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Crimen sin castigo... ¿y?

Crimen sin castigo... ¿y?

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA 1-18)

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de noviembre 2005 , 12:00 a. m.

Un país serio no conmemora los 10 años de un magnicidio con los brazos cruzados. Ni se conforma con espurias explicaciones de los organismos responsables de investigar el asesinato de Gómez Hurtado. Un Estado serio no mete la cabeza en la arena cuando ciudadanos –serios e informados– le preguntan, en público y en privado, si se trató de un crimen de Estado. Este Estado debería sentirse aludido y ofrecer una explicación que satisfaga.

Un país de verdad no exagera en demostrar sus “cojones” mediante gritos destemplados y rabietas groseras, un país hormonado se compromete a fondo con las investigaciones y castiga a los culpables.

Pero en el caso de Álvaro Gómez parece que “investigación de fondo nunca ha habido”, como asevera su hermano Enrique (EL TIEMPO, 02-11-05). El ex fiscal Gómez Méndez va más lejos: “Hubo un pacto de silencio entre políticos y militares que hasta ahora no se ha roto” (Cambio, 31-10-05). No hubo el interés que necesitaba un caso de estos ni por parte de la Fiscalía, ni por parte de los gobiernos del momento; yo siento, ha dicho María Mercedes Gómez, que a nadie le convenía llegar hasta la verdad final (EL TIEMPO, 02-11-05).

En esta misma entrevista, el reportero le pregunta a la señora Gómez, hija del Álvaro, que si ella cree que fue un crimen de Estado, y ella le responde que sí.

Pero esta revelación, que en cualquier país civilizado hubiera sido causa de un revuelo de opinión, en el nuestro ocupa una línea de prensa y nada más.

La entidad abstracta llamada Estado se agazapa en el marisma fantasmagórico de los seres que no existen. Que no hablan, que no se dan por aludidos.

Alberto Velásquez Martínez, en El Colombiano, habla también de “posible crimen de Estado”, pero Mauricio Gómez es más enfático: “No tengo dudas sobre los autores del crimen, fue un crimen de Estado” (la W, 02-11-05).

Y si uno revisa esa nueva expresión de la opinión pública que son los foros electrónicos de los medios, encontrará reiterada esta misma percepción, expresada, algunas veces –es cierto– con señalamientos arbitrarios.

Pero un Estado cabal debería poder cernir la maledicencia y hurgar a fondo en la conciencia social para determinar la verdad de los hechos. La adolorida viuda del caudillo ha dicho que prefiere no saber nada más de perversas conjeturas. Ello es comprensible. Pero no debería servir de excusa a los apologistas del silencio. El país sí necesita que sea cierto lo que ha dicho el nuevo Fiscal: que reabrirá la investigación y llegará hasta el fin.

* Centro de Pensamiento y Aplicaciones de la Teoría del Caos.

guzmanhennessey@yahoo.com.ar

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