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Almarales y la toma

Almarales y la toma

Conocí en la Universidad Nacional a Andrés Almarales y fui su condiscípulo entre 1953 y 1955. En ese entonces el liderazgo democrático de Alberto Lleras, las prédicas de Antonio García y la oposición sistemática a la dictadura constituían la razón de ser de nuestra vida universitaria. El era ya un militante socialista confeso que consideraba aún a la democracia y al reformismo como mecanismos más o menos viables para alcanzar la justicia social, siempre y cuando la dirigencia de los partidos tradicionales tuviera el coraje de llevar a cabo un cambio profundo de las estructuras vigentes.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Llegamos a ser contertulios frecuentes porque, tanto él como yo, pretendíamos ser oradores cuando el arte de hablar en público se consideraba esencial para el éxito político y, para tal efecto, hacíamos nuestras prácticas periódicas en las faldas de los cerros de Monserrate leyendo a viva voz panfletos de Vargas Vila y Diógenes Arrieta. Por cierto, Próspero Morales algún día nos pilló infraganti arengando multitudes imaginarias y fue tal su perplejidad que le sirvió de tema para una de sus inolvidables columnas en El Tiempo. Cuando cursábamos tercer año, Andrés desapareció de los predios de la ‘ciudad blanca’, sin hacer una seña a nadie.

Supe después que había contraido nupcias civiles con la abogada Marina Goenaga -hija de un ilustre jurista a la sazón Presidente de la Corte Suprema de Justicia- antes de partir en su compañía hacia la zona bananera.

En 1970, cuando ocupé el Ministerio de Trabajo en el primer gabinete del presidente Pastrana, me visitó con el fin de obsequiarme un libro suyo, en el cual relataba sus luchas sindicales, las cuales tenían ya como epicentro al Valle del Cauca. Más tarde, nos reencontraríamos en calidad de colegas en el parlamento cuando fue elegido representante por el Anapismo. Su divorcio con el sistema era ya irreversible.

No volví a verlo. Sin embargo, cuando asumí el cargo de Ministro de Gobierno, en mayo de 1981, recibí una carta suya en relación con lo que había expresado en mi discurso de posesión en el sentido de propiciar el diálogo con la subversión e invitarla a someter su prestigio al veredicto de las urnas. Las personas encargadas de entregármela fueron las viudas de los almirantes Pizarro y Abadía.

Según su texto, Almarales había decidido ya llevar hasta las últimas consecuencias sus objetivos revolucionarios. Es un alegato en el cual dinamita todos los puentes con el llamado establecimiento y rechaza, de paso, herramientas distintas para el cambio a las señaladas por la vía de las armas. En el párrafo final, por ejemplo, sintetiza su posición: "el que el proceso político y social del país nos haya ubicado en trincheras opuestas, de ninguna manera significa renegar de un pasado con esperanzas comunes. Lo que ocurre, apreciado Jorge Mario, es que la historia tiene caminos paralelos". Esta carta mereció su transcripción y un interesante análisis del editorialista del El Tiempo el 9/11/1986.

Almarales regresó a la clandestinidad semanas después de que el M-19 rompiera el diálogo con el Gobierno. Noticias posteriores informaron que el ideólogo y agitador de siempre había cambiado de frente: ahora estaba participando en operativos militares para los cuales carecía de la preparación técnica porque era, sobre todo, un intelectual. Y que termina con su papel protagónico en los macabros acontecimientos del 6 de noviembre.

¡La Comisión de la Verdad tiene la palabra! .

Jorge Mario Eastman Ex ministro Delegatario y ex embajador en E.U.

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