CADA UNO DE ESOS CADÁVERES VALE 10 MILLONES DE DÓLARES

CADA UNO DE ESOS CADÁVERES VALE 10 MILLONES DE DÓLARES

Solo los volantes incriminatorios contra Pablo Escobar, lanzados desde una avioneta que sobrevoló los municipios de La Estrella, Itagí, Sabaneta y Medellín, anunciaron esa noche del viernes 10 de julio a Antioquia que había ocurrido una vendetta. La última intención de Mario Castaño El Chopo había sido persuadir a Escobar de canjear los cadáveres de las víctimas por dólares. Cada uno de esos cadáveres vale diez millones de dólares, patrón... Que nos los den .

20 de julio 1993 , 12:00 a.m.

Pero Escobar le había dado la espalda y había salido de su chalé, no sin antes advertir: Coordina la devolución de esos cadáveres, Mario... .

Así se hizo, y las autoridades hallaron el viernes 10 de julio, en tres sitios de Antioquia, siete cuerpos baleados e incinerados.

Tras la tensa noche del sábado 4 de julio, en la que el estúpido de J casi se había granjeado una sentencia de muerte, Guillermo Zuluaga, Cuchilla o Pasarela , había obligado a Emilio a acompañarle hasta el aeropuerto de Rionegro. Ahí estaba él, con Cuchilla y escoltado por otros dos sicarios del Cartel.

Economista veterano, administrador de una corredora de finca raíz y por una década asesor comercial de los Moncada, Emilio sabía ahora que el ascenso a La Catedral y, con este, el eventual perdón de la vida de los contadores, dependía de la llegada de Toto , el amo y señor en la administración de la formidable ruta de La Fania.

Le sorprendía el increíble poder del Capi di capi. Pablo Escobar había exigido otorgar prioridad al retorno de Toto , inclusive sobre el secuestro de William Moncada, y era esa instrucción la que se acataba al milímetro esta mañana del domingo 5 de julio.

Habían esperado casi dos horas, pero finalmente, poco antes de las 11:30, Emilio pudo leer en el tablero electrónico del terminal aéreo el ansiado mensaje: Vuelo Bogotá-Medellín: aterrizando .

Sin embargo, sólo respiro con alivio al ver aparecer a Toto . Estaba tan extenuado como ellos, pero su razón era otra.

Toto había volado el sábado por la noche de Nuevo México a Bogotá y el Boeing sólo había aterrizado en el Aeropuerto Internacional Eldorado de la capital a las 3 de la madrugada.

Apenas sí había tenido tiempo de ir a casa, dormir un par de horas y alistar su viaje a Medellín.

Era realmente una pieza clave en la organización de William y Gerardo kiko Mocada y en el tráfico internacional de drogas del Cartel.

Ingeniero de profesión, Toto había huido de Antioquia en 1989, aterrorizado por la ola de secuestros y, más tarde, aprovechando su profesión, se había vinculado a un prometedor proyecto de explotación minera.

El consorcio había atendido puntualmente sus compromisos internacionales durante un año, pero después, la subversión había dinamitado la maquinaria, apabullado a los trabajadores y sumido a la compañía en una profunda crisis financiera.

Los esfuerzos de Toto y otros accionistas para obtener un crédito blando y oportuno de la banca doméstica habían fracasado, y Toto no había tenido otra alternativa que acudir a William Moncada.

El había hecho el milagro: salvar el consorcio con una inyeccción de dos millones y medio de dólares girados contra las cartas de crédito de exportación.

Kiko sólo le había pedido un pequeño favor: Toto debía ayudarle a instalarse en Bogotá y facilitarle así la dejación del negocio, y debía encontrar en México a Tacho .

El contacto charro del Cartel había desaparecido ante las amenazas de Mario Castaño, El Chopo , y otros agentes de Pablo Escobar. Los mexicanos temían una sangrienta vendetta en el Cartel por el dominio de La Fania y, virtualmente, habían desaparecido.

Toto había cumplido con éxito la misión y, en virtud de ello, los Moncada no solo tenían la promesa de recuperar dinero de diversos embarques, sino de contar otra vez con La Fania.

De hecho, ese domingo 5 de julio, Toto retornaba con veinte cheques por un millón de dólares que Tacho le había entregado en México y que él, en presencia de Guillermo Zuluaga, Cuchilla o Pasarela , optó por entregar en el automóvil a Emilio poco antes de que el vehículo se detuviera en la cabaña de El Poblado.

Acompáñelo a la tumba En medio de aquel ejército de hombres armados, Toto reconoció de inmediato a Nacho , a Reyes , a Alejandro e inclusive a J . Eran los administradores de los bienes de William y Gerardo Kiko Moncada y, sin duda, como Emilio y como él, estaban alzados o secuestrados.

La tensión y el nerviosismo eran evidentes. Por instrucción de Mario Castaño, El Chopo , J servía de mucama y repartía sándwich a los sicarios, mientras Reyes temblaba.

Estaba en ese proceso de reconocimiento cuando escuchó la cachetada, y vio el empujón.

Este h.p. está muy triste porque se le fue el patrón (...), si querés te vas a hacerle compañía maricón , blasfemó uno de los sicarios de El Chopo mientras golpeaba al contador Reyes .

La reacción de Toto fue instintiva: Este trabajador gana cien mil pesos, pero lo van a necesitar si quieren información sobre William .

Luego, dirigiéndose a Guillermo Zuluaga, Toto bajó el tono y balbuceó: No lo dejés matar... .

Mario Castaño, El Chopo , medió entonces. Subí Toto . Y sentáte .

Estaba instalado en un silla, en el mezzanine de la cabaña, y tenía entre las piernas su Smith & Wesson.

Los bandidos dimos un golpe de Estado Toto . Matamos a esos h.p. de Kiko Moncada y Fernando Galeano porque ellos nos estaban traicionando y nos querían esclavizar.

Nosotros le explicamos a El Patrón lo que íbamos a hacer y él nos autorizó porque nosotros habíamos hecho un compromiso con ellos: que nosotros guerriábamos en contra de la extradición y que el patrón se metía en la cárcel, pero que ellos nos colaboraban con el negocio...

Usted sabe que nosotros manejamos más de diez mil bandidos, que manejamos a todos los combos, que nadie se nos mete porque nosotros lo barremos.

Usted sabe Toto que nosotros nos hemos metido con esos h.p. del Gobierno... y con la ley, y yo lo que quiero saber es si usted va a colaborar con esa ruta o no .

La respuesta de Toto tranquilizó a Mario Castaño y, sin titubear, este tomó el celular y telefoneó a Pablo Escobar.

Patrón, Toto dice que va a colaborar y que si Usted quiere, él administra la ruta o la entrega o lo que usted diga .

La satisfacción de Escobar no asombró a Toto , pero sí puso fin a la expectativa de Emilio y a su temor.

Nos vamos para La Catedral, nos vamos ya , ordenó Mario Castaño, El Chopo , y empezó a señalar a los contadores.

Solo J tendría que permanecer allí. Se había salvado de ser asesinado porque el número telefónico de William Moncada no estaba en su libreta, pero desde el incidente, El Chopo lo tenía entre ojos.

Usted se queda gafufo porque usted no ha querido colaborar y yo voy a hacer que lo lleven a otro sitio... Va a ver , sentenció El Chopo , y salió.

Un palacio Era un período en el que crecían los rumores sobre la paulatina conversión de La Catedral en un nuevo Palace del jefe del Cartel, y en el que proliferaban las versiones sobre eventuales salidas de Escobar del penal.

Muchos decían haberle visto en discotecas, e inclusive en supermercados. Sin embargo, aún ello parecía solo parte de la fantasía popular.

Los intentos de la Dirección Nacional de Investigación y Policía Judicial (Dijin) por infiltrarse y vigilar La Catedral habían derivado en el asesinato de dos agentes, y los diarios y el alto Gobierno solo habían centrado su atención en los eventuales sobrevuelos de aparatos extraños sobre el penal, y en la urgencia del sistema de control aéreo.

Mientras la opinión especulaba sobre el destino final de las tres bombas Papaya hurtadas en enero al Ejército salvadoreño e ingresadas ilícitamente a Colombia, según se decía, con destino al Cartel de Cali, Pablo Escobar y sus hombres habían transformado La Catedral en un magnífico e impresionante cuartel de operaciones.

No era solo un asunto de lujo y comodidades, ni de chalés o búnkeres ni de jacuzzis o casa de muñecas. Era todo eso, y mucho más.

La estrategia final y así se había finiquitado era la conversión de La Catedral en sede confortable de una multinacional del crimen, en las narices del Ejército, la Procuraduría e inclusive, de los fiscales sin rostro encargados de investigar y llevar a juicio a Escobar y a los restants 16 reos.

El punto de partida de esas actividades era un parqueadero en Envigado, a escasos metros del Rosellón, custodiado por un hombre barrigón, próximo a los 40 años, al que le decían Rigor .

El lugar era de corriente fachada roja y estaba situado en vía a La Catedral, a unos metros de la Casa Comunitaria, centro de reunión de los pobladores pobres de Envigado.

Desde ahí, cada día al igual que había ocurrido con Gerardo Kiko Moncada y Fernando Galeano, y al igual que ocurriría este domingo 5 de julio con Toto y los contadores, partían los camperos cargados con los hombres y mujeres autorizados para ascender a La Catedral.

Previamente, claro está, Rigor reseñaba en una lista, uno a uno, los nombres de los potenciales visitantes, y verificaba su documentación. Después, revelaba por radio el listado a Luiscar y, una vez obtenida la autorización, asumía las requisas y embarcaba a los favorecidos.

Era una operación controlada al extremo. Y milimétrica. La Catedral tenía aviso inmediato desde la partida misma de los jeeps de la casa-parqueadero roja de El Rosellón. Y diez minutos después, una nueva alerta sobre el paso de los camperos.

El hombre a cargo de esa segunda voz era un paisa inválido y viejo que Escobar había hecho instalar en una rústica vivienda de color café, ubicada a escasos diez metros del sitio donde se iniciaba la carretera destapada rumbo a La Catedral.

Diez kilómetros separaban esa segunda base del Cartel del Estadero La Montaña, última e inexorable escala en el acceso ilegal hacia el presidio.

Ahí, Luiscar , un hombre de 1,78 m de estatura, blanco, de abundante pelo negro, cortado atrás a cepillo, reasumía la revisión de la lista y autorizaba Al Vacán las requisas.

Era una cuestión que involucraba hasta detectores de metal, micrófonos y micrograbadores.

Solo en los días en que no había movimiento, por turnos, Luiscar o El Vacán se ensamblaban los binóculos Minolta y divisaban durante horas cualquier movimiento en el Valle de Aburrá.

Un citófono instalado en la cocina, conectado a una caja de pares aislados y ramificado a 11 puestos de control del Ejército, garitas de la guardia penitenciaria y el chalet construido por Escobar en La Catedral, les permitía informar con suficiente ventaja de tiempo cualquier movimiento sospechoso.

La red subterránea de los citófonos se extendía por toda la montaña, oculta bajo tierra y protegida por cientos de metros de tubos de PVC de color blanco.

Una caseta de latón, rojo y blanca, camuflada como expendio de mecato , instalada en la vía a La Catedral y administrada por La Yaya , contacto de los reos de La Catedral, completaba el círculo externo de vigilancia.

Dentro del penal, tres fax, cuatro computadores, seis teléfonos celulares y una compleja red de beepers servían al mismo propósito: la febril e ineluctable actividad de La Oficina .

El Cartel de Cali Eran las 4 de la tarde cuando el guardián de prisiones Sáenz de J. detuvo el camión Mazda 3.5, cerca a los chalés, y en frente del cuartel de la guardia. Como en el pasado, el camión había ascendido sin tropiezos y sin requisa alguna, e inclusive con media docena de fusiles.

Pablo Escobar recibió primero a Toto . Estaba en su chalet y portaba su metra, su pistola, su beeper y su radio portátil. Era un recibimiento semejante a aquel que había hecho a Fernando Galeano y a Gerardo Kiko Moncada, pero esta vez solo deseaba hablar.

Yo te voy a explicar qué es lo que pasa para que entendás que a mí me tocó autorizar lo de Gerardo Kiko y lo de Fernando Galeano, porque si no se me hacía una rebelión de los bandidos.

Vos sabés que yo estoy peleando la extradición y la guerra con los caleños y que lo único que nos garantiza la seguridad aquí son los bandidos y que son ellos los que están poniendo los muertos y enfrentando a la ley.

Además añadió Escobar, la permanencia aquí cuesta mucho dinero y le pescaron una llamada a Kiko con los del Cali y por eso yo tuve que autorizar todo esto....

Yo solo quiero que te pongás de acuerdo con El Chopo y administren la ruta... La Fania era mi ruta y sabés que se la entregué a Gustavo (se refiere a Gustavo Gaviria, muerto), y él se la entregó a Kiko .

La instrucción siguiente fue más tajante: Dile a Tacho en México que yo voy a volver a manejar La Fania y que los cinco millones de dólares que le debe a Kiko quedan subrogados a mi nombre .

Se harán millonarios Pablo Escobar se levantó entonces del sillón y salió del chalé. Toto lo vio dirigirse hacia otra habitación, donde Mario Castaño, El Chopo , había reunido a los contadores.

La muerte de Kiko y Fernando fue una cosa fortuita dijo Escobar tras escuchar a cada contador en una breve presentación. Todo empezó por una caleta. Fernando asesinó a familiares y amigos de unos bandidos por esa caleta y se negó a dar siquiera tres millones dólares.

Esa plata se estaba pudriendo y qué? Nunca les han preocupado los trabajadores. Cualquiera de estos trabajadores, dijo Escobar refiriéndose a El Chopo y a otros sicarios presentes en la estancia, tiene dos mil o tres mil millones de pesos. Eso sí es compartir...

Yo quiero hablar después con cada uno y darle sus instrucciones, pero lo importante es que colaboren. Todo está confiscado para la guerra. El miércoles decidiremos... .

Pablo Escobar desapareció y, uno a uno, los contadores, Toto , Cuchilla y El Chopo subieron nuevamente al camión mazda 3.5, bajaron la carpa y reanudaron el camino de retorno: el Estadero la Montaña, el parqueadero en El Rosellón y la cabaña en El Poblado.

Todos podrían recobrar la libertad y recoger los títulos de las propiedades de los Moncada y los Galeano apenas El Chopo cumpliera la siguiente fase de su misión.

Debes alzarte a William Mocada y hacerlo cuanto antes , le había explicado Escobar y, como siempre, así se haría.

Estoy secuestrado A primera hora del lunes 6 de julio, Mario Castaño, El Chopo , ordenó a J que se comunicara con su oficina y preguntara por William Moncada.

Llame de inmediato y pregunte por su patrón. Repórtese, nosotros ya tenemos gente en todas partes donde ustedes trabajan , advirtió.

Desde la extensión, El Chopo escuchó a la secretaria de J . Tenía, en ese preciso instante, por la otra línea, a William Moncada. Estaba en las instalaciones de la Constructora.

J marcó el 277 72 34 y contestó Madelín. Está el señor? , interrogó, y ella le respondió que sí. Dígale que voy para allá , notificó J .

Sin embargo, quien salió no fue él. Al instante, El Chopo comunicó a sus hombres por radioteléfono: Ve hombre, el tipo está allá, ya vamos para allá nosotros también .

A prisa, los hombres de Pablo Escobar irrumpieron en las instalaciones de Constructora Comercial camuflados como agentes de la Sijin en Medellín.

Viajaban en un Mazda azul 626 de placas KFC863 y un Trooper. Y ordenaron al celador abrir las puertas.

William Moncada dialogaba telefónicamente cuando divisó el grupo. Hay problemas , notificó lacónicamente William Moncada a su interlocutor. El F-2 está entrando por mí . Luego palideció. Acababa de identificar entre el grupo a Mario Alberto Castaño Molina, El Chopo .

Sus secuestradores lo condujeron hasta el maletero del Mazda y, después, los vehículos desaparecieron. El destino de William Moncada era la misma residencia en que se encontraba Mario Galeano, en el Esmeraldal.

Virtualmente, todo había terminado. Las 48 horas siguientes, hasta la tarde del miércoles, Guillermo Zuluaga, Cuchilla o Pasarela , y Mario Castaño, El Chopo , tuvieron solo que realizar las consultas jurídicas de rigor y presionar con amenazas, así como hacer una que otra jornada de tortura a J y a otros contadores renuentes a entregar los títulos o a firmar decenas de escrituras y transferencias en blanco, en calidad de representantes legales de las compañías y las propiedades.

William Moncada había alcanzado a avisar de su secuestro, y Rafael Galeano había contactado a Toto para que actuara de intermediario de la liberación de Fernando y Mario Galeano, pero todo estaba consumado. Y nada detendría a Pablo Escobar.

No puedo devolver los cadáveres de Fernando Galeano y Gerardo Kiko Moncada porque han sido incinerados , dijo Escobar a Toto en la reunión del miércoles 8 de julio en La Catedral.

Tengo a William Moncada y a Mario Galeano, pero no los puedo devolver vivos. Dile a Rafael Galeano que envíe veinte millones de dólares y que puede quedarse a vivir tranquilo aquí en Medellín .

El Chopo intervino entonces: Cada uno de esos cadáveres vale diez millones de dólares, Patrón ... Que no los den .

Pero, Escobar dio la espalda y salió: Coordina la devolución de esos cadáveres, Mario... .

Así se hizo. El viernes, las autoridades hallaron el cadáver de Mario Galeano, en el maletero de un vehículo Chevrolet Sprint, color plateado, de placas ITL 625.

Los cuerpos de Walter Estrada, El Capi , Bocadillo y el de William Moncada fueron abandonados en Sabaneta, al sur del Valle de Aburra. Y, finalmente, en el interior de un vehículo Mazda, en la vía a Las Palmas, la policía halló los cuerpos incinerados y baleados de Elkin Estrada, Henry Vargas y Fernando Garay.

Los contadores y Toto habían huido, y solo el vuelo de una avioneta, a las 11 de la noche del viernes 10 de julio, anunció a Antioquia, a través de volantes incriminatorios contra Escobar, que había ocurrido una vendetta...

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