La crisis generacional

La crisis generacional

Acerca de los sucesos políticos ocurridos en Francia, que se tradujeron en un gravísimo problema de orden público, primero en París y luego en todo el territorio francés, se brinda una explicación de enorme utilidad para nuestro propio caso. Evocan los comentaristas, y para demostrarlo traen a cuento las palabras de hace diez años que, en labios de Chirac, constituyeron la mayor premonición política de que haya memoria.

04 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

Decía así el Primer Ministro francés, en 1995: “Una especie de leve terror impera en los suburbios marginados de nuestro país. Cuando un sinnúmero de jóvenes recién salidos de las universidades no ven ningún futuro a la vista, sino que los espera el desempleo cuando coronan sus estudios, acaban por rebelarse, amotinándose. Al principio, el Estado tiene éxito imponiendo el orden por la fuerza y confiando en que con algunos toques de bienestar conjura lo peor. Pero, ¿hasta cuándo podremos sobrevivir con este desequilibrio?”.

Algo semejante dicen los jóvenes anarquistas de las comunas de Medellín, según un registro cinematográfico que lleva por título La Sierra. Cuando se les pregunta qué esperan del futuro, responden bruscamente que no les interesa, porque para ellos solo existe el presente. No saben nada, no conocen nada distinto del uso de las armas para participar en cuanto incidente callejero se presente contra sus enemigos. Disparar y disparar, corriendo el riesgo de su propio invento, es lo que divisan en el horizonte al aproximarse a la mayoría de edad.

En síntesis, lo mismo en Europa que en este remoto país de Suramérica, las nuevas generaciones pertenecientes a los estratos medios de la sociedad, desengañados del porvenir, no miran el futuro sino el presente. ¿Cómo sobrevivir si el desempleo real se aproxima al 20 por ciento de la mano de obra disponible? Un sentimiento de inconformidad, de rabia, domina el ambiente y, si bien es cierto que se recurre a ciertos paliativos transitorios, el conflicto entre los jóvenes y la clase dirigente no tarda en traducirse en un problema de orden público. Es así como en Francia queman automóviles por millares, y en Colombia, las autoridades tienen que cerrar la Universidad Nacional, por meses, para reanudar los estudios y los exámenes en el próximo año.

Al menos, en apariencia, la perturbación está controlada, pero la raíz del mal sigue siendo la misma. ¿Qué hacer con una juventud sin porvenir? La seguridad democrática puede considerarse una valiosa conquista para el tráfico de quienes poseen propiedades fuera de las ciudades, o para los que se ven obligados a transitar en carro de un municipio a otro, pero esta solución no beneficia a los jóvenes sin futuro que, en el caso colombiano, tienen que escoger en qué guerrilla militan o a qué industria ilegal se vinculan, para reemplazar el trabajo honesto y regular por una actividad esporádica, eminentemente riesgosa.

Cuando estamos en plena actividad electoral y se debaten las garantías de los partidos políticos que carecen de financiación, bien vale la pena poner la mirada en estas clases de desplazados urbanos que, sumados a los desplazados de los campos, pueden, en cualquier momento, provocar desórdenes públicos.

El interrogante sobre el futuro hay que superarlo como una de las metas más apremiantes de la hora actual. Ningún programa político puede prescindir de despejar el horizonte de la juventud, ensombrecido por la falta de trabajo, casi, diría yo, por la inutilidad de los estudios, lo mismo en la universidad que en el Sena. Encrucijada que se resume en la urgencia de superar el desempleo, no solamente en las estadísticas del Dane, haciendo el traslado de un género de desempleo por otro, o calificando de empleo el que se tiene en un solo día de la semana. Es la reinserción en gran escala, no solamente de quienes militan en las fuerzas armadas ilegales, sino de los que están por fuera de la vida normal y que pudiéramos denominar como marginados, al igual que los inmigrantes árabes de París.

Actualmente, las noticias sobre la industria de la construcción no son alentadoras, tras haber sido líder en la creación de empleo, cuando la promovió, junto con las Upac, de ingrata recordación, el profesor Currie.

Sin embargo, es preciso recordar el espejismo de la Operación Colombia con que pareció descorrerse el velo del futuro y revelar un horizonte con destellos luminosos para la juventud. Es lo que el Partido Liberal propone: devolverles la alegría y el optimismo a aquellos jóvenes que se sienten parásitos de una sociedad estancada.

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