Con el perdón de la Iglesia...

Con el perdón de la Iglesia...

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA 1-23) No es fácil abordar un tema como la despenalización del aborto sin que salten las alarmas provenientes de la Iglesia y de los grupos católicos que por largos años han conseguido mantener una influencia sobre nuestros códigos y nuestras élites, a pesar de que somos un Estado laico.

05 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Tampoco es de mucha ayuda el clima político del país, dominado por fuertes vientos de derecha, que van en contravía del espíritu de la Constitución del 91 y que aún permiten que temas tan sensibles al dogma de la Iglesia como el de la autonomía de la mujer no se puedan discutir a la luz de nuestros derechos adquiridos, sino a la luz de lo que dicen las encíclicas papales.

Sin embargo, a pesar de este escenario, Mónica Roa, la joven abogada que presentó la demanda para despenalizar el aborto en caso de violación, de malformación del feto o de que peligre la vida de la madre, ha conseguido en poco tiempo más avances en los derechos de la mujer que lo que muchos otros colombianos y colombianas han podido lograr en los últimos años. Hoy, gracias a la valentía de Mónica, el aborto es un tema obligado de la agenda pública, que empieza a ser abordado como un problema de salud pública y no como un problema de la moral cristiana.

Por primera vez los precandidatos han tenido que pronunciarse frente al tema y por primera vez los electores han tenido que valorar a sus líderes políticos no solo por el verbo, sino por sus conceptos en terrenos como el de la autonomía de la mujer. En ese sentido, y gracias a ese destape, más de una sorpresa nos hemos dado. Quién se iba a imaginar que un político liberal de estirpe galanista como Rodrigo Rivera, con justas aspiraciones presidenciales, esté más cerca del Opus Dei que de la Constitución del 91.

No está de acuerdo con la despenalización del aborto, ni con los matrimonios gays. ¿No será que el doctor Rivera anda en el partido equivocado? Sorprende también encontrar entre los firmantes de los avisos que se oponen a la despenalización publicados en los diarios nacionales a humanistas del calibre del ex presidente Belisario Betancur o del ex ministro de Cultura, Juan Luis Mejía.

Uno habría pensado que los encontraría más cómodos de este lado, defendiendo los derechos de la mujer a decidir en conciencia sobre su cuerpo y sobre su vida y no sometidos al dogma de la Iglesia que tanto nos empequeñece.

Lo cierto es que la demanda de Mónica Roa ha servido no solo para desnudar realidades ocultas de una sociedad que, como la nuestra, sigue siendo patriarcal, sino para desvirtuar tabúes que antes nadie –mucho menos una mujer– se atrevía a plantear de manera escueta y sin ambages. Y la audacia de Mónica ha conseguido mostrar una cara más real de quienes estamos en favor de la despenalización. No somos herejes ni asesinos, como insisten en plantear Corsi, Galat y compañía. En realidad, somos mujeres y hombres como Mónica Roa, con convicciones y con fortalezas jurídicas sustentadas en la importancia de nuestros derechos y de valores como el de la igualdad.

Tampoco es cierto que estemos por el aborto per se, o que nos fascine abortar. Ni que lo consideremos un método de planificación familiar. A lo que aspiramos es a que se le dé a la mujer la posibilidad de decidir qué hacer con su cuerpo y con su vida. No más.

Ojalá el fallo de la Corte, tan esperado por estos días, defienda la Constitución del 91 y no termine perdiendo el rumbo en medio de estos vientos huracanados que nos tiran a la derecha.

P. D. Minutos antes de que entrara en vigencia la prohibición para hacer nombramientos que le impuso la ley al Presidente, sorprendentemente se designó a 18 notarios nuevos. ¿Será cierto que esos nombramientos favorecen a varios políticos cercanos al presidente Uribe? Paradójico que todo esto suceda en nombre de un gobierno que ha prometido convertirse en el bastión de la lucha contra la corrupción y la politiquería.

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