LOS POLITÓLOGOS

Un politólogo francés residente entre nosotros, el señor Pierre Gilodhes, acaba de hacer un pasmoso descubrimiento: el de la inexistencia de los partidos políticos en Colombia. Y en el colmo de la genialidad ha resuelto acuñar esta perla de raro oriente que solo otro politólogo puede entender: El partido mayoritario, el Liberal, no existe . Es decir, que según este disparatado y extravante razonamiento, un partido que acaba de ganar arrolladoramente las elecciones, que bajo su bandera ha conquistado en el Senado de la República 57 de las 100 curules posibles, que logró idéntico éxito en la Cámara, que ganó la inmensa mayoría de las gobernaciones, que tiene a uno de sus miembros como Presidente de la República y que por mandato popular gobierna, es una entelequia, un producto de la imaginación, una simple quimera. Además, se le olvida que tiene más de 100 años de historia. Y a propósito: sabrá el politólogo quién fue el general Francisco de Paula Santander?

04 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

En verdad, si afirmaciones como esta algo demuestran, es el mundo totalmente ilusorio y sin contacto alguno con la realidad en que vive la retórica tribu de los politólogos. Sus predicciones y análisis son siempre contradichos por la contundencia de los hechos. Y los muertos que matan, acaban demostrando que gozan de cabal salud. Porque los politólogos sufren de la grave y al parecer incurable calamidad de ser siempre limpia y estruendosamente derrotados por los políticos, a quienes por cierto detestan.

El país está cada vez más cansado de los politólogos. Son gentes que desconocen por completo la realidad política del país, que no han ido jamás a un barrio, que nunca se han puesto en contacto con quienes viven en los poblados y veredas. Pero que pontifican sobre todo lo divino y lo humano. Y desde el silencioso confort de sus estudios y la académica asepsia de sus bibliotecas o desde lejos, como el fracasado asesor español del M-19, señor Solé Tura descalifican, tonantes, a los activistas que se juegan el pellejo por su partido y su país, y a quienes no se sabe si en verdad desprecian o envidian.

Que se queden entonces los politólogos dedicados a su elaborada y distante política de laboratorio, destruyendo a los partidos en el papel, mientras estos, vigorosos y militantes, les desbaratan sus enrevesados análisis en las urnas. Pero que el país aprenda a recibir con el más escrupuloso beneficio de inventario sus arrogantes y siempre equivocados vaticinios. Porque politólogo se ha convertido entre nosotros en sinónimo de dislate y de repetido y francamente ya cansón y risible error.

Los politólogos son casi siempre gentes de centro-izquierda o extrema. Ayer, con rarísimas excepciones, proclamaban en todo el mundo, y con razones bien cimentadas en la filosofía, la economía y aparente lógica, el predominio futuro de un marxismo abierto o disfrazado. Lo aseguraban y lo predecían con secreta alegría. Cuando la realidad les quitó el piso, se sintieron frustrados.

En el fondo, llenos de rabia, porque no hay nada más vanidoso que esos personajes expertos en predecir el futuro del mundo político o el desarrollo económico. Llevan en su interior una antipatía pasional contra los Estados Unidos, el sistema capitalista. Hipócritamente admiraban a los camaradas y veían en el socialismo la ansiada venganza contra la prepotencia occidental.

Poco les queda. Persiste su odio antiamericano hacia el sistema liberal. Y a regañadientes elaboran nuevas teorías para predecir el final del actual mundo. Para ellos, especialmente cuando proceden de Europa, la América Latina es el paraíso de los explotadores, del imperialismo yanqui, de la injusticia. Son, casi siempre, cómodos burgueses en su país y fervorosos servidores de las guerrillas en el exterior. Así son los politólogos de toda ralea.

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