PANTANOS CON VIDA DE CHARCO

PANTANOS CON VIDA DE CHARCO

En Bogotá, con la ecología algún día va a pasar lo que con la letra en otros tiempos: tendrán que hacerla entrar a la fuerza? Porque por ahora un árbol es un estorbo y un ave algo que se come frito. Por eso será que los pantanos de la Sabana y, en especial, los de jurisdicción del Distrito, han sido tradicionalmente reconocidos como terrenos desperdiciados o criaderos de zancudos donde se estancan las aguas para producir malos olores. Nadie les da su importancia biológica.

03 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Las soluciones son cíclicas, aisladas y, a veces, infructuosas: los ecologistas de vez en cuando protestan por el descuido en que andan los pantanos, pero no les ponen atención. Las autoridades de golpe emprenden una campaña, siembran alrededor dos o tres pinos y lo llaman bosque .

Cuando los ven, muchos piensan que son charcos rodeados de juncos, donde anidan pájaros con pinta subdesarrollada: negros y chiquitos. Esa no es la verdad. Los pantanos son hábitat de vida silvestre, almacenamiento para aguas de inundación, estabilizadores de caudales, purificadores, trampas para sedimentos, controladores de salinidad...

Pero eso en teoría. Están tan mal que el Departamento Administrativo del Medio Ambiente (DAMA) los declarará en emergencia en los próximos días. Incluso expidió una primera resolución (la 052) donde reconoce que las especies de los pantanos del altiplano cundiboyacense están en extinción en el Distrito.

Nadie sabe que los pantanos son espacio público, por ley, y patrimonio de la ciudad; pero sí, que son regios para rellenarlos y construir encima barrios piratas.

Según Bernardo Ortiz, biólogo del DAMA, los pantanos asociados a la cuenca del río Bogotá (localizados a lado y lado de este, hacia el centro y sur de la Sabana a partir de Chía) en épocas de lluvias ocupaban unas cincuenta mil hectáreas: casi un cuarenta por ciento del área plana de la Sabana.

Lo que queda de ellos está en las zonas de Suba, Fontibón, Engativá y Kennedy. Y solo ocupa ahora unas 200 hectáreas. La cifra desciende a diario. Estos cuerpos de agua han muerto porque, al rellenarlos, o los incorporaron a la producción agropecuaria, o hicieron viviendas (desde los años 50), o porque la actividad industrial junto con la densificación los convirtieron en cloacas que sobrepasaron su capacidad depuradora.

Así se acabó el humedal más importante del sur del altiplano: la Laguna de la Herrera. Allí, incluso, recientes estudios descubrieron que el agua que queda posee un alto índice de contaminación por plomo: el dejado, desde hace décadas, por los perdigones de los cazadores de patos... Diagnóstico: el sí pero no Ortiz dice que el acelerado proceso de deterioro de cinco años para acá, significó la extinción local y regional de anfibios, reptiles, aves y mamíferos y colocó al borde de la desaparición a todas las especies de ese hábitat.

El diagnóstico del DAMA en la jurisdicción del Distrito es triste: le dan de cinco a 10 años de vida a los pantanos de la margen oriental del río Bogotá (Suba, Engativá y Kennedy). Solo quedan dos hectáreas y bien deterioradas de pantanos en la zona Torca-Guaymaral por causa de la contaminación. Con estos dos, nada que hacer.

Los del sistema del río Salitre-Juan Amarillo andan en lo que algunos llaman el sí pero no . Forman el grupo de pantanos de Córdoba y Niza paralelo al río que fue canalizado en jarillones elevados para aislar la contaminación de los humedales. Bien. Pero la urbanización acelerada exterminó la fauna...

Luego, desde la transversal 91 al occidente está la laguna Tibabuyes: uno de los tres cuerpos de agua más importantes del Distrito. Tiene poco relleno. Pero la laguna es botadero de basuras y aguas negras de los barrios subnormales de su margen norte.

Otro es el de la Ciénaga de Jaboque (entre la cuenca del Juan Amarillo y la meseta donde está el aeropuerto El Dorado). Su fracción occidental reúne las mejores condiciones ecológicas, a pesar de la contaminación orgánica y del proceso de desecación al que lo someten para aumentar los pastizales donde se crían reses y caballos.

Luego viene la laguna de Santa María del Lago, de más o menos 12 hectáreas entre las carreras 74 y 76 y las calles 75 a 77 en Engativá. Algo se conserva. Se recuerda como sitio de pesca de truchas y residencia de curíes, patos migratorios, garzas y tingas de la Sabana.

Su caso, dice el DAMA, debe ser modelo para la recuperación de humedales. Se necesita eliminar las invasiones, cercar la zona, recoger las aguas negras en colectores periféricos, arborizar y adecuar para dotar la zona de una unidad de recreación pasiva y educación ambiental.

Otro pantano o minipantano (tiene 1.5 kilómetros de largo por cien metros de ancho), que se debe proteger, es el del Tintal que está atravesado por la Avenida Ciudad de Cali. La calidad de agua es pobre, pero permite que en la mejor de sus partes subsista un ave llamada Monja que tiene la mayor población de esta en todos los pantanos del Distrito: 150 especímenes.

Y lo más triste: el pantano de La Magdalena, detrás de Corabastos. Tenía veinte hectáreas y han rellenado ya un ochenta por ciento. En el charco que queda arrinconado contra Corabastos todavía se ven, como desafiando a ser cubiertas por los residuos de construcción, cerca de cincuenta tinguas negras. Se ven garzas! En la margen occidental del río Bogotá están los pantanos menos deteriorados y que presentan las mejores oportunidades de conservación. Como los humedales de La Florida, divididos en dos partes y separados por una carretera y el canal del distrito de riego La Ramada de la Car.

El primer tramo (el más cercano al río), hace parte del parque distrital La Florida. El DAMA considera que como ese lugar deberían estar los demás pantanos: allí se encuentra todo tipo de aves y curíes. Tiene espejo de agua (lo que no está cubierto por vegetación flotante o buchón), juncos de dos especies y la vegetación necesaria para que anide cualquier especie acuática, residente y migratoria.

Al otro lado de la carretera, el humedal (tan largo que llega casi hasta el retén de Siberia en el cruce de la autopista a Medellín con la vía a Tenjo) tiene condiciones muy buenas para las aves, aunque la calidad del agua no es tan óptima por recibir líquido del río Bogotá. El DAMA dice que hay que delimitar las rondas y concertar con los propietarios una política de manejo de este pantano que por lo menos no tiene peligro de ser invadido.

Le siguen los pantanos de Gualí-Tres Esquinas, la Laguna de La Herrera, otros cuerpos de agua menores en Tenjo y una laguna en predios de la hacienda La Herrera donde se mantiene, según los estudiosos, la población más grande del pato turrio cariblanco de la Cordillera Oriental.

Se necesitan recursos. Urge la conservación a perpetuidad de las especies vegetales y animales en un ambiente sano y estable donde el agua solo se llame así, agua y no basurero, barrio, charco... La ciudad necesita sus pantanos.

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