TRIBUNA ECONOMICA

El ideario en materia de tributación ha venido cambiando gradualmente en el país, de manera tal que sin darnos cuenta se han modificado sustancialmente los principios básicos que orientaron el diseño de la estructura impositiva durante los primeros sesenta años de este siglo. El cambio más radical ha ocurrido en el ámbito de la progresividad de los impuestos. Cuando en la década de los 30 se consolidó el impuesto de renta en el país, se aceptaba como presunción básica que su progresividad dependía de la estructura de las tarifas, que debían ir creciendo en el margen a medida que aumentaba el nivel de renta. De igual manera, el impuesto también progresivo al patrimonio, y la posterior doble tributación de los dividendos de los años 50, elevaban adicionalmente la carga fiscal sobre las rentas de capital, y por tanto ayudaban a mejorar la progresividad tributaria, dada la concentración de la propiedad de un grupo minoritario de la población.

08 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

La estructura actual de los impuestos en el país ha cambiado radicalmente. Me atrevería a afirmar que la idea de obtener progresividad a través de las tarifas se ha venido trasladando a los impuestos del orden regional, como el predial, y el cobro de los servicios públicos, tal como lo estamos presenciando en el caso de la energía eléctrica en Bogotá. En cambio, en los impuestos del orden nacional, como el de renta y el IVA, la progresividad opera fundamentalmente a través de la base gravable.

La semana pasada veíamos cómo la reforma de 1986 aumentó la tarifa efectiva del impuesto de renta a las sociedades suprimiendo deducciones y exenciones, pese a haberse rebajado la tarifa nominal del cuarenta al treinta por ciento. La deducción parcial de intereses, por ejemplo, o normas menos generosas de depreciación, se están convirtiendo en la manera de graduar el impacto tributario sobre las utilidades reales de las sociedades, mucho más que el viejo sistema de la progresividad de las tarifas. En el caso del IVA, su progresividad real consiste en excluir de él elementos básicos de la canasta popular, tales como la comida, la vivienda y los servicios públicos. Los productos con tarifas mayores de la general son, en el caso del IVA, muy pocos, y la excepción importante son los automóviles.

El impuesto al patrimonio está en vías de extinción, y ya desapareció la doble tributación a las utilidades de las empresas y a los dividendos. Sinembargo, veíamos también la semana pasada que la carga tributaria sobre las rentas de capital ha aumentado con relación a las de trabajo en el total del impuesto de renta. No hay duda de que estamos muy lejos ya de la filosofía que orientó la fijación de impuestos hasta hace quince o veinte años. Las razones para ello han sido múltiples.

En primer lugar, se ha comprendido finalmente que a más altas tasas marginales de impuesto, mayor tendencia a la evasión y más dificultades para el control. La dispersión de tarifas facilita enormemente la evasión y propicia todo tipo de trucos contables. En segundo lugar, se ha aprendido que en el caso de los impuestos nacionales es más fácil ampliar o reducir las bases gravables que acudir a la diferenciación de tarifas, por las razones atrás anotadas. En cambio, los municipios han tomado conciencia de que la estratificación urbana y el sistema de catastro les permiten generar una enorme progresividad en impuestos como el predial o el de valorización y en la estructura de las tarifas de los servicios públicos. El concepto de progresividad vía las tasas de impuestos se ha desplazado de lo nacional a lo municipal y departamental, donde están las facultades para gravar los patrimonios visibles compuestos por propiedad raíz y vehículos, y los consumos medibles, tales como la energía y el agua.

Es difícil saber si el sistema tributario en su conjunto ha ganado progresividad con el cambio de la filosofía que hemos descrito aquí. Creo que sí, y que cuando una nueva Misión Musgrave ensaye la cuantificación, se comprobará que la carga combinada de los impuestos regionales y nacionales ha aumentado en mayor proporción para el cuarenta por ciento más rico de la población.

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