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El muerto fue Fukuyama

El muerto fue Fukuyama

La única historia que terminó sin haber comenzado fue la de Fukuyama. Apenas 15 años después de sus euforias por el triunfo definitivo del neoliberalismo globalizado, acaba de descubrir que sin el Estado, o con el Estado débil, el mundo es un lugar más peligroso que antes, lleno de terroristas, señores de la guerra y suicidas alucinados.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
28 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

En un nuevo libro que salió al mercado en estos días, Fukuyama acuña frases irreconocibles: “... defiendo la construcción del Estado como uno de los asuntos de mayor importancia para la comunidad mundial, dado que los Estados débiles o fracasados causan buena parte de los problemas más graves a los que se enfrenta el mundo: la pobreza, el sida, las drogas, el terrorismo.” El libro se llama muy convenientemente La construcción del Estado, y parece una alucinación leerle que, en su ambición de liberar las economías de cualquier traba, las políticas triunfantes en los años 90, que tanto entusiasmaron a Fukuyama, atrofiaron o anularon las posibilidades de impedir la violencia, la exclusión, la miseria y la explotación irrestricta del trabajo humano.

Fukuyama no se siente obligado a excusarse por sus ligerezas. Tampoco parece arrepentido de sus tentativas de asesinato de la historia. Con la mayor tranquilidad del mundo, con la misma arrogancia de quienes suponían que las formas del mercado neoliberal globalizado eran las únicas sin la provisionalidad y obsolescencia de los otros productos capitalistas, Fukuyama se limita a una morisqueta que no alcanza a ser una evasión: “Existía esa sensación generalizada de que el Estado simplemente tenía que achicarse, sin tener a la vez una comprensión clara de qué partes tenían que fortalecerse.” Hubo tiempos en que dada la capacidad del fundamentalismo neoliberal para hacer rentables la destrucción y el caos, podía pensarse que la crisis redistributiva podría mantenerse indefinidamente aplastando a personas, familias y países.

Mucha gente creyó entonces que a los Estados se les podía debilitar o eliminar. No es sino recordar las fallidas pero reveladoras negociaciones sobre el Multilateral Agreement on Investment y su pretensión de que los grupos empresariales pudieran demandar unilateralmente a los Estados si alguna de sus decisiones perjudicaba los beneficios esperados por aquellos.

Los votantes llegaron a ser persuadidos de que los mercados globales no permitían ninguna desviación de la ortodoxia neoliberal. Por eso se resignaron a las severas restricciones fiscales impuestas a los gobiernos y al desmonte de los impuestos de las grandes corporaciones transnacionales.

La desfinanciación del Estado fue un postulado básico de su postración.

En el fondo, lo que estalló fue el canon teológico de que las fórmulas de distribución de las ventajas del mercado libre eran inmutables, así fueran injustas, perversas o criminales. Fukuyama no está preocupado por los pobres, las víctimas del terrorismo ni los enfermos de sida. Sabe, con más o menos nueve años de retraso de un Soros, por ejemplo, que si no podemos mutar los desequilibrios de la redistribución será la historia del mercado libre la que habrá muerto.

Las dificultades de USA (Irak, Guantánamo, Nueva Orleans, los crímenes del poder, los fundamentalismos religiosos y económicos de Bush, los problemas del Alca , la cumbre de las Américas, el rechazo globalizado a las políticas de USA, las nuevas barricadas de París, etc.) les han revelado a los Fukuyamas de todo el planeta que es vana la ilusión de que la primera potencia militar pueda garantizar la estabilidad mundial. Y que este es un mundo demasiado grande y complejo para ser dominado por un solo Estado y una sola ideología. En el alba del tercer milenio, es más factible creer que Microsoft o GM puedan desaparecer o ser absorbidas que los Estados que acogotaron en las agonías del siglo pasado. Sí, la historia de Fukuyama ha muerto.

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