JORGE ORLANDO MELO AHORA, EN LA FILOSOFÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS

JORGE ORLANDO MELO AHORA, EN LA FILOSOFÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Para qué pero es un mal prototipo paisa, a pesar de haber nacido en Medellín hace 48 años. Es que ni siquiera pudo quedarse con el acento ni con el hablar desabrochado: tiene una manera particular de medir --se podría decir milimétricamente-- las palabras.

07 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Si las pronuncia es porque lo ha pensado, no una, sino varias veces. Por eso es claro, directo.

Tampoco heredó de sus antepasados aquello de creced y multipli-caos. Aunque le colocaron la argolla a los 21 años, tiene solo dos hijos. Ambos músicos; uno en Boston y el otro en Florencia.

El metódico y pausado catedrático y escritor Jorge Orlando Melo es el nuevo consejero presidencial para la Defensa, Protección y Promoción de los Derechos Humanos.

Sus lunes a viernes antes de aceptar este cargo transcurrían entre libros y aulas universitarias. Lo lleva en la sangre: 17 de sus tías se dedicaron a la docencia y 31 primos son profesores universitarios.

El, aunque a su manera, no podía ser la excepción. Cuando cursaba cuarto de bachillerato en un colegio de Medellín, fundó con varios amigos un periódico. Sus ocho páginas tabloides hablaban de política y filosofía fundamentada en los principios del nadaísmo.

Pero en la década del 60 cuando lo in era leer y escribir, ingresó a la facultad de filosofía y letras de la Universidad Nacional de Bogotá.

Número uno durante toda la carrera, se ganó una beca y se especializó en historia en la Universidad de Carolina del Norte.

Con los pies otra vez en tierra colombiana, comenzó su caminata por la cátedra. En varias aulas de Bogotá y Cali se escucharon sus conceptos. Y en varias revistas de la Universidad Nacional, en Credencial, en el libro Historia de Colombia, en Cuadernos Colombianos... se han leído sus teorías.

Entre discurso y discurso se sienta a disfrutar de una de sus mayores pasiones: traducir al español obras famosas. En esa lista aparece uno de sus escritores preferidos, Sartre, a quien tradujo en 1963. Pero es también buen lector de Joseph Conrad, Italo Calvino y García Márquez.

Cómo ubicarlo ideológicamente si aunque militó en varios movimientos de izquierda, siempre salió desilusionado: era de los pocos que no defendía la lucha armada ni el terrorismo.

Cómo saber qué ideas pasaban por su cabeza después de eso si durante los últimos 25 años no ha vuelto a pertenecer a ningún movimiento o partido.

Lo único cierto es que ni la política ni los acontecimientos nacionales han dejado de interesarle. Es un lector incansable de periódicos, en los que busca los temas sobre Medellín, ciudad que vive por lo creativa.

Tampoco en cuestiones religiosas fija posición. Pero es cristiano por los valores de esa doctrina y admira profundamente la ética que la inspira.

No prende un cigarrillo ni se sirve un trago. Y sus tiempos de ocio los convierte en horas de trabajo. Pero con la diferencia de que, como fondo, conecta a Bartok o a Mozart. Nada de música colombiana bailable porque apenas la tolera, a menos que sea de la de esos nuevos compositores nacionales...

Son días en que su esposa, la sicoanalista infantil Clara Victoria Gómez, le prepara la comida con que más se chupa los dedos: bandeja paisa y ajiaco.

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