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Conviviendo con la enfermedad

Conviviendo con la enfermedad

(EDICIÓN BOGOTÁ) Cuando la trabajadora social Adriana Sánchez empezó a laborar con portadores del VIH hace 14 años, llegó a tal punto de paranoia que prefirió no tener novios durante ocho años por temor a un contagio.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

El médico Fernando Sánchez, con 10 años de experiencia en esta enfermedad, se convirtió en un fiel defensor del uso del preservativo, algo que inculcaba a sus pacientes, familiares y colegas.

Esas reacciones son consecuencia de los dramas que escuchan de los 1.500 pacientes del programa VIH de la ESE Luis Carlos Galán, de Bogotá, una de las entidades que más atienden a enfermos de sida en el país.

Son realistas. Aunque saben que todo paciente está condenado a morir lentamente, apuestan a brindarle lo que necesita, algo más efectivo que las mismas medicinas: apoyo.

“A veces cuando no hay medicamento que frene o controle el virus, lo único que podemos hacer es escuchar a los pacientes. Con eso, son felices”, dice con impotencia el médico, quien asegura que no cambia su trabajo, a pesar del latente riesgo.

Justamente entre sus pacientes figura una decena de colegas que se contagió accidentalmente. El último caso ocurrió hace ocho meses, cuando una auxiliar de enfermería se pinchó mientras hacía una canalización a un paciente.

Años atrás, también, una odontóloga se infectó con una pinza o se conoció el caso de un médico que contrajo el virus cuando se enterró en un dedo la aguja con la que cosía una herida.

La acción es igual para todos. “Lo primero que ocurre es que llegan los recuerdos a la mente y se unen con la proyección de un buen futuro familiar y profesional. Por eso, el temor más fuerte es pensar una muerte dolorosa y difícil”, dice Adriana.

En su paso por este centro de salud, los profesionales han visto de todo.

Los homosexuales que se lamentan de su condición y no son capaces de contarlo a sus familiares;hombres que infectaron a sus esposas, niños que nacen con el virus, enfermos que amenazan con jeringas a los médicos y hasta portadores que han logrado ocultar su condición y tienen una vida normal.

“Es extraño ver que los que han tenido una vida difícil y llena de problemas son los que mejor aceptan la llegada de la enfermedad. En cambio, los que han tenido una vida tranquila y sin complicaciones son los que se dejan morir”, afirma el médico.

Ejemplo de esto –cuenta Adriana– es un paciente que ya tenía VIH y le descubrieron un tumor en un pulmón. Con la quimioterapia estuvo a punto de morir, pero con fe y muchas ganas de conocer el mar, sobrevivió. Ya lleva cuatro años vivo.

En cambio, otro, de buena posición social, se murió en un mes porque se echó a la pena. “Obvio que tenemos temor de un contagio, pero pesa más saber que uno le puede alargar la vida a alguien sólo con oírlo”, explica Adriana.

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