LA DAMA DE LA GUADAÑA

LA DAMA DE LA GUADAÑA

Desde que el mundo es mundo, la temible señora se pasea por él, usando y afilando su cuchilla. Despiadada, aumenta la siega cuando se la invita y se la acoge. Además, se ha modernizado para andar al ritmo de los tiempos y rendir más. No obstante su presencia fatídica, el ser humano siempre la está invitando, ansioso de acabar de una vez con la especie de las contradicciones; que ama la vida y busca la muerte; predica la paz y hace la guerra; le pide a la ciencia bienestar y le exige exterminio. De todos los desastres que la historia acumula: pestes, terremotos, hambrunas, cataclismos, ninguno tan atroz como la guerra. La inventó el hombre al día siguiente de la creación y la ha perfeccionado hasta lo inverosímil.

29 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Porque si avances científicos ha habido, los más sofisticados y agresivos se han realizado para perfeccionar la capacidad ofensiva de las armas: Desde los obedientes misiles teledirigidos, los aviones imperceptibles, las bombas con pilotos automáticos, hasta las ojivas nucleares, hijas del hongo que un día habrá de tragarse a la humanidad si la devoción por la guerra se mantiene.

La guerra de nuevo cuando concebíamos la esperanza de una paz larga después del entendimiento milagroso de las superpotencias enfrentadas por años de años; la guerra, después de la dura lección de exterminio realizada por Hitler; la guerra, sin sanar todavía las heridas de Hiroshima y Nagasaki; la guerra, cuando aún andan como espectros los restos del Vietnam.

Si había que librarla para frenar a otro tirano expansionista que no iba a saciarse solamente con Kuwait, resulta paradójico que haya empollado y crecido gracias a las armas que los sorprendidos y ofendidos le han vendido. Ocho años de guerra librada por Irak, con el tecnicismo procurado por las naciones que han perfeccionado su industria de muerte, tenían que dejar secuelas de entrenamiento, de necesidad y de costumbre entre sus gentes. Qué hacer con dos millones de soldados su población laboral si no saben otra cosa que pelear? El precio comienza a ser muy alto. Más cuando no es guerra de trincheras. Las víctimas no son solo los soldados. Ya han sucumbido niños, mujeres y ancianos; hogares enteros y familias que han quedado sin techo, mutiladas, ensombrecidas para siempre, mientras los de más suerte seguimos ávidos ante la T.V., como en un partido de fútbol, registrando los goles y esperando con gritos de victoria al campeón.

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