AL CAÍDO, CAERLE!

AL CAÍDO, CAERLE!

Son docenas, quizás centenares las estatuas de Marx que yacen por tierra, como símbolo del ocaso de una ilusión: el marxismo. Son millares, y quizás millones los corazones de donde ha sido destronado este ídolo con que muchos aspirantes a ser hombres completos, sustituyeron su dependencia absoluta y humilde de Dios. Ser hombre es ser creatura y aceptarse como tal. Marx lo fue en su adolescencia, como seminarista , admirador de Jesucristo, pero cuando quiso ser hombre, experimentó y cayó en la tentación que siente todo joven: negar toda dependencia de Dios creyendo que así se hace plenamente hombre. Por eso escribió esta sabia explicación, de la que dedujo una falsa conclusión:

03 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Un ser solo se considera independiente en cuanto es dueño de sí, y solo es dueño de sí en cuanto se debe a sí mismo su existencia. Un hombre que vive por gracia de otro, se considera a sí mismo un ser dependiente. Vivo, sin embargo, totalmente por gracia de otro cuando le debo, no solo el mantenimiento de mi vida, sino que él además ha creado mi vida, es la fuente de mi vida; y mi vida tiene necesariamente fuera de ella el fundamento cuando no es mi propia creación . (Manuscritos, Alianza Editorial, Madrid, 1970, P. 154).

Si quiero ser plenamente hombre, léase autónomo, pensó Marx, tengo que negar a Dios.

Hoy, más que nunca en la historia, se encuentra el hombre del S. XX en la situación ideal para encontrar y aceptar su ubicación en el universo del ser: la ciencia le enseña que viene por evolución; la fe religiosa le dice que es creatura de Dios. Uniendo las dos: que la creación es evolutiva. Ni la ciencia sola, ni la sola fe. Ambas se deben conjugar para realizar un producto único en la creación que se llama: hombre, libertad agradecida, autonomía recibida, y por lo tanto, limitada.

El texto de Marx es tentador, porque encierra mucha verdad: está pensado y escrito desde el podio de la evolución, que es el hombre. Desde esta cima el hombre contempla, asombrado, la pequeñez del mundo (átomo, célula, piedra, el mismo animal) y su inmensa grandeza, como rey de la creación. No es raro que el cientificismo del siglo XX y el abandono de Dios, vengan de la mano, y produzcan genios (microscopios electrónicos) que ven engrandecida la parte, pero pierden de vista el todo... por falta de humildad, por falta de fe.

El hombre del s. XX está pagando caro esta falsa autonomía, por apoyarse solo en sí mismo y negar su dependencia radical de todo, no solo de Dios: de las cosas, de los demás, y sobre todo, de Dios.

Si Marx se hubiera tomado en serio sus propias palabras, que acabamos de citar, no debería haberle regalado un anillo a su esposa, para no hacerla dependiente, ni pedido un beso, para no depender de ella, a su vez.

Lo que no entiende el hombre actual es que, precisamente, el fundamento de su autonomía y libertad es reconocer su dependencia de Dios. Una megatendencia del siglo XXI es la recuperación de los valores del espíritu, de los valores morales. Es el retorno a la casa paterna, Dios, fundamento de su sana autonomía.

Se van haciendo muchas claridades que aseguran un mundo nuevo, una era más humana, más integral, más fundada en la ciencia pero, a la vez, en Dios. Es la hora de ir reconociendo nuestros errores, si queremos alcanzar la meta. Si alguien no quiere tumbar a Marx, y juntamente con su estatua, su ideología, su ateísmo y su falsa autosuficiencia, caerá juntamente con él, como le va a suceder a Fidel Castro, si no cambia.

Algo muy grande se encuentra en juego en la crisis actual: la imagen que el hombre debe hacerse de sí mismo y aceptarla para configurarse a ella, si quiere superar los errores del ayer.

Será el hombre totalmente autónomo, o, precisamente si quiere serlo, necesita recibir la autonomía de Dios y ejercerla a ejemplo de él? O al contrario, será el hombre solo instrumento, sin libertad ni autonomía, o posee también una moderada autonomía y fuerza propia, como lo enseñó y lo aplicó Jesús? Será el análisis marxista el instrumento para interpretar y solucionar la crisis social, nacional y mundial, o habrá que valerse más bien del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, como lo demuestra sabiamente Pierre Vigó en su reciente obraDebate en la Iglesia. Teología de la Liberación? Todo lo grande, si lo percibimos, nos educa, enseñó atinadamente el genio de Goethe. Permítanos que estas grandes enseñanzas de la historia nos enseñen, y entraremos de cuerpo entero por los sendas esperanzadoras del siglo XXI.

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