LAS PANDILLAS JUVENILES, LA OTRA GUERRA QUE VIVE EL SALVADOR

LAS PANDILLAS JUVENILES, LA OTRA GUERRA QUE VIVE EL SALVADOR

Dame veinte minutos y te resuelvo el problema!, dijo el general José Alberto Medrano, director de la Guardia Nacional, al general Fidel Sánchez Hernández, Presidente de la República. Era 1970, una huelga magisterial cobraba fuerza y los maestros habían tomado algunas plazas de San Salvador. Medrano pedía autorización para que sus guardias los desalojaran; el ministro de Educación, Walter Béneke, se oponía, pero al final el Presidente ordenó el desalojo. Béneke advirtió entonces a Medrano: El país terminará mal y vos también! . Efectivamente no fueron 20 minutos, sino 20 años y 80 mil muertos.

21 de mayo 2005 , 12:00 a.m.

Dame veinte minutos y te resuelvo el problema!, dijo el general José Alberto Medrano, director de la Guardia Nacional, al general Fidel Sánchez Hernández, Presidente de la República. Era 1970, una huelga magisterial cobraba fuerza y los maestros habían tomado algunas plazas de San Salvador. Medrano pedía autorización para que sus guardias los desalojaran; el ministro de Educación, Walter Béneke, se oponía, pero al final el Presidente ordenó el desalojo. Béneke advirtió entonces a Medrano: " El país terminará mal y vos también!". Efectivamente no fueron 20 minutos, sino 20 años y 80 mil muertos.

Entre 1930 y 1982 El Salvador fue gobernado por 6 generales, 4 coroneles y 7 juntas militares. En ese tiempo hubo 7 golpes y 6 elecciones. De estas, sólo 2 tuvieron pocos cuestionamientos: en una, el coronel que ganó dijo haber obtenido el 95 por ciento de los votos; en otra, otro coronel compitió solo y los fraudes de las dos restantes provocaron la guerra civil. La fuerza como recurso para mantener el orden y resolver diferencias está profundamente arraigada en nuestra cultura. Por haber sido siempre el instrumento de los gobernantes se convirtió también en el de los gobernados y ahora domina en la izquierda y la derecha, en civiles, militares, pobres y ricos.

Militarismo, guerrillas, escuadrones de la muerte, protestas violentas, pleitos callejeros, exagerada armamentización de civiles, violencia doméstica y la creencia de que seguridad es sinónimo de represión están vinculados a factores culturales. El debate entre el general y el ministro representa el dilema entre fuerza o conocimiento. En ese debate la fuerza asesinó 400 maestros, asaltó tres veces la Universidad Nacional, apaleó a un Nobel de Medicina, acribilló a tiros a dos rectores y terminó ejecutando a seis brillantes jesuitas.

Cuando la violencia es parte de la cultura, tiene vida propia y puede reciclarse. Las pandillas conocidas como maras se han multiplicado, existen grupos de exterminio de delincuentes, elevada violencia social, grupos de extrema izquierda armándose, estructuras secretas ilegales persiguiéndolos y el crimen organizado está derrotando la policía y el Poder Judicial. La guerra era una violencia organizada con actores reconocidos y propósitos definidos, pero ahora se ha reciclado en formas más atomizadas, complejas, agresivas y persistentes. Si la estrategia para enfrentarla es errada podemos repetir la premonición de Béneke: "El país terminará mal". La posibilidad de ser una sociedad pacífica está en riesgo de retroceso.

La mara Salvatrucha es una marca salvadoreña de violencia con excelente posicionamiento internacional. Guatemala, Honduras y El Salvador, por sus altas tasas de homicidio, secuestro, sangrientas batallas en las cárceles, linchamientos y cumbres presidenciales de seguridad, parecieran estar de nuevo en guerra. La pregunta principal es: por qué las maras se expandieron sólo en esos tres países?, precisamente los tres con tradición militarista, descuido en la prevención temprana y preferencia por la represión. Paradójicamente Nicaragua, con posguerra, emigración, similar densidad de población que Guatemala y Honduras, pero con más pobreza, menos policías, mucho más inestabilidad política y menos institucionalidad en la justicia, tiene menos delitos, menos presos y es uno de los países más seguros de América Latina.

En Nicaragua, la tradición militarista terminó con la desaparición de la Guardia de Somoza, aunque esto abrió paso a una policía y un ejército altamente politizados e ideológicos. La institucionalización implementada en la presidencia de Violeta Chamorro, apoyada por sectores moderados del sandinismo, corrigió lo ideológico, pero la capacidad política de los oficiales de policía y ejército les facilita actuar de manera diferente ante problemas de seguridad. La organización de las comunidades se desplegó a plenitud y esto deriva en mayor control social y convivencia pacifica, y es el control social, no los policías, lo determinante en la seguridad de cualquier país. En los otros tres países la organización de las comunidades ha sido reprimida. En Nicaragua hay detección y prevención temprana desde abajo, y en los otros hay indiferencia entre los de abajo y represión reactiva de arriba hacia abajo.

Recientemente tres policías esposaron y arrestaron a una niña de 5 años en un kínder de Florida (E.U.), porque no obedecía a los maestros. Se podría hablar de las torturas en Irak, pero la niña ejemplifica mejor el modelo de autoridad y represión estadounidense que influencia a Guatemala, Salvador y Honduras, el cual supone que la seguridad no requiere planeación científica integral, sino fuerza. Esto deriva en civiles que se arman y policías que torturan. Lo primero provoca que los ciudadanos se maten, y lo segundo convierte a los policías en delincuentes con poder. En el modelo represivo, los encargados de la seguridad comienzan pateando delincuentes y terminan matando a cualquiera, inventan conspiraciones, espían a ministros y presidentes y terminan formando estructuras ilegales para inteligencia y exterminio de delincuentes. Eso siempre deriva en crimen organizado. Mano de hierro, mano blanca y sombra negra son lo mismo. En mí país empezaron persiguiendo opositores y terminaron secuestrando a empresarios.

Las políticas más exitosas en seguridad consideran los derechos humanos una ventaja, en México el gobierno de Zedillo derrotó a la guerrilla zapatista con un cerco de operaciones sociales y golpes de tolerancia política. Mockus, matemático y ex alcalde de Bogotá, redujo los homicidios y mejoró notablemente la seguridad transformando la conducta de los bogotanos. Costa Rica sustituyó hace 58 años la fuerza por la educación como pilar de la seguridad, y sobra hablar de los resultados. En nuestro país existen alcaldías que tienen menos maras a partir de políticas de organización y participación.

La seguridad es un tema civil multidisciplinario, social, cultural, jurídico, político, económico, educativo, moral y mediático. La represión es importante, pero es sólo un componente más, y utilizada exclusivamente no resuelve la violencia, sino que la multiplica. Argentina, Brasil, Guatemala, Honduras, Perú y hasta la Venezuela de Chávez, que tienen policía militarizada, sufren graves crisis de seguridad. En Salvador, ofrecer mano dura para ganar una elección era políticamente rentable, aunque no fuera decente. La repetición constante de un mensaje de fuerza dirigido a los instintos de venganza multiplica la cultura de violencia, ya que mano dura es también pelea de vecinos o el marido que le pega a su esposa. Las maras , cuando comenzaron, eran un problema de violencia juvenil que atormentaba a los pobres; como no se hizo nada, empezaron a matar y robar, cuando se las reprimió se volvieron más violentas; cuando se las encarceló masivamente, se armaron y se organizaron nacionalmente, ahora se han convertido en sicarios del crimen organizado y han creado una grave crisis regional.

* Catedrático de Oxford y conferencista

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