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¿A quién(es) favorece el despelote de Europa?

¿A quién(es) favorece el despelote de Europa?

(EDICIÓN BOGOTÁ) Las cifras son aterradoras. Más de treinta mil carros literalmente incendiados en París, una de las ciudades más civilizadas del mundo y cuna de la libertad. Ya no solamente registrados en los suburbios ni exactamente patrocinados por inmigrantes que generan esa xenofobia exacerbada que hoy se respira en Francia, sino generada por sus hijos y nietos. Es decir, por segundas y terceras generaciones, ya con nacionalidad francesa, además.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Franceses, sí, pero tan excluidos de los núcleos tradicionales de una sociedad protectora y seguramente tan desplazados como los nuestros: sí, nuestros desplazados criollos, con la diferencia de que estos no han adquirido, en conjunto, la fuerza ni la conciencia de sublevación de cuantos hoy azuzan las hogueras de París y sostienen sin rubor, como Danilo Martuccelli, un ciudadano galo de 41 años: “Nací en Lima, pero soy de nacionalidad francesa. Soy agnóstico también en política. He estudiado la creciente desigualdad social de Francia; el ascensor social de mi país se ha estropeado: es la falta de oportunidades, pero sin adversario y sin ningún programa”. Todo constituye una especie de locura sociológica inexplicable y por algunos calificada de sartreana.

Por si fuera poco, llego a Madrid y uno de los taxistas de turno, generalmente socialistas, esta vez habla pestes de Rodríguez Zapatero, el presidente. Lo que este mandatario ha logrado es radicalizar a España y polarizar al país más rápidamente de lo necesario –así haya llegado otro partido al poder– entre derechas e izquierdas, donde sí existen ambos espectros.

El presidente del gobierno español está gobernando apenas para los suyos y no para los demás. Otro taxista agrega que la revolución de instruir de la Ministra de Educación es solo propia de una ministra de la des-educación. No es únicamente el alboroto causado por los matrimonios entre gays que tiene enfurecidas a las jerarquías eclesiásticas, o la posibilidad legal de que estos, solteros o casados, adopten hijos, sino la nueva y si se quiere descarada pedagogía sexual sobre las bondades de la masturbación, ¡en todas sus perversiones! Seguidamente descubro (¡vaya contraste!) que la ilustre ministra se llama María Jesús San Segundo. O sea, María y santa de pila...

pero no de lengua. Aún más: si hoy hubiera elecciones en España, el Poder Popular (PP) obtendría un escaño más en las cortes que el Partido Socialista. ¡Nostalgias por el doctrinariamente aplomado Felipe González! Y ni qué hablar de Alemania, donde, a pesar de que Ángela Merkel asumió como Canciller, mantiene marcadas y peligrosas discrepancias con su antecesor, Gerhard Schroeder, así hayan celebrado un pacto de gobernabilidad. Para no mencionar el desgaste de Blair, si se quiere natural, pero identificado como un hijo de Mrs. Thatcher antes que del laborismo inglés.

Todo esto ocurre en Europa mientras Bush y sus segundos –o, mejor, gracias a sus segundos– mantienen muy altos índices de impopularidad. Sin embargo, ¿quién entonces le hace contrapeso, si no es una Europa hoy gravemente escindida, al menos por lo que políticamente sucede en sus principales naciones? Política y socialmente, se entiende. Decir que Chirac está gagá puede resultar una exageración, pero está. Y que Rodríguez Zapatero no se hallaba finalmente preparado para asumir del todo el poder, tampoco es una falsedad. Y, entre tanto, el señor Bush, justificadamente cuestionado por los opinadores del mundo, ahí. Intacto y casi indemne.

Mejor dicho, el vilipendiado Tercer Mundo, con todo y su aberrante subdesarrollo, es hoy arquetipo de pluralidad ideológica y democrática, llámese Kirchner, Lagos, Chávez, Lula, Uribe... Con todos sus infinitos problemas, comenzando nosotros –ya dije– por el de los desplazados. Pero con la diferencia de que aún no existe ese racismo rampante, como en E.U., ni semejante xenofobia desenfrenada, como en Francia, ni la peculiar inquisición antirreligiosa que se observa en España... y que la hay.

¡Qué paradoja! ¿Serán los excesos de tanta cultura ilustrada y desarrollo económico globalizante?

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