás con razón, que en el tema global de contaminación de la ciudad esto es lo que menos pesa.

Pero para el peatón, el ciclista y el motociclista que anda por la ciudad, es su drama diario. Estos son los que tienen sus narices a dos metros de los exostos. Bogotá vive la dramática paradoja de tener andenes y ciclovias, pero el que los usa se está envenenando.

Ojalá Lucho use el inmenso prestigio de que goza para resolver este problema. La comisión que creó le va a decir lo que todos sabemos: que Bogotá vive un drama ambiental sin precedentes.

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Ricardo Santamaría Politólogo, periodista

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