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La imagen de El Urogallo

La imagen de El Urogallo

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-23) Sin que sepamos exactamente por qué, es tan extraño el tejido de nuestras asociaciones imaginativas, de nuestros afectos y nuestras impresiones, al pensar en las últimas andanzas de Hugo Chávez, se nos vino encima el nombre y la imagen del urogallo. Ese pájaro que se queda “trabado, sordo y ciego” cuando se pone a cantar para su hembra en celo, y con cuyo nombre bautizó su mejor libro Francisco Herrera Luque, ese inmenso historiador venezolano, a propósito de José Tomás Boves, aquel asturiano que se volvió llanero y de llanero realista. Pero no cualquiera. El más salvaje de todos los que desangraron América en nombre de sus majestades Carlos IV y Fernando VII. En qué se parezcan ese par de personajes, lo sabremos pronto. Por ahora quedémonos en que pensando en Chávez se nos clava como una flecha en el alma la imagen de El Urogallo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
10 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Muchas veces hemos creído que el Comandante Paracaidista fue demasiado lejos, y otras tantas nos equivocamos. Por ahora, Chávez puede ir tan lejos como quiera, que no será demasiado. Disponer de tres millones de barriles por día, de esos de sesenta dólares cada uno, concede amplias licencias y autoriza pesados desafueros. Como este último, el de montarse en un tren con una camarilla de rufianes para hacerle coro a un ex futbolista que le grita basura humana, asesino y criminal de guerra al Presidente de una Nación respetable, de casualidad la mayor potencia del mundo. Y también de casualidad el tren, y el estadio donde paró la comitiva para seguir la rumba, quedaban en país que se dice amigo del ultrajado, que por postrera casualidad asistía a la misma reunión internacional de su agresor colega. Y al menos por ahora nada ha pasado. Talleyrand dijo de Napoleón que era un maleducado, aunque un grande hombre. Nadie le dice grande hombre a Chávez, pero todos le perdonan que sea un patán. El petróleo, insistimos, hace milagros.

Pero si El Urogallo es capaz de hacer afuera lo que hizo, en la parroquia propia se torna más insolente y más audaz. Como le molesta la oposición de la prensa que insiste en ser libre, resuelve darle un escarmiento. Así que agotada la ley mordaza, acude a un expediente más siniestro y escandaloso, el de encarcelar a Patricia Poleo, con María Angélica Correa, ya procesada y en espera de lo que vendrá, y con Marta Colmenares, integrantes de la terna de heroínas de la libertad de expresión en Venezuela. Y la encarcela por asesina del Fiscal Danilo Anderson, la historieta más absurda y repugnante que dictador alguno haya inventado. Y para rematar, no queriendo perder el viaje, se lleva a presidio, con el mismo cargo, a un prestigioso banquero, accionista de Globo Visión, y a dos generales, uno activo y otro en retiro.

Chávez no pierde ocasión para liquidar enemigos y producir advertencias. Sin que pase nada. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos anda muy ocupada condenando a Colombia y la Corte Penal de La Haya es de los mismos.

El resto de la comunidad internacional guarda silencio: son tres millones de barriles para la venta y el soborno.

Mientras Chávez sigue galopando impiadoso por la llanura venezolana, con la hoz del exterminio y del odio en la mano, en Colombia jugamos al apaciguamiento de la fiera. Ciento cuarenta jóvenes compatriotas torturados física y sicológicamente para montar la tragicomedia de un complot para derribarlo, o para cometer el “magnicidio” de que sería víctima, y 27 condenados a purgar años de prisión infame, no nos conmueven. La Canciller no está siquiera sorprendida, el Defensor del Pueblo ni se entera y el Procurador no existe. Al fin y al cabo, Chávez compra tres mil quinientos millones de dólares por año, que son muchos como para molestarlo. Los ricos siempre tienen la razón, como el Urogallo la tenía, hasta que Zaraza lo ensartó en su lanza.

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