La política y la guerra

La política y la guerra

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-19)

09 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Es verdad axiomática, que Von Clausewitz redujo a una simple frase: la guerra es la continuación de la política por medio de las armas. O de la violencia, según otros intérpretes de su pensamiento. Luego, por deducción lógica, la guerra se subordina a la política. Esta realidad ha cobrado, a través de la historia, diferentes formas de expresión. Se fusionan bajo una sola cabeza –Napoleón, Alejandro, Julio César– en cuyo caso hay un solo cerebro decidiendo el momento de emplear las armas y conduciéndolas hacia la batalla. O el político decide y el militar dirige, caso de las democracias.

Una tercera vía es la del dictador omnipotente que lanza su nación a la guerra sin consultar al militar y luego pretende arrebatarle el mando y conducir la lucha armada con pretensiones de genialidad. Napoleón III en Francia, Hitler en Alemania.

El primer caso requiere genios, si la combinación de la política y la guerra bajo una autoridad suprema conducen al éxito. La segunda exige plena compenetración entre el estadista y el general. Respeto recíproco a las respectivas esferas de acción, pero a la vez capacidad de escuchar, dialogar, discrepar. Fue el caso de la dirección suprema aliada en la II Guerra Mundial, y del mando militar, subordinado a aquel, pero con capacidad y libertad de discusión y análisis conjunto antes de la toma de decisiones, manteniendo la subordinación a la autoridad política que, a su vez, respeta el ámbito militar en la ejecución. La tercera posibilidad ya ha sido resuelta por la historia.

Estas reflexiones hallan amplio campo experimental en la realidad colombiana, históricamente respetuosa de la subordinación castrense al poder político, como se demostró en el Conflicto Amazónico de 1932-34 y se ha venido aplicando sin excepción en el prolongado y cambiante conflicto interno, donde los bandos opuestos se han sujetado, el legítimo al precepto de Clausewitz, y el que fuera sedicioso en las etapas iniciales de su lucha revolucionaria, para degradarse en el maridaje corruptor con el narcotráfico, siguiendo el patrón estalinista.

Los conflictos internos hacen más compleja la relación civil-militar por el alto contenido de ingredientes políticos del enfrentamiento. La opinión pública se fragmenta, la oposición halla en cualquier error, real o agigantado por los medios y por las jefaturas partidistas, un caudal para nutrir sus arsenales y la pugnacidad, más encendida aún en épocas electorales, termina por proveer al enemigo común y al que lo apoya en la sombra prevalido de las libertades democráticas, de elementos valiosos para la guerra sicológica, base de su estrategia.

El caso colombiano es modelo de tales desajustes institucionales. Después de medio siglo de entregar a las Fuerzas Armadas la responsabilidad de derrotar a un enemigo polifacético con el empleo dislocado de la lucha armada, el presente gobierno enunció una Política de Seguridad Democrática que sumaba al poder militar el del Estado y el apoyo popular. Pero quizá por lo novedoso del esquema, después de una fase victoriosa inicial, y aun durante su desarrollo, se cayó en fallas de interrelación político-militar, que el adversario en armas, o agazapado tras un radicalismo proclive al adversario narcoterrorista con cariz político, saca el mejor provecho, inocentemente apoyado por el sensacionalismo de los medios de comunicación.

El reciente caso del Guaviare ejemplariza esta delicada faceta del problema.

Un acaecimiento a nivel táctico, lamentable sin duda pero sin implicaciones estratégicas y políticas serias, genera reacciones desmedidas. La prensa, en grandes titulares, pregona un golpe en el corazón del Plan Patriota y la debilidad de la Política Nacional de Seguridad Democrática. Impaciente por el revés, la jefatura política del Gobierno lo saca del ámbito militar y contribuye, quizás sin quererlo, a sobredimensionar la ocurrencia. Los medios contribuyen con entusiasmo a convertir en grieta la fisura, mientras el vapuleado enemigo se frota las manos de alegría en su selva.

alvatov2@yahoo.com

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