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Europa, en ascuas

Europa, en ascuas

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA 1-22) (EDITORIAL DIARIO) Lo que empezó el 27 de octubre como una sesión de vandalismo juvenil en un suburbio de París se ha convertido en mucho más. El gobierno francés acudió el martes a una ley de emergencia inventada para lidiar con los furiosos desórdenes de 1955 a raíz de la independencia de Argelia, mientras Europa pone las barbas en remojo ante los primeros síntomas de que las protestas de los inmigrantes marginados pueden extenderse por el continente.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
10 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

La derecha de ese país, radicalmente xenófoba, busca aprovechar el río revuelto para aumentar el 17 por ciento que obtuvo en las presidenciales del 2002 el candidato Jean-Marie Le Pen, el cual habla no de desórdenes, sino de “la premisa para una guerra civil”. Las protestas nacidas en un par de barriadas parisinas se han extendido a otros suburbios y ciudades. Son el grito de un sector marginado de la población donde el desempleo, la deserción estudiantil, la pobreza y la exclusión superan los promedios nacionales. “Somos tan franceses como los que piden que regresemos a nuestros países”, responden los hijos de inmigrantes que se han lanzado a la calle.

El gobierno sigue desbordado, con dos cabezas que envían mensajes contradictorios, desde declarar ‘chusma’ a los revoltosos (el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy) hasta invitarlos a dialogar (el primer ministro, Dominique de Villepin). Encarnación de dos políticas, en el fondo muy distintas para tratar el problema: reprimir o asumir que se trata de un lío acumulado por décadas. Hasta ahora se han impuesto la represión y el lenguaje condenatorio, que no pocos creen han servido solo para radicalizar la anárquica protesta. Desempolvar una ley de hace medio siglo que autoriza al gobierno a decretar el toque de queda, restringir la circulación de personas, cerrar establecimientos públicos, obligar a permanecer en casa a individuos peligrosos, realizar registros domiciliarios sin autorización judicial y hasta censurar los medios de comunicación, ha provocado ya que Le Monde, en su primera página de ayer, comentara: “Exhumar una ley de 1955 equivale a enviar a los jóvenes de las barriadas un mensaje de apabullante brutalidad: a 50 años de distancia, Francia va a tratarlos como trató a sus abuelos”.

Si bien Europa no ha visto recientemente insurrecciones urbanas similares –salvo violentos enfrentamientos entre asiáticos y negros en suburbios de Birmingham (Inglaterra), el mes pasado–, arrastra problemas similares con los inmigrantes. Son recordados los virulentos desórdenes del verano del 2001 en otras ciudades inglesas, como Bradford, Oldham y Burnley. Y los sangrientos y desesperados intentos de africanos por ingresar a los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, que sacudieron al mundo hace poco.

Reflejos, como ahora Francia, de la situación social de exclusión que viven en la rica Europa millones de personas que llegaron con el sueño de una vida mejor. Diez por ciento de la población holandesa es inmigrante; Italia tiene 1,3 millones registrados (sin contar ilegales); son innumerables los eufemísticamente llamados gästarbeiter (trabajadores invitados) turcos en Alemania. En total, la inmigración neta en los 25 países hoy miembros de la Unión Europea ha pasado de 826.000 personas en 1993 a 2,1 millones en el 2003. Cifras que, combinadas con alto desempleo, precios de la vivienda cada día más altos y la constitución de guetos de pobreza en torno a las grandes ciudades, son una bomba de tiempo. Una realidad social a la que se añaden el elemento racista y las connotaciones religiosas, en particular, la cuestión islámica, agudizada a partir de las duras políticas adoptadas después del 11 de septiembre. Lo que estalló en Francia está haciendo tictac en otras naciones europeas que miran con preocupación los incendios del vecino.

En un futuro no lejano, varias naciones –con inmigrantes tan marginados y poco integrados como los franceses– podrían estar mirándose en ese espejo.

Por algo, ya más de uno se pregunta si “el otoño francés será el invierno europeo”.

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