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Al rojo vivo

Al rojo vivo

La oficialización de la candidatura del actual mandatario, Álvaro Uribe Vélez; el cruce de cartas entre dos ex presidentes liberales cuyos textos se conocieron el pasado fin de semana y una entrevista de otro más en nuestra edición dominical, además de marcar el punto de partida de la contienda electoral, constituyen hechos que dan una idea del tono que tendrá la campaña política que se avecina. Que será ardiente, tensa y de no poca confrontación –ojalá ideológica y de mucha altura– alrededor de la gestión y de las propuestas del presidente-candidato.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
29 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

La respuesta del ex presidente y director del liberalismo, César Gaviria, a una carta que a comienzos del mes le envió el ex presidente Alfonso López Michelsen muestra no pocos acuerdos entre los dos personajes. Coinciden en que hay que salir a la plaza pública a agitar el “trapo rojo”, a realinderar las fuerzas liberales que están dormidas, para enfrentarles al presidente Uribe las tesis propias de un partido de masas que, según Gaviria, “ha articulado por muchas décadas los intereses y las aspiraciones de la mayoría de los colombianos”. El ex presidente sostiene que hay que atajar el proyecto político de centroderecha que ha encontrado en el actual mandatario el líder que la aglutina, y que la mejor manera de hacerlo es movilizando a los liberales de todo el país alrededor de propuestas de hondo calado social, de ideas modernas sobre la equidad, la igualdad social, la educación sexual y la tolerancia a las ideas ajenas. Los dos ex mandatarios, pues, se niegan a expedir acta de defunción al Partido Liberal y sostienen que está intacto y más vivo que nunca.

Las cartas son expresión emotiva del deseo de no dejar morir un partido que tanto le ha significado al país. No hay que olvidar, sin embargo, el pesado lastre con el que carga un liberalismo desgastado por tantos años en el ejercicio del poder y por una sorprendente resistencia al cambio. Tampoco se puede olvidar que fue derrotado por una disidencia encarnada por Uribe, quien ha anunciado que hará más gobierno que campaña. Las urnas dirán la última palabra sobre lo atractivas y serias que resulten sus propuestas. En estas elecciones tendrá un monumental desafío, del que depende su supervivencia.

En contravía de la invitación a agitar el ideario liberal –o socialdemócrata– en plaza pública aparece el ex presidente Ernesto Samper, quien ha dicho que lo planteado por sus copartidarios es anacrónico, y anticipa que hacer antiuribismo constituye una estrategia suicida. No se sabe cuánto de su posición obedece a viejas rencillas y cuánto a un pragmatismo político que desprecia la capacidad del liberalismo de derrotar a un presidente popular, a pesar de una gestión que tiene notables aciertos, pero también muchos lunares.

En cuanto al Partido Conservador, la consulta del domingo que respaldó abrumadoramente la decisión de acompañar al presidente Uribe tiene varias lecturas. Por un lado, coloca a los conservadores como el partido oficial, con derecho a influir de manera significativa en las decisiones del próximo gobierno, de ganar Uribe. Pero, al renunciar a tener candidato propio, da un paso más hacia su extinción, pues renuncia también a ser una alternativa de poder. Al lado de las dispersas fuerzas uribistas que con seguridad repetirán en el Congreso, los conservadores aparecen como la fuerza política más compacta y más obediente al Primer Mandatario.

Volviendo a las toldas rojas, a comienzos de diciembre se lanzará en la Dirección Nacional la estrategia de la “reconquista liberal”. Compleja y nada fácil tarea la que le ha puesto el presidente Uribe a la tradicional colectividad. Ojalá sepa aprovechar la coyuntura para reorganizarse en bien de una democracia a la que le están haciendo falta partidos coherentes, modernos y que sepan construir alternativas políticas atractivas.

Bienvenido, pues, el debate mientras no caiga en las ofensas personales y sea rico en propuestas viables, que atiendan las necesidades más sentidas de un país sumido en una profunda crisis social. El liberalismo tiene frente a sí demostrar que puede pasar del dicho al hecho

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