IDÉNTICOS

Todos los extremistas son idénticos. En el Oriente medio sus representantes siguen empeñados en alterar con sus acciones terroristas la paz, mientras en Madrid árabes, israelíes y palestinos bajo el patrocinio de los Estados Unidos y la Unión Soviética buscan caminos hacia alguna fórmula de entendimiento que le devuelva a la región la tranquilidad perdida. Y acá, en el mismo momento en que se anuncia la reanudación de las conversaciones en Caracas, otros extremistas, los criollos del ELN, como sus congéneres de Cisjordania o de Jerusalén, asaltan poblaciones o vuelan oleoductos en una feroz demostración de que no tienen el más mínimo interés en la paz. Es la unidad de criterios de esa especie de Internacional del salvajismo que la historia, con repugnancia, ya descalificó.

01 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Y por cierto, esta vez el atentado contra el oleoducto Caño Limón-Coveñas va a tener consecuencias mucho más graves que en las ocasiones anteriores. Porque el terrible daño ecológico provocado por la voladura del tubo va a extenderse hasta el Lago de Maracaibo por la vía del río Catatumbo. Es decir, que el derrame de petróleo llegará al corazón mismo de la zona más rica del país que les ha servido a los negociadores colombianos como generoso anfitrión.

La indignación de los venezolanos con este acto de deliberada perversidad de la guerrilla debe ser muy grande y con razón. Y sin duda le causará no pocas dificultades al presidente Carlos Andrés Pérez. A quien sus compatriotas le exigirán que explique cómo puede ser posible que continúen como huéspedes del pueblo y el Gobierno venezolanos quienes no solo atentan contra su medio ambiente y sus recursos naturales, sino que siguen secuestrando y extorsionando con alarmante asiduidad a ganaderos e industriales de ese país.

Triste es decirlo, pero los colombianos no solo fuimos a lavar la ropa sucia a casa ajena, sino que acabamos por emporcar con nuestra propia mugre la alberca del vecino. En esas circunstancias, no sería extraño que al próximo atentado, los dueños de casa, enfurecidos ante nuestra inexcusable irresponsabilidad, nos saquen de ella a puntapiés, para que no la sigamos contaminando más.

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