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O jogador simpático

O jogador simpático

Acaban de entregarle a Ronaldo de Assis Moreira, más conocido como Ronaldinho, el Balón de Oro que lo acredita como el mejor jugador de fútbol del año. Aunque el título que confiere la revista France Football es más modesto, y solo se refiere al mejor futbolista que se desempeña en Europa, el valor entendido del premio tiene alcance ecuménico. Gracias a la televisión, Ronaldinho y el resto de las estrellas del balompié no son ya lejana referencia para los aficionados al deporte más popular del mundo, sino que su figura, sus habilidades, sus goles y sus jugadas se ven en vivo y en directo todas las semanas en centenares de países.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Ronaldinho es un personaje encomiable. Eje del FBC Barcelona, equipo que, según dicen los entendidos, juega actualmente el mejor fútbol del mundo, fue clave para que ganara el campeonato del año pasado y lograra el liderazgo en el presente. Pero, más importante que todo, él ha sido una referencia de calidad, de jovialidad, de espíritu deportivo y de compañerismo. Este brasileño nacido en Porto Alegre hace 25 años es mucho más que un deportista políticamente correcto: es un futbolista simpático. Cae bien, gusta, rara vez da una nota fuera de tono y, sin embargo, no parece fabricado por una agencia de imagen, sino que rezuma espontaneidad y buen espíritu. El deporte, sometido a presiones, explotaciones y cumbres que marean, ha sido pródigo en vidas no ejemplares. Grandes figuras en la cancha, como Diego Maradona y George Best –recientemente fallecido–, acabaron sus días de gloria hundidos en la droga o el alcohol. Otros permitieron que la fama se les subiera a la cabeza y, como el gran Eric Cantona, lo mismo se abrazaban con sus seguidores que la emprendían a patadas contra ellos. Ha habido casos como el de Mike Tysson, un individuo francamente peligroso en el ring y fuera de él, o el de Marco Pantani, cuyas dotes para el ciclismo terminaron por mano propia en un cuartucho de hotel sacrificado por el dopaje.

Ronaldinho no. Siempre tiene un momento para firmar un autógrafo, saludar a un hincha o contestar con amabilidad al enjambre de periodistas que lo rodea. Patrocina, además, una fundación para los niños desvalidos de su país, y no vacila en sumarse a causas nobles contra el racismo o contra la droga. Anoche mismo participó con su equipo en un partido benéfico enfrentado al primer combinado histórico de jugadores judíos y palestinos.

Como si fuera poco, juega como los dioses. Por todo lo anterior, merece como nadie ese Balón de Oro que han ganado unos pocos latinoamericanos: apenas siete veces, tres de ellas por cuenta de argentinos y cuatro más por brasileños. Una ausencia brillante es la de Pelé que, por no haber sido fichado nunca por un club europeo, no aparece en la lista que él debería encabezar. Otra, la de Maradona, a quien no se le reconocieron debidamente sus aportes en el Barcelona y el Nápoles. Una injusticia, sin duda, que ya no se cometerá con Ronaldinho. Cuando los árbitros comprados, la violencia en las tribunas y la presencia de mafiosos en muchos clubes del mundo ensucian el fútbol, se necesitan personajes como Ronaldinho, cuya imagen simpática y descomunal acude a rescatarlo.

editorial@eltiempo.com.co

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