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La tierra desde el mar hasta la nieve

La tierra desde el mar hasta la nieve

Alfredo parece una cabra brincando entre los peñascos del camino que nos lleva a la nieve. No sabe cuántos años tiene y dice ser feliz. Sus dientes, seis o siete, son del negro pintado por la hoja de coca que mastica a diario desde la pubertad.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Este hombre, de músculos firmes y sonrisa abierta, nació en la Sierra Nevada de Santa Marta; pero poco le importa saber que sus montañas tienen 21.158 kilómetros cuadrados de extensión.

“Para ustedes todo es negocio, hasta el agua. Nuestros mayores nos enseñaron que la naturaleza no es para comerciar”, nos dijo Rogelio Mejía, autoridad arhuaca de Nabusímake, en un largo consejo de una noche y una mañana, antes de autorizarnos a caminar por senderos que llevan hasta los Picos Bolívar y Colón, a 5.775 metros de altura sobre las costas desde donde se levanta la montaña con vista al mar más grande del mundo.

Un día después del consejo, Alfredo nos lleva hacia los 4.980 metros de altura del Balcón de Bellavista. Él y Felipe Ortiz, un paisano suyo que también nos acompaña a la cumbre, no conocen las causas ni las consecuencias del descongelamiento de la nieve, la contaminación de las aguas y la erosión de los suelos. Sin embargo, señalan a los responsables de la compleja situación ambiental que ha convertido a la Sierra Nevada en el lugar con mayor degradación de suelos por erosión hídrica en el país, con una pérdida de 25 hectáreas al año.

“A los colonos los mueve la ansiedad que genera el dinero cuando se calienta entre las manos”, asegura Felipe. En los últimos 15 años, los páramos de la Sierra Nevada han disminuído en un 58 por ciento por la tala y quema de árboles, la formación de potreros y pastizales para ganadería, la consolidación de nuevas variedades de café, la extracción de maderas y la expansión de cultivos ilícitos.

Así mismo, el bosque andino húmedo, vecino por el que hay que pasar si se quiere llegar al páramo, se ha reducido, por las mismas causas, en un 27 por ciento, desde 1975. Alfredo y los suyos, ahora, sienten calores y fríos extremos, fallan en los vaticinios climáticos que aprendieron a hacer observando a sus mayores y se afligen cuando encuentran plástico o vidrio durante sus jornadas de pastoreo y siembra.

Viento y agua Alfredo tampoco sabe que el ‘hermanito menor’ –como bautizaron los ancianos de su tribu a los colombianos que no son indígenas– ha identificado en sus montañas más de 3.000 especies de plantas y 514 de aves, de las cuales 16 solo vuelan por estos lares. Apenas atina a nombrar árboles y animales en su lengua materna.

Aunque el viento sopla con furia aquí, en el filo de los 4.000 metros de altura, los pulmones piden un poco más de aire con cada nuevo paso. El recorrido hacia la nieve, que arrancó hace tres días en el Parque Tayrona, se acerca a su fin. Ya hemos pasado por selvas húmedas de piso cálido y templado, por bosques húmedos y tropicales y por páramos y super páramos.

Monos aulladores, mapanás y águilas han animado nuestro camino sin hacernos daño. Frailejones, romeros y viraviras nos han regalado con su aroma un poco de aliento para persistir en el objetivo.

Nos faltan, apenas, algunos kilómetros. Sin embargo, el ritmo disminuye en las alturas y necesitaremos varias horas para llegar al Balcón de Bellavista, desde donde divisaremos la nieve de las cumbres. La misma que disminuye a un ritmo de 1,3 por ciento cada año en la Sierra y las otras cinco montañas glaciares del país.

Aquí reina el frío del silencio. En este lugar, sagrado para las cuatro familias indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, no parece que, década tras década, el país pierda más de 50 mil héctareas de páramos y 270.000 de bosques. Las montañas inmensas, que exigen un esfuerzo monumental para caminarlas, siguen llenas de agua. Sus treinta ríos, a pesar de los problemas ambientales, le riegan a la región caribe más 10 millones de metros cúbicos del líquido cada año.

El umbral de tierra y cielo Las mulas comprueban la fama de su terquedad al filo del amanecer y los abismos. Alfredo saca un puñado más de ‘ayo’, su hoja sagrada, y una bola inmensa y verde destila en su boca la savia que lo mantiene caminando por los senderos que agobian a los hombres de ciudad como nosotros.

Una llovizna fina nos recuerda que nuestras casas están lejos: en la Colombia, hecha de hierro y cemento. Aquí, a casi 5.000 metros de altura, las intenciones de seguir colonizando estas montañas suenan como si se le ‘echara la madre’ al universo. Los 30.000 indígenas nativos, miembros de las cuatro familias milenarias, ya advirtieron que se opondrán a los proyectos que pretenden represar el agua y llevar turismo a los lugares sagrados, aún a costa de la vida, uno de los dones más preciados para ellos junto al agua, el aire y la tierra.

“¿Qué sentiría usted si yo quisiera llevar un rebaño de vacas a pastar en la sala de su casa?”, pregunta Alfredo

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