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Mucho cemento y poco progreso

Mucho cemento y poco progreso

(EDICIÓN BOGOTÁ) Resurgir tuvo aciertos y desaciertos. Le tocó trabajar con una comunidad absolutamente traumatizada porque había perdido al menos a 20.000 de sus miembros, su economía. Había diferencia de criterios sobre si se debía privilegiar la reconstrucción física o los procesos económicos y sociales. Lo que uno ve es que el país no estaba preparado para una tragedia de esas. Armero fue una experiencia terrible, que por momentos parecía desbordar la capacidad de respuesta del Estado y de la sociedad. Juan Manuel Ospina, que fue director ejecutivo de Resurgir

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Corría 1987 y los recuerdos de la avalancha estaban frescos. Pero había optimismo.

La inauguración de una plaza de mercado que los identificara con su entorno era la mejor manera de recordar. Los habitantes de Guayabal, un caserío a 5 kilómetros de Armero, hacía rato no estaban tan felices.

“Era ver y sentir que estábamos en el pueblo”, recuerda Eduardo Rojas, un armerita que no pudo salir de Guayabal y hoy enfrenta problemas económicos.

La plaza tenía unos 40 locales y se dividía en decenas de espacios para los carniceros y la gente que vendía hortalizas y frutas.

También tenía un gran corredor cubierto, despejado, para los vendedores de ropa y de electrodomésticos.

En el centro había árboles y los campesinos se sentaban a vender sus productos. Hoy, después de 17 años, la plaza aún existe. Sólo una cosa ha cambiado: desde hace cuatro años está abandonada. Poco a poco la están desvalijando y los árboles se cayeron. Por ahora, es un monumento al abandono. Sólo duró una década funcionando.

El mercado en Guayabal se realiza en un potrero en la vía a la desaparecida Armero, pues los vendedores se quejan que adentro, en los locales, no les iba bien.

La plaza fue uno de los 76 proyectos en los que se invirtieron 1.325 millones de pesos de la época, muchos de los cuales nunca funcionaron.

El alcalde de Armero-Guayabal, Fernando Lozada Acosta, dice que el primer error del programa fue que se construyó mucha infraestructura, pero no hubo un modelo económico para generar empleo para los más de 9.000 sobrevivientes.

Si se hubiera invertido en arroz, café o algodón con empresas que manejaran los productos, dice, quizá no tendríamos un desempleo tan alto –60 por ciento– ni las estructuras en deterioro.

“Con nosotros jugaron en el 85 y en el 86 con decretos de exoneración y se perjudicó a los armeritas. Aquí no quedó nada, el gran hospital que se debía construir se hizo en Lérida, se llevaron la oficina de Trabajo y hasta la cabecera judicial nos la quitaron. Nos dejaron a los 50 pensionados de Armero”, agrega.

Reconoce que la situación de los armeritas es difícil económicamente y lamenta que hasta la cosecha de algodón que se sembró en enero del año pasado se la estén debiendo a los campesinos. “Les deben los subsidios. ¿Así quién vuelve a sembrar?, concluye.

En Guayabal y Lérida, las dos poblaciones donde se asentaron los sobrevivientes, hay por lo menos una decena de elefantes blancos.

Un ex funcionario de Resurgir, que manejó la reconstrucción, sostiene que la magnitud de la catástrofe fue una prueba para el Gobierno Nacional y el mundo, porque en América no se tenía antecedentes de una semejante.

“Por eso se construyeron obras ostentosas y se hicieron inversiones en lugares que no las necesitaban, como en Guayabal. Era un caserío, pero se tenía que repartir la plata”, dice el ex empleado.

Otro ejemplo del abandono es la Estación de Bomberos de Lérida. Se construyó con aportes de la Federación Nacional de Cafeteros y fue terminada en 1990.

Está a punto de caerse. “Sólo funcionó cinco años”, recuerda un ex voluntario.

Así, casi en ruinas, hay muchas obras. En la misma Lérida hay una plaza de mercado de más de 2.000 metros cuadrados que sólo utilizan cinco familias.

Nunca ha funcionado como plaza.

Y en Guayabal, la conocida taberna Bávara, una donación del gobierno alemán y que se esperaba funcionara como un centro social, es un peligro público, porque su techo está a punto de venirse abajo. Las sillas y mesas de madera poco a poco han ido desapareciendo.

Por eso, Gustavo García Bate, secretario de Hacienda de Tolima, asegura que las donaciones, en algún momento, pueden ser un encarte. “La donación de una obra significa no sólo recibirla, sino mantenerla. Lo que ocurrió en Armero fue que se donaron muchas obras de infraestructura, pero en su momento no tenían fundamento o no podían ser conservadas”, asegura.

aleagu@eltiempo.com.co.

CIFRA 4.521 Casas fueron entegadas pro Resurgir a igual número de familias sobrevivientes. La entidad manejó cerca de 10 mil millones de pesos para la reconstrucción.

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