Si por acá llueve, por allá no escampa

Si por acá llueve, por allá no escampa

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-19) Colombia está involucrada en un debate moral que se ha suscitado a raíz de la decisión del Gobierno de desmovilizar a los paramilitares y de llegar a un acuerdo con ellos, sin mirar muy profundamente qué ha sucedido en otros países. En particular, no se ha estudiado cómo hizo Europa para juzgar a los culpables y reparar las atrocidades que se cometieron en muchos de los países ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra.

02 de diciembre 2005 , 12:00 a. m.

En España todavía impera el silencio y el olvido de los crímenes de la Guerra Civil, a pesar de que la localización de las fosas comunes ha sido un secreto a voces y está en marcha un esfuerzo para identificar a los muertos sepultados en ellas. En otros países europeos, solamente después de los alzamientos de 1968 se comenzó seriamente a mirar con franqueza el pasado y a aprender de él.

Louis Menard, en una reseña publicada en la revista New Yorker de esta semana, sostiene que “el olvido (de los primeros 20 años) era necesario no solamente porque el comportamiento de la mayoría de los europeos bajo el fascismo y el nazismo fue menos admirable de lo que se quisiera reconocer...”. La derrota del gran ejército francés; “la presteza con la que algunos países se adaptaron a la ocupación; y la disposición a ignorar las deportaciones, y a veces a colaborar con ellas eran todas memorias desagradables”.

A Francia, durante la ocupación, la controlaban unos pocos alemanes porque se apoyaban en la colaboración de la sociedad y de la burocracia del Estado francés, que contaba en esa época con el joven Mitterrand entre sus funcionarios. Para encubrir esto, se construyó después de la derrota de Alemania el mito de la Resistencia en los países que habían soportado dócilmente la ocupación.

“En Austria (un país que había proporcionado la mitad de los guardas de los campos de concentración) y aun en Alemania, la gente se las arregló para convencerse de que había sido víctima de Hitler”. Los juicios que se llevaron a cabo no cubrieron sino a una mínima fracción de los culpables y la ejecución de las sentencias fue mínima.

Los aliados y los nuevos gobiernos europeos, incluso los que se apoyaban en los verdaderos movimientos de Resistencia, tenían sus propias razones para olvidar. Se dieron cuenta muy pronto de que no podrían gobernar sin el apoyo y los servicios de los nazis, los fascistas y de quienes habían colaborado con ellos. En el Este, los matones, los delatores y la policía secreta solamente cambiaron de uniformes. La Stasi era básicamente la Gestapo.

La recordación comenzó suavemente a finales de la década de los cincuenta, cuando se reanudaron los juicios a los criminales de guerra. El de Eichmann tuvo mucha resonancia. Pero Europa se negaba todavía a aceptar su pasado. En Francia, a mediados de los 60, se prohibió la exhibición del documental Le Chagrin et la Pitié, que destrozaba el mito de la Resistencia. En Alemania no fue sino hasta 1978, cuando se presentó la miniserie El Holocausto y la vio más de la mitad de la población, que la opinión pública enfrentó el crimen con sus consecuencias. A partir de los 70 ha habido una avalancha de memorias e intentos morales de reparar. Ahora se dice que por fin “los muertos han recibido un funeral apropiado” en Europa.

La secuencia de olvidar primero para volver a armar, y solamente recordar mucho después, puede haber sido una fórmula práctica, pero no es algo de lo que los europeos se sienten orgullosos. Como dice Louis Menard, “Europa fue capaz de reconstruirse políticamente y económicamente solamente porque olvidó el pasado, pero solamente recordándolo”, y aceptando su responsabilidad “fue capaz de definirse moral y culturalmente”.

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