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PEPE CABRERA O LAS ALAS DEL CARTEL

PEPE CABRERA O LAS ALAS DEL CARTEL

En la silla de los testigos del juicio a Manuel Antonio Noriega se han sentado pilotos aventureros, gringos oportunistas, escoltas de narcos y uno que otro burócrata panameño de mando medio, todos con algo común en su pasado: haber buscado en el mundo del narcotráfico una salida de emergencia a una asfixiante situación económica. La semana pasada un testigo rompió ese esquema. José Antonio Cabrera Sarmiento, más conocido en Colombia como Pepe Cabrera, no tenía necesidad de buscar problemas en ese mundo, porque en el suyo que era legal y promisorio ganaba más que suficiente.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Cabrera era propietario de una firma de análisis de sistemas de computadores de Nueva York en una época en la que saber de estos no era todavía una necesidad sino un prestigio. A finales de los años 60 tenía ingresos mensuales de más de 12.000 dólares y muy pocas razones para desconfiar del futuro. Con esa posición y el auge de la industria de los computadores, Cabrera podría estar hoy viviendo en una mansión en La Florida con piscina y vista al mar.

La única vista que tiene hoy este bogotano de 60 años son las rejas de una cárcel de Estados Unidos, donde cumple una condena de por lo menos 15 años, sin derecho a libertad condicional. Entre la bonanza de la droga y de la informática, Cabrera se jugó todo a la más osada y fracasó. Ahora, afronta dos encausamientos en el distrito sur de La Florida y dos en el distrito sur de Nueva York por narcotráfico y lavado de dinero. Si fuera condenado por todos los cargos, moriría en la cárcel.

Pero Noriega ha aparecido, por segunda vez en su vida, como una tabla de salvación. El testimonio de Cabrera contra el depuesto militar que un día le dio protección en su istmo, podría ayudarle a reducir los 15 años de prisión obligatoria que le quedan por cumplir.

Y como ese es un buen precio, tal vez el último que puede pagar por su libertad, Cabrera ha hablado hasta por los codos. Habló de su salto de la industria de la marihuana a la cocaína, de sus aviones y sus aventuras con el Cartel de Medellín, involucró a Noriega en las campañas políticas de Alfonso López y Belisario Betancur, responsabilizó al Cartel de Medellín de la muerte del ex ministro Rodrigo Lara Bonilla y finalmente reveló el inventario de su fortuna perdida.

De los 150 mil dólares que ganaba al año en su negocio de analista de computadores, dijo Cabrera, pasó a recibir 500 mil del contrabando de marihuana y luego amasó un capital de por lo menos cuarenta millones de dólares en su calidad de jefe y propietario de una flota de aviones al servicio exclusivo del Cartel.

En la sala de audiencias una funcionaria del gobierno colombiano tomó atenta nota de sus declaraciones. De los testigos que han desfilado por este juicio, Cabrera es, según la funcionaria, el que ha ofrecido información más importante para los casos que se adelantan en Colombia contra los miembros del cartel. La última tentación La última oportunidad de empezar una vida nueva la tuvo Cabrera en 1980, cuando escapó de Estados Unidos hacia Colombia, burlando una orden de libertad bajo palabra que le había costado una fortuna. Pero la polvorienta bonanza de la cocaína alborotó de nuevo sus ambiciones. Cabrera se hizo a un puesto clave en el organigrama del Cartel de Medellín formando una efectiva flota de aviones cargueros que lograron introducir a Estados Unidos medio millón de libras de cocaína. Su carrera criminal solo la pudo detener una orden de extradición que lo lanzó a las prisiones estadounidenses en 1985.

Con una voz apacible, curtida por sus largas batallas en las cortes de Estados Unidos, Cabrera respondió sin alterarse a las preguntas despiadadas de la defensa en un inglés áspero y en algunas ocasiones difícil de entender para los miembros del jurado.

Usted no quiere morir en la cárcel, señor Cabrera, no es cierto? , le preguntó el abogado defensor Frank Rubino para tratar de demostrar que el testigo diría cualquier cosa por ganar su libertad.

No, señor , le respondió el testigo con serenidad.

Tras el antepecho de madera que rodea el púlpito de los testigos, con un impecable traje azul y una cabellera blanca bien cuidada, Cabrera no encaja en el estereotipo del narco colombiano matón y ostentoso. Su figura y más que todo su historial lo ponen a la altura de la elite tecnócrata del cartel. Las acciones de personajes como él convencieron hace rato a las agencias antinarcóticos de Estados Unidos de que detrás de los vulgares capos hay una muy bien preparada clase de genios descarriados tramando con cabeza fría la próxima jugada.

Había comenzado en el negocio de las drogas a principio de los años 70 en sociedad con Alberto Bravo uno de los grandes narcotraficantes colombianos , según sus palabras. Bravo era lugarteniente de la reina de la coca, Verónica Rivera. Cabrera dijo que en esa época lavaba de cien mil a 200 mil dólares, producto de la venta de marihuana en las calles de Nueva York. De allí pasó a la importación de dos mil a tres mil libras de marihuana y con el tiempo llegó a introducir a Estados Unidos 150 mil libras de la hierba.

Al regresar a Colombia compró un bote en compañía de Abraham González con capacidad para transportar sesenta mil libras de marihuana. Con Alfredo Gómez, el transportador, partían por mitades el producto de la venta de la mercancía. El negocio prosperó de tal forma que le dio para comprar en efectivo un avión propio y un Merlin, por el cual pagó dos millones de dólares.

En 1977 o 1978, recuerda Cabrera, Bravo le presentó a los narcotraficantes Gustavo Gaviria y Pablo Escobar, con quienes forjó una buena amistad y un gran negocio. Cabrera se convirtió en el cerebro del transporte de cocaína de Colombia a Estados Unidos. Sus aviones aterrizaban en la pista principal de los laboratorios de Tranquilandia, recogían la mercancía y la llevaban a su finca en Vichada. Allí se abastecían para su largo viaje a Bahamas y Belice.

Su relación con los narcotraficantes de Medellín fue más allá del servicio de transporte.

En 1980 creamos el MAS , dijo Cabrera en una de sus declaraciones a la fiscalía.

Y qué es el MAS? , le preguntó el fiscal Myles Malman.

Significa Muerte a Secuestradores y se creó para proteger a las familias de los secuestros. Puse 14 o 15 millones de pesos para su fundación. La gente se acercó más y se formó el Cartel de Medellín . El tigre protector Cabrera hizo parte del grupo de más o menos veinte miembros de la organización que viajó en 1984 a Panamá a buscar protección bajo las costosas garras de El Tigre Noriega. El Tigre es el apodo con el que el cartel se refería a Noriega por analogía con el político conocido como el Tigrillo Noriega.

La ofensiva del gobierno colombiano, lanzada a raíz de la muerte de Lara Bonilla, había puesto a correr a los cabecillas de la organización de un lado a otro del país.

Después de escuchar en la radio que habían matado al Ministro y lo que dijo el presidente, tuve miedo... Todos pensabamos en El Tigre , dijo Cabrera, que debió esconderse en la finca del Vichada porque su casa en Bogotá había sido allanada.

En la finca fue visitado por un hombre que se identificó como emisario de Noriega, dijo Cabrera. Ofrecía escondite en Panamá a un precio con el que hubiera podido comprar un edificio en Bogotá. Pero era tal el temor de ser capturado que Cabrera preparó su avión particular y salió rumbo a Ciudad de Panamá con Fernando Correa y Orlando Henao. También miembros de la organización.

Durante el vuelo, dijo, canceló al emisario de Noriega 200 mil dólares. Unos días después, en la isla de Contadora, pagó otros 200 mil. En esa isla dijo Cabrera, Noriega había garantizado su seguridad y la de los grandes capos que se reunieron en una cabaña con unas emotivas palabras que el fiscal le pidió que repitiera en español: Bienvenidos muchachos, ustedes no tienen nada que temer . Las cuentas de Pepe Estas cifras son algunos pasivos del Cartel de Medellín, citados por Cabrera durante el juicio a Noriega: De cuatro a cinco millones de dólares a un abogado de Bahamas en el entendido de que el dinero sería distribuido entre funcionarios de la isla.

Cuatrocientos mil pagados a intermediarios de Noriega por concepto de protección en Panamá.

Pagos de 200 a 300 mil dólares a miembros de las fuerzas militares de Colombia por protección de laboratorios y pistas clandestinas.

Contribución (personal de Cabrera) de dos millones de pesos a la campaña de Alfonso López Michelsen. Rodríguez Gacha dijo Cabrera daba más para la de Betancur .

Cinco millones a Noriega por protección de un laboratorio en la provincia panameña de Darién.

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