CLAVE 1952 INCENDIO EL TIEMPO

CLAVE 1952 INCENDIO EL TIEMPO

Ello legalizaba la persecución y el exterminio de aquellos ciudadanos, cuyo único delito era ser liberales. El 6 de septiembre de 1952 esa violencia oficial saltó impetuosa de los arrasados campos a la capital y, en una jornada vergonzosa, se pretendió acallar a la dirigencia liberal.

23 de octubre 1991 , 12:00 a.m.

Ese sábado tuvo lugar el entierro de cinco agentes de la Policía asesinados por bandoleros en Rovira, Tolima. A las doce del día el cortejo fúnebre desfiló por la Carrera 7a. rumbo al cementerio. Allí se hizo presente el Presidente Roberto Urdaneta Arbeláez, acompañado de cientos de funcionarios del Estado y de agentes uniformados.

Terminado el acto, un grupo de personas en traje de civil, que portaban banderas azules y proferían gritos en contra del partido liberal y el diario EL TIEMPO, regresaron al centro de la ciudad.

A la altura del Parque de Santander, en cuyo costado norte funcionaba la Dirección Nacional Liberal, arremetieron implacables contra el edificio, saquearon sus instalaciones y les prendieron fuego.

Obedeciendo órdenes de sus líderes, los energúmenos continuaron hacia las dependencias de EL TIEMPO y El Espectador, ubicadas sobre la Avenida Jiménez de Quesada, y procedieron a disparar contra los vidrios. Un camión de Kol-Cana, que transitaba por la Avenida, fue detenido por los manifestantes y una lluvia de botellas acabó de destruir toda la ventanería.

Media hora más tarde, apareció una patrulla de la Policía, con seis agentes. Los cabecillas del desorden dialogaron con los uniformados y los asaltantes se retiraron, sin que ninguno de ellos hubiese sido detenido.

A las cinco y media de la tarde regresó la turba a las dependencias del periódico. Venían borrachos y de los vehículos en que viajaban descargaron gasolina, varillas y armas de fuego. Se dividieron a continuación en dos grupos. El primero asaltó el edificio de EL TIEMPO, ubicado en la Avenida Jiménez de Quesada, dependencias en donde funcionaban la redacción y las oficinas administrativas, mientras que el otro hizo lo propio en los talleres nuevos, en donde operaban una moderna rotativa y el fotograbado. A las siete de la noche las llamas consumían las dos edificaciones.

En el periódico EL Espectador se repitió la escena neroniana. El edificio también quedó consumido por el fuego.

Cuando acudieron los tímidos bomberos a sofocar el incendio, se encontraron con la violenta reacción de los sicarios que los hicieron desistir de su noble empeño a punta de revólver.

A estas alturas, el cielo brillaba por las llamas y la autoridad por su ausencia. El Presidente, que asistió a las funerales, se escurrió en la tarde hacia su hacienda San Diego en Funza, a veinte minutos de la capital.

No satisfechos con la destrucción de los periódicos, los esbirros se volcaron sobre la casa del dirigente liberal Alfonso López Pumarejo, ubicada en la calle 24 con carrera 5a. El asalto se inició a las 6:45 de la tarde. Una a una todas las habitaciones fueron saqueadas y 40 minutos más tarde la imponente residencia era presa de las llamas.

De allí, los criminales se desplazaron en vehículos a la residencia de Carlos Lleras Restrepo, al norte de la ciudad. A las 8:30 iniciaron el asalto. La casa, defendida valerosamente por el dirigente liberal, fue objeto de impresionante abaleo durante una hora, hasta cuando los sicarios hicieron saltar las ventanas y las puertas de acceso con dinamita. Luego del saqueo procedieron a regar gasolina y a incendiar la edificación.

A las diez y media de la noche, cuando ya todo estaba consumado y consumido apareció el Presidente. Un comunicado oficial ofrecía una severa investigación.

Los dirigentes liberales, Lleras y López tuvieron que asilarse en la embajada venezolana y salir luego hacia el exilio.

El diario El Siglo justificó a los criminales con el argumento de que la exacerbación popular se debió a los cadáveres mutilados de los cinco policías muertos en Rovira que son por fuerza una invitación a la venganza .

La mordaza de la rígida censura oficial acalló cualquier protesta.

Seis días más tarde, cuando de los escombros surgió de nuevo EL TIEMPO , apareció en primera página una discreta nota: EL TIEMPO agradece infinitamente a sus amigos los millares de mensajes que le han hecho llegar con motivo de los sucesos perpetrados el sábado en Bogotá y de los cuales fuimos víctimas. Por razones obvias, dichos mensajes no los podemos publicar .

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